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El Acuerdo de Ginebra
Ignacio Álvarez-Ossorio


La paz es todavía posible. Al menos éste es el mensaje que palestinos e israelíes han querido lanzar a la comunidad internacional con el Acuerdo de Ginebra. El hecho de que los firmantes sean personas que en la actualidad no tienen responsabilidades políticas no debería ensombrecer este compromiso que muchos consideran ya como "el modelo en el que se deberá basar cualquier futuro acuerdo". El documento, que ha contado con la mediación del gobierno suizo, reafirma los aspectos centrales de las negociaciones desarrolladas en Camp David y Taba en los años 2000 y 2001, poco antes del ascenso al poder de Ariel Sharon, quien, durante su mandato, ha hecho lo posible para que el proceso de paz descarriara y los Acuerdos de Oslo se convirtieran en papel mojado. Tras tres años de devastación y violencia, el mero ejercicio del diálogo entre las partes es un acto de valentía que debería aplaudirse independientemente del carácter simbólico de las negociaciones.

La fecha elegida para la firma del Acuerdo de Ginebra ha sido el 4 de noviembre, día en que se cumple el octavo aniversario del asesinato de Rabin por un extremista judío. De esta manera se querría al mismo tiempo homenajear a uno de los artífices del proceso de paz y recuperar el espíritu de los ahora denostados Acuerdos de Oslo. La vindicación del legado de Rabin obedece también a la necesidad de replantear la actual estrategia del 'zero sum' seguida por el gobierno israelí, según la cual sólo se podrán reanudar las negociaciones cuando la Autoridad Palestina haya sido completamente aniquilada y la Intifada derrotada. El hecho de que las 100.000 personas que el pasado fin de semana se reunieron en Tel Aviv en el homenaje de Rabin reclamaran insistentemente el final de la ocupación, podría ser una señal de la resurrección del denominado 'bloque de la paz' israelí.

El acuerdo, cuya versión todavía no es definitiva puesto que le faltan varios anexos y mapas, va algo más lejos que las anteriores negociaciones y ofrece diversas garantías a los palestinos sobre la naturaleza de su futuro Estado. El primer punto de interés es el énfasis en que se construya un Estado viable en las fronteras previas a la guerra de los Seis Días y con una máxima continuidad territorial (aunque teniendo en cuenta la existencia de grandes bloques de asentamientos construidos en las tres últimas décadas). El segundo punto, a destacar por no haber sido considerado en Camp David, es la plena soberanía palestina sobre el territorio, las reservas de acuíferos y el espacio aéreo (según el artículo 4, 2.a). El tercer punto es la cesión intacta a los palestinos de los asentamientos desalojados, pero no de manera gratuita sino como pago de las compensaciones que Israel deberá ofrecer a los refugiados (art. 4, 5.e y art. 7, 9.e). En cuanto a la seguridad, el Acuerdo de Ginebra considera imprescindible el establecimiento de una fuerza internacional con el objeto de "proteger la integridad territorial del Estado de Palestina", preservar las fronteras y combatir el terrorismo.

Los aspectos más controvertidos y que generan una mayor oposición en las filas palestinas vuelven a ser el futuro de Jerusalén y de los refugiados. Por lo que respecta a Jerusalén, se convertirá, según el acuerdo, en capital de los dos Estados respetando la distribución demográfica existente: las zonas árabes serán parte de Palestina, mientras que las zonas judías serán anexadas por Israel. De esta manera se aceptaría la política de hechos consumados, basada en la colonización intensiva del área metropolitana de Jerusalén Este y la judaización de las zonas árabes de la ciudad. El asunto más peliagudo es, una vez más, el de los refugiados, ya que no se menciona el derecho al retorno contemplado en la resolución 194 de la Asamblea General de las Naciones Unidas y se reconoce implícitamente que la mayor parte de los refugiados deberán ser naturalizados en los países árabes vecinos o establecerse en terceros países que les acojan.

No es ésta la única iniciativa en esta dirección, dado que otras personalidades palestinas e israelíes han promovido en el curso de los últimos meses propuestas similares con el objeto de mostrar que, incluso en los momentos más críticos, es posible encontrar puntos de encuentro. En julio pasado se alcanzó el Acuerdo Ayalon-Nuseybe entre un antiguo responsable de los servicios secretos israelíes y el actual rector de la Universidad de Jerusalén. Según esta iniciativa, que ya ha recogido 160.000 firmas de apoyo a través de su página web (www.mifkad.org.il), las fronteras del futuro Estado palestino serían las vigentes en 1967 con mínimas modificaciones para preservar la continuidad territorial. Una vez más, el aspecto más polémico de esta iniciativa tenía que ver con el futuro de los refugiados, ya que, aun reconociendo su sufrimiento, se limitaba a reclamar compensaciones y a mencionar la posibilidad de que tan sólo una parte de los cuatro millones de refugiados se estableciese en el futuro Estado palestino.

Si algo muestran estas iniciativas diplomáticas es el cansancio y el hastío de israelíes y palestinos ante el transcurso de la Intifada, los atentados suicidas, los castigos colectivos y el extremismo de Sharon. Incluso el 'halcón' Moshe Ya'alon, actual jefe del Estado Mayor, se ha permitido el lujo de criticar en público esta política de tierra quemada al señalar que "nuestra propia estrategia ayuda a los terroristas, ya que incrementa el odio de la población hacia Israel", y que, al asediar los territorios palestinos y condenar a la pobreza a toda su población, "el país se encamina hacia la catástrofe".

Pese a que intente venderla como un episodio más de la guerra contra el terrorismo, Sharon pretende aprovechar la coyuntura internacional para afianzar el proyecto sionista que requiere a toda costa la desposesión del pueblo palestino. La ampliación de los asentamientos israelíes, la expropiación de tierras árabes y la construcción del denominado Muro de Separación (¡y no Valla de Seguridad!) persiguen un mismo objetivo: confinar a la población palestina en guetos aislados y anexar la mayor parte posible del territorio a Israel. Tal y como ha señalado en la prensa árabe Patrick Seale, uno de los principales especialistas en el conflicto árabe-israelí, "el principal objetivo de Sharon es construir el Gran Israel entre el Mediterráneo y el Jordán sobre las ruinas del movimiento nacionalista palestino. Su último instrumento es el muro que está recluyendo a los palestinos en una mínima porción de su territorio y quitándoles cualquier posibilidad de contacto con sus vecinos árabes […]. Una vez que el muro haya sido finalizado, deberá ser aceptado por la comunidad internacional y también por los propios palestinos como la frontera definitiva del Estado de Israel".

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro 'El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada' (Madrid, 2001) y editor de 'Informe sobre el conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta' (Madrid, 2003) (ialvarez@bakeaz.org).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2003; © Bakeaz, 2003.
Publicado en El Correo, 5 de noviembre de 2003.