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Valores
e intereses
A esta misma forma de ver las cosas se referían los trabajadores suizos de Zurich cuando el Primero de Mayo de 1915 proclamaban: "nosotros los trabajadores no tenemos ninguna patria que defender". Por desgracia, al mismo tiempo, muchos otros trabajadores se dejaban desangrar en las trincheras de la Gran Guerra europea, que significó la Gran Derrota del internacionalismo obrero. Y sin embargo, el mismo anhelo de Tina Modotti, de los obreros suizos, se podía respirar en Alemania en 1913, cuando los obreros alemanes de Ichenhausen proclamaban que la unidad les ponía el poder en sus manos. O el Primero de Mayo de 1948, cuando los sindicatos finlandeses proclamaban en Helsinki: "los sindicatos hemos desarrollado utopías y alternativas, para que el día de mañana no nos encontremos impotentes ante las condiciones que pretendan modificar los empresarios, y para que no nos encontremos sin salida cuando nos confrontemos con la competencia internacional y la acelerada tecnificación". La misma identidad de espíritu cuando los trabajadores londinenses exigían el Primero de Mayo de 1946 la jornada de 40 horas semanales o la igualdad de salario por trabajos iguales. La misma común-unión en la manifestación del Primero de Mayo de 1933 en Praga, cuando los trabajadores proclamaban "saludamos al proletariado alemán oprimido por el fascismo". O cuando el Primero de Mayo de 1918 en Sao Paulo los obreros de hostelería rememoraban a los mártires de Chicago: "Os homens morren, as ideas ficam". También los recordaban los manifestantes del Primero de Mayo de 1970 en México DF. Los niños que el Primero de Mayo de 1978 en Benguela (Angola) decían que "a educaçao é una tarefa de todos nos", se hermanaban con los trabajadores que en el mismo día del año 1934 se manifestaban en Nueva York contra la guerra, el hambre, los linchamientos y el fascismo, y con los 500.000 vietnamitas que el mismo día de 1958 protestaban contra la represión del régimen de Ngo Dinh Diem en las calles de Saigón. El Primero de Mayo es la conmemoración más importante de la utopía universal, de un mundo de valores frente a una realidad de intereses. Imposible de reducir a un orden cronológico, porque fusiona en una única historia con vocación de trascendencia la expresión del antagonismo del movimiento obrero con un capitalismo también universal, que oculta bajo el ropaje de sus supuestos valores de individualismo, competencia o libertad, el predominio de los intereses de los que pueden elegir con el voto del dinero. Las reivindicaciones históricas del Primero de Mayo son el esqueleto del estado de bienestar, que va camino de convertirse en el estado de medioestar, cuando no de malestar para sectores muy importantes de población excluidos, precarizados, temporalizados , por las nuevas formas de trabajo postmodernas y neocapitalistas. Hoy el dilema al que se enfrenta el movimiento obrero en todo el mundo lo podemos singularizar en nuestro propio entorno: un sindicalismo que defiende los valores universales de la solidaridad, unidad, internacionalismo, igualdad, esos valores que son la constante que perfila la coherencia y sentido del movimiento obrero, o un sindicalismo dominado por intereses: poder, control, burocracia , ruptura profunda con la lógica, y razón de ser del sindicalismo de base obrera, pero nada nuevo en su historia, al menos desde el sindicalismo belicista y patriotero de la primera guerra mundial. Hoy, confrontados a un capitalismo más globalizado y deshumanizador, está en juego la renovación del proyecto obrero. La Confederación Europea de Sindicatos (CES) apuesta por transformarse en una central sindical común para todos los trabajadores de Europa; es un ejemplo de ese internacionalismo renovado, aunque no ha superado aún el peligro de encallar en los intereses neoimperiales o nacionalistas de los sindicatos que la componen. En las reivindicaciones de este Primero de Mayo de 2004 se renueva algo ese espíritu de emancipación de la larga historia del Primero de Mayo, desde aquel de 1886 en Estados Unidos en que se reivindicó de forma masiva la jornada de ocho horas. El trabajo, fuente de vida y de cultura, es para muchos razón de muerte y de mutilación. Un sacrificio anónimo que sustenta nuestra vida en común. Un recuerdo colectivo, 'de clase', impulsado por las centrales sindicales, que expresan así su vocación solidaria y la compasión inherente al militante obrero. Pero en Euskadi los sindicatos, poco preparados para confrontar los desafíos de la globalización, abrazan, igual que ayer, banderas que traicionan la vocación profunda de la fraternidad del mundo del trabajo. El cosmopolitismo fraterno sustituido por la solidaridad localista, la vocación universal por reclamos de autonomía, la clase por el pueblo. El frente nacional sindical dominante se desliza con rapidez por la pendiente que conduce a una especie de versión autóctona que combina el sindicalismo corporativo de la AFL-CIO de Samuel Gompers con comportamientos excluyentes que recuerdan al 'Deutsche Arbeits Front'. No es por casualidad que las instituciones de participación social, ya de por sí bastante devaluadas por lo general en el capitalismo neoliberal, en Euskadi sean especialmente inoperantes. Aquí los sindicatos tienen menos participación que en otras comunidades autónomas en los órganos de administración de los servicios sociales, residencias de tiempo libre, o en el sistema de salud. Son menos consultados en los debates del parlamento autónomo, participan menos en comisiones o en grupos de reflexión estratégica. La contratación de mujeres en el sector privado vasco es inferior a la media estatal, y el porcentaje de contratos precarios superior. Con la complacencia del sindicalismo mayoritario, los sindicatos vascos no participan en la formación continua de los trabajadores gestionada desde Hobetuz. Pese a contar con unas tasas de afiliación mucho más altas que la media española, los sindicatos vascos tienen un protagonismo social fuera de las empresas mucho más bajo. En el capitalismo del siglo pasado, era viable un sindicalismo de empresa, localista, que, por la vía de la negociación del precio de la fuerza de trabajo, podía lograr una participación importante de los asalariados en el excedente producido. Pero este tipo de sindicalismo resulta incompatible con el capitalismo global de nuestros días. Para empezar, gran parte de las empresas son subcontratistas de grandes corporaciones multinacionales, o fragmentos de las mismas, de forma que la ubicación del excedente y su dimensión en una empresa particular resultan difícilmente controlables por los sindicatos. Una parte sustancial de las mejoras en las condiciones de trabajo dependen de la parte del excedente que se traslada al estado y que éste distribuye en forma de transferencias sociales. La negociación/diálogo social es un componente ineludible de la acción sindical actual, y exige a los sindicatos participar en todos los ámbitos de la acción estatal: local, regional, nacional o comunitario. En estas condiciones tan complejas, ese mismo esfuerzo por representar a las víctimas de la producción capitalista se devalúa ante la primacía de los intereses particulares sobre la vocación común. Incluso a la hora de recordar a los muertos y heridos en el trabajo, en el momento de plantear alternativas a tal situación, predomina en los sindicatos la división. Al perder la unidad, el poder se escapa de las manos de los trabajadores. La ausencia de utopías propias sobre las que construir la propia identidad colectiva se suple con quimeras ajenas, dando como resultado la desaparición del debate social en la política vasca, sustituido por un asistencialismo de nuevo cuño que desarma las conciencias y sustituye la justicia por la beneficencia. El resultado más grave de esta situación es dejar a los sectores más empobrecidos de nuestra sociedad, a los inmigrantes procedentes del tercer mundo, como objetos de la 'asistencia social', imposibilitando su fortalecimiento como sujetos dueños de su propio destino, llamados a integrar junto a los demás las organizaciones de defensa y reivindicación de los intereses colectivos de las clases subalternas. Joaquín Arriola es profesor de Economía de la UPV/EHU y miembro de Bakeaz (jarriola@bakeaz.org). ©
Joaquín Arriola, 2004; © Bakeaz, 2004. |