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Agua, tópicos y sensibilidad social
Víctor Peñas


El agua es quizá el recurso natural rodeado de un mayor número de tópicos, que con frecuencia afloran en el sentimiento de las gentes cuando, con cierta regularidad, se alternan episodios de inundaciones y sequías. Es entonces cuando los temas del agua se convierten, por unos días, en espectáculo social y surgen frases tópicas llenas de conceptos equivocados expresados por quienes pretenden sentar cátedra en un afán de oportunismo insensato. Cuántas veces hemos oído y leído "aguas que se pierden 'inútilmente' en el mar", "el agua es un bien escaso", "ríos excedentarios y deficitarios", "las inundaciones se producen porque los ríos están sucios, es decir, cuando tienen árboles y gravas"… Esta interpretación simplista de la realidad está contribuyendo a generar una gran confusión, que arranca precisamente de conceptos erróneos muy aferrados, por otra parte, al sentimiento social de la gente. Otras veces, determinados acontecimientos relacionados con el agua, y su manera de presentarlos, contribuyen a la manipulación del pensamiento, impidiendo a la sociedad ahondar en la reflexión lógica del problema.

El agua ha sido, y probablemente seguirá siendo cada vez más, el principal factor de conflicto entre países y regiones. Recordemos que en el valle del río Jordán, en Oriente Medio, el agua es el principal factor desestabilizador. Lo mismo ocurre entre Pakistán y la India en relación con la gestión del caudal del río Indo, o entre la India y Bangladesh respecto al caudal del río Ganges. Tampoco el Nilo, el Tigris, el Éufrates, el Mekong o el río de la Plata escapan a disputas y enfrentamientos por la gestión, uso y disfrute del agua. Aquí, en nuestro país, a causa del controvertido Plan Hidrológico Nacional se han manifestado numerosas tensiones y sobre todo una fuerte movilización social, que reivindica un uso más racional del agua apostando por la gestión de la demanda, frente a las anquilosadas estrategias de oferta. Recordemos también cómo, debido al episodio de inundaciones del 4 y 5 de febrero, volvió a abrirse la 'guerra del agua' entre Vitoria-Gasteiz y Bilbao, poniéndose en entredicho la gestión de los embalses del Sistema Zadorra. Resulta curioso que un recurso como el agua sea un bien social que deba contribuir a articular el territorio y sin embargo esté en la raíz de muchos conflictos territoriales.

Moviéndose entre lo racional y lo emotivo, los temas relacionados con el agua están siempre presentes en la sociedad favoreciendo, en muchos casos, comportamientos más viscerales que lógicos. Decía D. Hume que "la costumbre es la gran guía de la Humanidad". Ahora bien, ¿hacia dónde vamos cuando la costumbre está asentada sobre comportamientos equivocados y contra natura? Probablemente, como recoge L. Carroll en su libro 'Alicia en el país de las maravillas', "si no sabes a dónde quieres ir, ningún camino te va a llevar allí". Y es que las anquilosadas inercias de la política hidráulica tradicional, que han gobernado la gestión del agua a nivel nacional, tienen mucho que ver con la percepción que la gente, en general, tiene de los 'problemas' relacionados con el agua. Desde el Reformismo Ilustrado hasta nuestros días la planificación hidráulica, a nivel estatal, ha magnificado la bonanza de la gran obra pública bajo los ropajes del omnipresente 'interés general'. De esta manera, en la sociedad se ha ido perpetuando un modelo de gestión de aguas fundamentado en estrategias de oferta de agua, que a su vez ha justificado la construcción de cientos de embalses. Y no es que esté en contra de los embalses. Evidentemente algunos son necesarios, pero el problema se presenta cuando la construcción de presas y embalses se convierte en el paradigma de un determinado modelo de gestión de aguas.

En los últimos años la comunidad científica ha sabido, con acierto y valentía, plantear y establecer directrices de actuación para mejorar la gestión del agua en el ámbito nacional. A través de numerosos congresos, seminarios, jornadas y reuniones de trabajo, el espíritu reflexivo de la Nueva Cultura del Agua ha ido sentando las bases de un nuevo modelo de gestión de aguas. Pero tengo la sensación de que este derroche de sabiduría científica, sopesada y reflexiva, no ha servido para sensibilizar lo suficiente a la sociedad. Quizá no se haya tenido la suficiente capacidad para trasladar el mensaje científico a la gente, a pesar del empeño, esfuerzo y dedicación de científicos e investigadores.

He podido constatar que determinados comportamientos y formas de entender nuestros ríos son fruto de una visión sesgada del agua, que no va más allá de entenderla como un recurso productivo sujeto a explotación. Conforme nos hemos ido alejando de la naturaleza, en la sociedad moderna, se ha ido desvirtuando el simbolismo y los vínculos de identidad con el agua. Recordando las palabras que el Gran Jefe indio Noah Seattle escribió al presidente de los Estados Unidos de América en 1855 ("el agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, representa también a nuestros antepasados […]. Los ríos son nuestros hermanos"), vemos el profundo respeto por un recurso que formaba parte de la identidad de un pueblo, de una cultura, de un modo de vivir. Pero ¿qué ha ocurrido para llegar a perder esos valores patrimoniales del agua? Y ¿cómo podemos recuperar esos valores perdidos? Respecto a la primera cuestión, el galopante desarrollo socioeconómico y el valor de oportunidad del agua han contribuido a la pérdida de esos valores y su sustitución por un valor económico sujeto a rentabilidad, que responde de manera generalizada a una percepción antropocéntrica de las cosas. De la misma manera, la concepción equivocada de que en general toda obra hidráulica, presa, embalse, central hidroeléctrica y transformación en regadío es buena por naturaleza, ha permitido que los análisis coste-beneficio de las inversiones, y la valoración de los impactos sociales y ambientales, en este país, hayan estado durmiendo el sueño de los justos. O lo que es lo mismo, tradicionalmente se ha venido realizando un esfuerzo importante para que la sociedad entendiese la bonanza a ultranza de estas intervenciones antrópicas en los ecosistemas fluviales como un bien en sí mismo y una necesidad incuestionable. Esto ha permitido hacer de la 'fontanería hidráulica' el paradigma de la política hidráulica en este país.

La contestación a la segunda pregunta puede estar sujeta a un abanico de interpretaciones. No obstante, creo que para recuperar esos valores perdidos debemos trabajar en cambiar las formas de pensar de la sociedad, en su conjunto, con argumentos de base científica sólida, sencilla y transparente, que sean capaces de llegar más allá de las actas de un determinado congreso. Ahora bien, la gran cuestión es cómo potenciar el pensamiento científico hacia la sociedad y dónde queda la conexión entre el mundo de la ciencia y la sociedad.

Debemos tener en cuenta que los temas relacionados con el agua no suelen ir por la senda de los postulados lógicos; por eso es necesario hacer un gran esfuerzo para que en la sociedad cale la cordura y el mensaje salga de la burbuja científica para llegar a las calles. Cómo conseguirlo es tarea de todos, comunidad científica y administraciones, y pasa inexorablemente por cambiar y mejorar, con valentía y con prudencia, la educación ambiental de nuestra sociedad. Éste es el gran reto de futuro. Si no cambiamos la mentalidad de la sociedad, corremos el riesgo de que la sociedad del futuro no tenga valores relacionados con el agua. Por el contrario, si conseguimos trasladar la reflexión científica al conjunto de la sociedad, y logramos recuperar, para la sociedad, los valores patrimoniales, metafísicos, ecológicos, escénicos, lúdicos y emotivos del agua, conseguiremos que nuestros ríos no acaben siendo simples parques temáticos y que este vital recurso, como decía Miguel de Unamuno, vuelva a ser el alma del paisaje.

Víctor Peñas es geógrafo, investigador del Departamento
de Geografía de la UPV/EHU y miembro de Bakeaz.

© Víctor Peñas, 2003; © Bakeaz, 2003.
Publicado en El Correo, 23 de agosto de 2003.