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Incógnitas en Irak
Ignacio Álvarez-Ossorio


Cien días después del inicio de la ofensiva angloamericana contra Sadam Hussein, el 20 de marzo, el escenario posbélico iraquí no puede resultar más confuso. Es cierto que el sátrapa ha sido derrocado y que su régimen ba'zista ha pasado a la historia, pero también lo es que todavía se desconoce el paradero del dictador y que, tras la disolución forzosa del Partido Ba'z y de las Fuerzas Armadas, no ha surgido ningún elemento de cohesión interno que permita garantizar la precaria unidad del país. A esto hemos de sumarle que siguen sin aparecer por ninguna parte las armas de destrucción masiva que representaban una amenaza potencial para la comunidad internacional y que, según informes de la CIA hechos públicos en los días previos a la guerra, podrían llegar incluso a amenazar a algunos países occidentales.

El fiasco en torno a estas mortíferas armas aumenta si damos por buenas las recientes filtraciones procedentes de los servicios secretos que apuntan a que algunas de las pruebas expuestas en su momento para justificar la guerra, tanto por el presidente estadounidense George W. Bush como por el primer ministro inglés Tony Blair, podrían haber sido manipuladas con el objeto de obtener el respaldo de la reticente opinión pública. Tampoco dejan en buen lugar a estos dirigentes las últimas declaraciones de los estrategas de la Casa Blanca, encabezados por Donald Rumsfeld y Richard Perle, que señalan que es posible que nunca aparezca 'la pistola humeante', que según muchos ayudaría al menos a justificar a posteriori la guerra, y sus insinuaciones de que el recurso a las armas de destrucción masiva fue una mera cortina de humo para justificar la ya decidida de antemano deposición del molesto Sadam Hussein y para facilitar la instauración de nuevas bases militares norteamericanas en la zona que sustituyeran las existentes en Arabia Saudí.

Cien días después del inicio de la ofensiva, la seguridad brilla por su ausencia en un país desgarrado por la caótica situación económica y por la ausencia de expectativas a un corto y medio plazo. El vacío dejado por Sadam no ha sido llenado todavía: los intentos de formar un gobierno iraquí han chocado con escollos insalvables relacionados con la dificultad a la hora de conseguir un mínimo equilibrio interétnico e interconfesional entre kurdos y árabes (chiítas y sunnitas). A esto se suma el rechazo, no por anunciado menos preocupante, de los líderes locales a convertirse en una mera correa de transmisión del mando norteamericano y en intermediarios entre el nuevo poder y la población. Desde que el 1 de mayo el presidente Bush diese por finalizada oficialmente la guerra, la descoordinación y la improvisación han estado a la orden del día, llegándose al extremo de reemplazar al hombre fuerte del Pentágono, el 'procónsul' Jay Garner, por Paul Bremer, un diplomático conocido por sus posiciones como 'halcón'.

Por si esto fuera poco, las víctimas tras el final de las hostilidades no dejan de incrementarse: desde el 1 de mayo ha muerto, bien por ataques armados o bien por accidentes, un soldado norteamericano al día. Este goteo de muertes es cada día más difícil de ocultar y pone en evidencia el fracaso de la Administración de Bush, que presentó la invasión como un ejercicio de 'liberación' del yugo opresor de Sadam, ajeno por lo demás al gran juego del petróleo, que sería recibido por la población local con muestras de entusiasmo. Cien días después del inicio de la invasión de Irak, la presencia militar norteamericana se ha reducido de manera considerable, aunque todavía quedan sobre territorio iraquí cerca de 140.000 soldados estadounidenses y desde la Casa Blanca se advierte de que esta presencia podría prolongarse durante varios años e, incluso, décadas. Todos los indicios apuntan a la voluntad de Washington de perpetuar su control sobre el país, ya sea de manera directa o indirecta. Las noticias sobre la elaboración de una nueva Constitución iraquí por parte de un respetado profesor universitario americano no pueden sino recordarnos los tiempos de la colonización, cuando en la década de los veinte un grupo de oficiales británicos redactó -cómo no, en inglés- una Constitución que tenía como fin supremo garantizar el control británico sobre el entonces naciente reino iraquí.

Ahora más que nunca se hace evidente que los objetivos de Estados Unidos difieren de los anunciados. Depuesto el sátrapa, el malestar de la población iraquí va en aumento ante la incapacidad manifiesta de las autoridades extranjeras de poner fin al caos y a la violencia y sentar las bases del cacareado nuevo Irak 'democrático y libre', anunciado con solemnidad en la Cumbre de las Azores. El peligro de la perpetuación de esta mal llamada 'guerra contra el terrorismo' es evidente. El síndrome del 11-S, unido al desconocimiento del terreno evidenciado por el ejército de ocupación, lleva a las tropas americanas a ver en cada iraquí a un potencial terrorista, lo que ha acrecentado el malestar de una población que, de prolongarse de manera indefinida la actual situación, podría radicalizar su actitud hacia las tropas extranjeras.

Así las cosas, cabría preguntarse hasta qué punto es responsable el ejército norteamericano de esta situación y si la Administración de Bush está verdaderamente interesada en restablecer el orden e iniciar la reconstrucción de Irak. Un Irak débil y fragmentado podría ser mucho más útil y beneficioso para Washington que un Irak fuerte y cohesionado. En el caso de que Irak fuese capaz de renacer de sus cenizas y restaurar su pasada grandeza, difícilmente aceptaría de buen grado el control de sus reservas energéticas por una potencia exterior, ni tampoco permitiría la presencia de bases extranjeras sobre su territorio.

No hay que olvidar que la perpetuación de la actual situación no sólo implica el control del petróleo, sino que también proporciona a Estados Unidos un enclave privilegiado en una zona de gran importancia geoestratégica, permitiendo no sólo la vigilancia de la zona del golfo Pérsico sino también el mantenimiento de la presión sobre el Irán de los ayatollahs, que ve cómo sus fronteras occidentales (con Irak) y orientales (con Afganistán) se hayan controladas por su principal enemigo, que, además, alienta las manifestaciones populares contra el régimen teocrático. Al mismo tiempo, la cuestión iraquí ha permitido desplazar a un segundo plano la cuestión palestina. A pesar de la Hoja de Ruta, la reconciliación israelo-palestina parece hoy tan poco factible como hace unos meses, y esto por dos razones: por una parte, el énfasis en torno a la necesidad de salvaguardar a toda costa la seguridad israelí aun a fuerza de multiplicar los sacrificios de la población palestina y, por otra parte, la vaguedad en torno a la necesidad de crear un Estado palestino sin alcanzar previamente un compromiso sobre sus fronteras. Un Irak inestable permitiría mantener este doble juego, consistente en asfixiar gradualmente al régimen iraní para promover la caída de los ayatollahs y, asimismo, prolongar el actual desequilibrio en el conflicto palestino-israelí, que, si a alguien beneficia, es a Tel Aviv.


Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro 'El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada' (Madrid, 2001) y editor de 'Informe sobre el conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta' (Madrid, 2003) (ialvarez@bakeaz.org).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2003; © Bakeaz, 2003.
Publicado en El Correo, 3 de julio de 2003.