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La
desamortización globalizadora
Esta moderna desamortización del común en beneficio de las clases pudientes, ya no terratenientes como en el siglo XIX sino capitalistas transnacionales y financieros, tiene la denominación técnica de "reacumulación originaria de capital"; al igual que en la acumulación originaria durante los siglos XVII y XVIII, el término hace referencia al proceso histórico de la concentración en manos privadas de una gran parte de la riqueza social (oro y hombres) conducente a la creación de las condiciones necesarias para lanzar un nuevo período histórico y social; en su momento, la revolución industrial burguesa, hoy la globalización. Las privatizaciones de los servicios públicos, y la reconversión de los sistemas de pensiones contributivas (sociales) en sistemas de reparto (privados), son el medio más importante para ampliar la esfera de la producción mercantil a costa de la producción social de bienes y servicios. Ahora bien: una novedad importante del ciclo de privatizaciones a principios del siglo XXI es la aceptación e impulso del proceso por parte de sectores de la izquierda institucional que surgió precisamente para cubrir los espacios de radicalidad y cambio dejados abandonados hace tiempo por la izquierda socialdemócrata. El caso de Los Verdes alemanes, o el de la confederación sindical CFDT en Francia, son la expresión más clara de este proceso de abandono de cualquier atisbo de pensamiento alternativo. Incluso los que mantienen posiciones formales de oposición, como la izquierda comunista en Francia o los sindicatos un poco en todas partes, son incapaces de elaborar una alternativa que vaya más allá de la posición conservadora de mantener las cosas como estaban hasta ahora. El proceso no deja de ser curioso: gentes por lo demás cultas y espabiladas, cuando se ponen a hablar de economía, no son capaces sino de repetir los dislates más difundidos del pensamiento único. Así, el ministro de Asuntos Exteriores alemán, Joschka Fischer, parece que dijo que pretender quitar dinero a los ricos para dárselo a los pobres iba en contra del crecimiento económico, pues son los ricos los que pueden invertir ("¿quién invertirá si no son los que tienen?" es su genial descubrimiento). Semejante argumento, a estas alturas de la película, tiene que ser algo más que un desliz o una opinión poco meditada. Cuando voces que nos llegan del otro lado del Atlántico, como los premios Nobel nada sospechosos de izquierdismo ni de proeurpeismo Franco Modigliani o Paul Samuelson, o incluso el candidato pero todavía joven Paul Krugman, insisten en que el problema del crecimiento económico en Europa es de una demanda insuficiente, los políticos de turno en Europa insisten en el argumento reaganiano que provocó en su propio país una de las recesiones más severas de los últimos lustros: lo que habría que hacer, según estos políticos mal ilustrados, sería por lo tanto quitar a los pobres para dar a los ricos, a fin de que éstos inviertan para dar empleo a los pobres. Hay otro elemento novedoso en las actuales circunstancias del proceso: el vacío dejado por la izquierda política es ocupado casi siempre por movimientos sociales. La reacción más significativa contra la aceptación del proceso privatizador por parte de Los Verdes viene del grupo ATTAC (Asociación por una Tasa a las Transacciones Financieras Especulativas para Ayuda a los Ciudadanos), una de las corrientes más activas del movimiento antiglobalizador (o alter-globalizador, como prefiere denominarse). La situación es un tanto paradójica: una de las características definitorias de los movimientos sociales es su ubicación en el terreno de la influencia política, y no tanto en el de la intervención directa en la representación institucional de intereses. Sin embargo, al mismo tiempo que en el último lustro se ha producido una verdadera eclosión de movimientos y organizaciones sociales críticas con la realidad del capitalismo neoliberal, éste acentúa su influencia y dominio sobre el pensamiento económico y normativo social en general, hasta el punto de suprimir cualquier voz discordante del espacio público, sin aparentes desgarros en el tejido social. Hay una 'sensación' de que todo este insistir en las posibilidades de quiebra del sistema de prestaciones sociales públicas forma parte de una fenomenal confabulación para crear un pensamiento mágico entre las mayorías sociales que facilite el acatamiento al sistema dominante de desigualdad jerárquica. Pero los sectores que así lo perciben no logran articularse en forma de 'pensamiento práctico', cuya expresión más acabada es la del partido político, y se expresan a través de movimientos sociales parapolíticos (sindicatos minoritarios, grupos antiglobalización, medios de comunicación alternativos, grupos y tendencias musicales ). ¿De dónde procede entonces el interés de los partidos políticos de la izquierda en aplicar la nueva dosis de receta neoliberal a la enferma economía europea, en lugar de promover una ampliación del espacio alternativo? La experiencia muestra que la atención prestada a los grupos de presión empresariales y a sus propuestas, sobre todo en el plano ideológico y estratégico, más incluso que en el de las actuaciones prácticas o el de la corrupción político-clientelar, es directamente proporcional al impacto del político o la organización en los medios de comunicación. Gracias, obviamente, al control por parte de las grandes corporaciones empresariales de casi todos los medios de comunicación de masas. Los cincuenta grandes grupos mediáticos existentes en 1985 en los Estados Unidos se han reducido a tan sólo seis quince años después, en lo que ha sido el más grave proceso de pérdida de pluralismo en los medios de comunicación de la historia moderna. Pero, al presentarse como simples procesos de fusiones y absorciones empresariales, la ley mercantil enturbia la dimensión política del proceso. La capacidad de interlocución con los partidos políticos de estos grupos de interés es muy elevada, y el acceso a sus líderes es con frecuencia superior al de las bases partidarias o las organizaciones sociales afines. Y como los canales de relación directa de los partidos con la sociedad son tan limitados, el impacto en los medios de comunicación coincide con la incidencia en la valoración de la opinión pública de tal o cual político, de tal o cual organización. La formación de la opinión pública se convierte así en el objetivo de la actuación partidaria, que tan sólo se canaliza a través de la 'influencia', es decir, de la colusión con los grupos de interés. Romper con este círculo requiere sin duda un gran esfuerzo y una planificación a largo plazo de estrategias de formación e información. Pero también se necesita una acumulación de fuerzas que identifique con claridad la influencia en la vida política de los grupos corporativos como el nudo principal del montaje neoliberal. Y que denuncie y se oponga con determinación al creciente control de la vida social (la ciencia, la educación, las artes, el deporte, la alimentación, la información, el ocio) por parte de las grandes empresas. Devolver el protagonismo a los ciudadanos requiere por tanto un reforzamiento del espacio público, y no su liquidación en almoneda en beneficio del capital financiero, el patronazgo y la solución privada de las contingencias vitales. Joaquín Arriola es profesor de Economía de la UPV/EHU e investigador de Bakeaz (jarriola@bakeaz.org) ©
Joaquín Arriola, 2003; © Bakeaz, 2003.
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