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¿Hacia
dónde va Palestina?
La anunciada retirada israelí de Gaza no debe interpretarse como un receso en esta política del 'puño de hierro' aplicada por Sharon, sino como su intensificación. Desde hace décadas, Israel viene insistiendo en la necesidad de abandonar esa pequeña franja de territorio en la que viven más de un millón de palestinos, la mayor parte de ellos refugiados que fueron expulsados de Israel en 1948, que sobreviven gracias a las ayudas internacionales. Todos los gobiernos israelíes, independientemente de su signo, han mostrado su voluntad de desprenderse de esta superpoblada e ingobernable franja, fuente de frecuentes quebraderos de cabeza y de parte de los suicidas que atentan contra objetivos israelíes. Además, Gaza, al contrario que Cisjordania, no alberga ningún lugar sagrado para el judaísmo, lo que evita que los grupos ultraortodoxos judíos -representados en la Knesset por el Partido Nacional Religioso y el Shas- veten el desmantelamiento de los asentamientos de Gaza. La retirada unilateral de Gaza ha obtenido algo más que el respaldo de Estados Unidos. En una decisión sin precedentes, la Administración de Bush ha mostrado su negativa al retorno de los refugiados y también ha reconocido el derecho de Israel de anexionarse los bloques más importantes de asentamientos de Cisjordania (Ariel, Ma'ale Adumim, Givat Zeev, Gush Etzion y Kiryat Arba), que representan un 10% del territorio cirsjordano y que parten en dos a Cisjordania, poniendo en peligro la continuidad territorial de un futuro Estado palestino. Por primera vez en cincuenta años, un gobierno norteamericano reconoce la anexión unilateral de importantes porciones del territorio palestino, lo que vacía de contenido las futuras negociaciones con los palestinos, ya que da pie a que en el futuro sea Israel, la potencia ocupante, la que decida de manera unilateral el futuro de Cisjordania y Gaza sin realizar consultas con los propios ocupados, contraviniendo de esta manera las normas más elementales del derecho internacional. Coincidiendo con el anuncio del Plan Sharon, las fuerzas armadas israelíes han intensificado su campaña represiva contra Hamas. Los asesinatos de Ahmad Yasin y Abd al-Aziz Rantisi, tímidamente condenados por la Unión Europea, lanzan un mensaje claro a los islamistas palestinos, a los que no se les permitirá atribuirse la responsabilidad de esta retirada. El gobierno de Sharon no quiere que se repita lo sucedido en Líbano, donde las milicias de Hezbollah consideraron la retirada israelí del sur libanés como una victoria en toda regla tras una larga campaña de hostigamiento militar. Por eso esta vez no quiere que la retirada de Gaza sea interpretada como una concesión israelí ante la campaña de atentados suicidas. Durante los últimos años, el primer ministro Ariel Sharon ha apostado por el descabezamiento de las elites palestinas. Los atentados selectivos contra los dirigentes militares de la Intifada se han acompañado, especialmente en los últimos meses, con ataques contra sus dirigentes políticos. A la destrucción de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) llevada a cabo en 2002, le seguiría ahora la lucha contra Hamas. De esta manera se perseguiría la 'afganistanización' de los territorios palestinos para que fuesen pasto de la anarquía y quedasen en manos de diversos señores de la guerra. Sin una autoridad centralizada y sin un interlocutor capaz de negociar en nombre del pueblo palestino, el proceso de paz quedaría suspendido 'sine die' y se apuntalaría la solución militar defendida por Sharon. Esta política no forma parte de ningún plan secreto, sino que es abiertamente reconocida por los propios dirigentes israelíes en sus declaraciones públicas. El pasado 15 de marzo el propio primer ministro manifestó ante la Knesset: "No hay ni un solo palestino que tenga la capacidad y la valentía necesaria para negociar. Por eso no habrá negociaciones con los palestinos sobre cuestiones políticas, por eso Israel se ve obligado a aplicar sus propios criterios y poner en marcha su plan unilateral". Por esta razón es particularmente peligroso para los planes israelíes que, tras la retirada de Gaza, Hamas y la ANP unan sus fuerzas para administrar esta estrecha franja. Debe recordarse en este punto que estas dos fuerzas han rehusado colaborar durante el proceso de paz; el principal escollo eran unos Acuerdos de Oslo que hablaban de autonomía, pero no de independencia. Al haber convertido dichos acuerdos en papel mojado, las propias autoridades israelíes allanan el camino a la cooperación entre ambas fuerzas. De hecho, en el año 2003 se registró un tímido acercamiento durante las negociaciones de El Cairo para alcanzar un alto el fuego. Tanto Yasin como Rantisi habían dado claras muestras en los últimos tiempos de su pragmatismo al aceptar como solución válida la creación de un Estado palestino sobre Cisjordania y Gaza con capital en Jerusalén Este. De esta manera se habían alejado del maximalismo precedente que llamaba a la destrucción de Israel y se habían acercado a la histórica Declaración de Argel, realizada por la OLP en 1988. Una evolución de este tipo es particularmente inoportuna en este momento, puesto que representa una amenaza para los planes de Sharon. Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro 'El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada' (Madrid, 2001) y editor de 'Informe sobre el conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta' (Madrid, 2003) (ialvarez@bakeaz.org). ©
Ignacio Álvarez-Ossorio, 2004; © Bakeaz, 2004. |