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Turbamultas
inteligentes
No era la puesta de largo de una forma de intervención subpolítica que ya antes había revelado el potencial que albergan las nuevas tecnologías de la comunicación. Grupos autónomos, aunque interconectados, ensayaron con éxito el poder de internet y de los SMS en la antesala y durante las movilizaciones contra la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Seattle en el invierno de 1999. Pero ha sido en los acontecimientos desencadenados en Madrid tras el 11-M cuando la generación txt ha exhibido por segunda vez en su corta historia una inusitada inmediatez para movilizarse masivamente hasta el extremo de contribuir a deponer un gobierno, en el caso que nos ocupa mediante un inédito vuelco electoral. Internet o la radio coadyuvaron, qué duda cabe, a espolear el crecimiento exponencial de las movilizaciones, pero el factor precipitante de la movilización, lo que estuvo en su origen, fue la difusión de mensajes cortos a través de los teléfonos móviles. Una vez más, pues, las nuevas tecnologías de la comunicación contribuían a movilizar a una opinión pública presa del hartazgo colectivo y ansiosa por hacer efectivo el ideal democrático de poner la política al alcance de todo el mundo. La secuencia de acontecimientos es bien conocida a estas alturas: a medida que se acumulaba la evidencia sobre la autoría del brutal atentado, se iba instalando en amplios sectores de la opinión pública la convicción de que el gobierno había optado por dosificar la información de forma artera en un desesperado intento de ganar tiempo con las vistas puestas en las elecciones del domingo siguiente. Miles de madrileños respondieron al mensaje SMS que convocaba a media tarde de la jornada de reflexión a una concentración pacífica (aunque no exenta de tensión) y sin símbolo partidario alguno ante la sede del Partido Popular. "Por la verdad. ¡Pásalo!", concluía el anónimo redactor que precipitó la 'noche de los mensajes cortos'. La "masa de acoso" (Canetti) así configurada exigía disponer de la información mínima necesaria para hacer del derecho al sufragio un ejercicio responsable. Con una torpeza tan sólo atribuible a la desesperación, la bestia herida que en ese momento era el PP reaccionó arrojando gasolina al fuego de la crispación. En comparecencia pública pocas horas después, el candidato a la presidencia Mariano Rajoy arremetía contra las concentraciones y las calificaba como "ilegales" y "antidemocráticas", al tiempo que encarecía al resto de las fuerzas políticas a que desautorizasen ese tipo de "presiones intolerables". Esa noche los dirigentes del PP se retiraron a sus cuarteles con la fundada sospecha de que el varapalo electoral se antojaba irreversible. La generación txt había consolidado su leyenda. Yerran el tiro los dirigentes del PP al buscar desesperadamente al responsable de la cadena de movilizaciones que tan decisivamente contribuyeron a su desgaste a ojos de la opinión pública. Resulta ocioso especular con su identidad. La pregunta relevante que harían bien en abordar los perdedores de estos comicios es más bien por qué la convocatoria encontró una audiencia tan amplia entre personas que sintieron la necesidad de descargar sus emociones saliendo de forma masiva a la calle. Y por qué muchas más están aún lamentándose por no haber tenido conocimiento del emplazamiento. O, por fin, la razón por la que millones de espectadores que seguían el curso de los acontecimientos atentos a sus televisores se identificaron con los congregados en la calle Génova. Claro que formularse cuestiones de este cariz nos remite a las causas en una época en la que ciertos gobernantes optan por concentrarse en las manifestaciones de los problemas. Si algo han puesto de manifiesto los sucesos acaecidos en Madrid es que, en la sociedad de la información, los gobernantes cuentan con una nueva espada de Damocles sobre sus cabezas. Además de los mecanismos clásicos de control de su ejercicio, tales como el parlamento, los medios de comunicación o la cita ritual con las urnas, a partir de ahora han de sumar el imponderable de los ciudadanos organizados autónoma y espontáneamente con fines políticos capaces de congregarse con inmediatez ante el lugar que represente simbólicamente el poder, llámese calle Génova, Ferraz, Sabin Etxea, Ajuria Enea o Zarzuela. Si la división clásica de poderes establece que los poderes legislativo, ejecutivo y judicial se controlan entre sí, ahora la opinión pública disfruta, con las nuevas tecnologías de la comunicación, de un instrumento adicional para ejercer su control sobre todos ellos de forma instantánea. Si alguien todavía albergaba dudas, es el momento de disiparlas: se puede gobernar a espaldas de la opinión pública durante algún tiempo, pero nunca indefinidamente en su contra. ¿Quién dijo que Montesquieu había muerto? Jesús
Casquete es profesor de Sistemática de los Movimientos Sociales
de la UPV/EHU ©
Jesús Casquete, 2004; © Bakeaz, 2004. |