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El muro de la vergüenza
Ignacio Álvarez-Ossorio


La Corte Internacional de Justicia de La Haya ha situado el muro que construye el gobierno de Sharon en el centro de todas las miradas. El hecho de que Israel se haya negado a comparecer en las vistas por considerar que este organismo carecía de autoridad para enjuiciar este asunto no ha deslucido las sesiones en las que los palestinos han podido exponer sus argumentos en contra de la construcción de dicha barrera.

La actitud israelí no debería sorprender a aquellos que conozcan en qué ha consistido el día a día de la ocupación de los territorios palestinos de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este en el curso de los últimos 37 años. Lo que sí es sorprendente es que la Unión Europea se haya alineado con Estados Unidos en su oposición a la labor de la Corte Internacional de Justicia por considerar que podría ser contraproducente para eso que todavía se empeñan en denominar "el proceso de paz". Si bien puede entenderse que la Administración de Bush no esté excesivamente interesada en que la Corte condene, aunque sea de manera simbólica, a su inseparable aliado israelí, no se entiende muy bien que los países europeos, que han respaldado las negociaciones palestino-israelíes en la última década y se han opuesto siempre a las medidas unilaterales, ahora miren cínicamente hacia otro lado y consideren que el muro es un 'asunto político' que debe resolverse entre las partes afectadas. ¿Acaso desconocen que el diálogo quedó interrumpido hace más de tres años tras el ascenso al poder de Ariel Sharon?

Mientras la comunidad internacional se enfrasca en discusiones bizantinas sobre qué fue primero -el huevo o la gallina-, el muro sigue avanzando imparable y en tan sólo unos meses más Israel habrá trazado de manera unilateral y quizás definitiva las fronteras en las que consiente un mini-Estado palestino, eso sí: sin continuidad territorial, sin viabilidad económica y sin ninguna posibilidad efectiva de sobrevivir. El muro de la vergüenza, además de prevenir la infiltración de terroristas y acabar con la lacra del terrorismo, será el broche de oro de una política de hechos consumados iniciada en 1967, inmediatamente después de la ocupación de los territorios en la guerra de los Seis Días, que pretendía desposeer a los palestinos de sus propiedades y anexar la mayor cantidad de territorio posible en consonancia con el proyecto sionista.

Lo que sí provoca asombro es que en este escenario de abulia internacional haya sido precisamente el Comité Internacional de la Cruz Roja, conocido por su larga tradición de neutralismo, el que haya roto el silencio para denunciar que la barrera representa una flagrante violación del derecho internacional, precisamente porque la mayor parte de su trazado se erige sobre el propio territorio ocupado y no sobre la Línea Verde que demarca la frontera reconocida de Israel. Esta cuestión es sistemáticamente eludida por algunos miembros de la comunidad internacional que defienden el derecho a Israel a la autodefensa frente al terrorismo, pero no tienen en cuenta que el muro se levanta esencialmente en tierra palestina, separando a la población de sus medios de vida.

Para comprender el verdadero significado del muro basta con estudiar su trazado (la página de la campaña Stop the Wall (http://www.stopthewall.org) ofrece abundante material al respecto). De hecho, no es posible observar el muro como un hecho aislado ni al margen de la política de estrangulamiento de los territorios palestinos destinada a entorpecer hasta extremos intolerables la vida cotidiana de la población palestina. No en vano el principal temor de la delegación jordana que compareció ante la corte de La Haya fue precisamente el que la asfixia acabe conduciendo a los palestinos al éxodo, lo que a su vez pondría en serias dificultades al reino hachemita, que, dada su precaria economía, sería incapaz de asumir una nueva ola migratoria similar a la registrada en las guerras de 1948 y 1967.

Un testimonio de gran valía que evidencia hasta qué punto es probable esta opción es el de Jan Kristensen, antiguo responsable de los observadores internacionales desplegados en Hebrón desde 1994, que denunció el pasado día 15 la 'limpieza' de palestinos que se estaba haciendo en la zona de la ciudad controlada por la minoría judía (¡400 colonos entre 30.000 palestinos!). Para Kristensen, "la actividad de los colonos y del ejército en Hebrón-2 están creando una situación irreversible. En cierta medida se está llevando a cabo una limpieza. En otras palabras: si la actual situación se prolonga unos pocos años más, el resultado será que no quedará ni un solo palestino". La estrategia israelí, según este teniente coronel noruego que ha vivido en la ciudad durante un año, consiste en "situar bloques de cemento para cortar las carreteras e imponer toques de queda (en una ocasión duró 100 días seguidos con sólo breves interrupciones). Los mercados están cerrados y las carreteras también: si tu nombre no aparece en la lista, no puedes entrar en Hebrón-2. Los colonos irrumpen prácticamente todas las noches en la zona palestina atacando a sus pobladores. Rompen ventanas, provocan daños y fuerzan a los palestinos que allí viven a abandonar la zona".

Ante un reto de esta envergadura cabe preguntarse, además de por las posiciones de Israel, Estados Unidos y la Unión Europea, por la actitud de la Autoridad Palestina, dirigida por Arafat. Sorprende la falta de iniciativa palestina, que, ante un horizonte plagado de nubarrones e interrogantes, es incapaz de unificar sus filas y frenar a los grupos radicales para recuperar el terreno perdido en el ámbito internacional. También llama la atención el replegamiento palestino hacia posiciones defensivas mientras la construcción del muro avanza. La única respuesta palestina en las últimas semanas ha sido el pronunciamiento del primer ministro Abu Ala a favor de un Estado binacional, proyecto desempolvado del baúl de los recuerdos de más que difícil aplicación. Tan sólo Yaser 'Abd al-Rabboh, ex ministro de Información y promotor de la Iniciativa de Ginebra, ha planteado una propuesta coherente al reclamar una inmediata declaración unilateral de independencia palestina. ¿Llegará ya demasiado tarde?

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro 'El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada' (Madrid, 2001) y editor de 'Informe sobre el conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta' (Madrid, 2003) (ialvarez@bakeaz.org).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2004; © Bakeaz, 2004.
Publicado en El Correo, 26 de febrero de 2004.