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Agua
y desastres
Si analizásemos con detenimiento las causas intrínsecas que están detrás del origen de muchos desastres relacionados con el agua, advertiríamos que determinadas actuaciones humanas los han provocado o cuando menos los han incrementado. Conforme han ido aumentando las actuaciones en los ecosistemas fluviales (falta de cobertura vegetal en las cuencas vertientes, cambios en los usos del suelo, extensión de la superficie impermeable en los núcleos urbanos, intervenciones directas en el sistema cauce-riberas, como canalizaciones, rectificación de cauces, corta de meandros, ocupación del dominio público hidráulico, etc.), también lo ha hecho la magnitud del riesgo en los desastres provocados por el agua. Recordemos que el agua, cuando se manifiesta en términos de inundación, refleja un comportamiento propio de un proceso más de disturbio natural que conforma la dinámica de un ecosistema fluvial latente. Las inundaciones son procesos naturales en la vida de los ríos, que pueden ser perfectamente previsibles en su localización espacial. Muchas de las catástrofes y calamidades que sufrimos asociadas al agua las hemos provocado nosotros mismos con una manera de actuar que, con conocimiento de causa, se ha amparado tradicionalmente en la técnica para garantizarnos una sensación de 'falsa' seguridad, que con bastante frecuencia nos ha traicionado. Pero a lo peor éste es el precio que debemos pagar por perder el respeto a la naturaleza y ser arrendatarios de los dominios fluviales. No obstante, deberíamos trasladar la reflexión y preocupación hacia los problemas relacionados con la demanda de agua y la contaminación de las masas de agua, que durante los próximos años afectarán de manera global a todo el planeta. Analizando las tendencias se aprecia que, a medida que el recurso tiende a disminuir, la demanda mundial de agua está incrementándose. Se estima que ésta ha aumentado más del doble del ritmo del crecimiento demográfico, a escala mundial. Estas crecientes demandas de agua, estimadas en unos 4.000 km3/año en el ámbito mundial, están ocasionando graves problemas a los ecosistemas fluviales de agua dulce, sometidos a una enorme presión en muchas partes del mundo. Tengamos presente que la escasez de agua también puede desencadenar otros desastres asociados a conflictos entre aquellos países que dependen del agua de ríos que atraviesan varios países. Recordemos en este sentido que el agua ha sido y probablemente seguirá siendo el principal factor de conflicto entre algunos países y regiones, como ocurre en el valle del río Jordán, en Oriente Medio, donde el agua es uno de los principales factores desestabilizadores. Otro tanto sucede entre Pakistán y la India en relación con la gestión del caudal del río Indo, o entre la India y Bangladesh respecto al caudal del río Ganges. Tampoco el Nilo, el Tigris, el Éufrates, el Mekong o el río de la Plata escapan a las disputas y enfrentamientos por la gestión, uso y disfrute de un recurso cuya merma en el suministro, a nivel mundial, podría agravarse en un futuro. No olvidemos, tampoco, que detrás de algunos desastres se encuentra la contaminación del agua superficial y subterránea, derivada de los vertidos domésticos, industriales o ganaderos y la procedente de la contaminación difusa agropecuaria. Es aquí donde deben cobrar especial protagonismo las estrategias de actuación de las políticas de gestión del agua a nivel mundial. Es necesario cambiar la anquilosada filosofía de gestión, fundamentada en estrategias de oferta, y que sólo se ha preocupado de disponer el agua al servicio de los intereses productivos, dejando en olvido los valores patrimoniales, metafísicos, ecológicos, escénicos, lúdicos y emotivos del más preciado de los recursos naturales, el agua. Estamos obligados a establecer un equilibrio, sin imposiciones, en los usos actuales y futuros del agua tomando en consideración de manera perentoria las necesidades en términos de cantidad y calidad de los ecosistemas fluviales de agua dulce. Teniendo en cuenta que la comprensión de la naturaleza se caracteriza por la incertidumbre, el problema de nuestra sociedad es creer que podemos comprender y controlar el comportamiento de ésta con el desarrollo tecnológico sin plantear, desde la humildad, que somos parte integrante y que nuestro conocimiento es incompleto y, en muchos casos, erróneo. Decía Tales de Mileto que "por vanidad el hombre complica la vida, pero el camino más fácil es el conforme con la naturaleza". Recordemos en este Día Mundial del Agua las palabras del filósofo, para que los ciudadanos del mundo reflexionemos y tomemos conciencia de la valía del agua, como recurso imprescindible para la vida, y los gobiernos apuesten por desarrollar programas basados en directrices de gestión sostenibles y racionales, donde los temas relacionados con el agua sean considerados una cuestión ambiental de primer orden. Víctor Peñas es geógrafo y miembro de Bakeaz (vpenas@bakeaz.org). ©
Víctor Peñas, 2004; © Bakeaz, 2004. |