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Oportunidades perdidas
Josu Ugarte


El Ministerio de Medio Ambiente es pequeño y débil, ridículo en contraste con las tareas que legalmente tiene encomendadas. Sin brillo ni fuste, la trayectoria de su corta vida y sus menguados ministros no ha quedado a la altura de las exigencias medioambientales de la ciudadanía. Como una moda se impuso hace seis años la necesidad de dotar de cartera al medio ambiente, sin que ríos, ni árboles ni fauna hayan mejorado por aquella decisión más cosmética que efectiva.

El medio ambiente se parece a la salud. Cuando la perdemos se echan en falta las medidas preventivas que hubiéramos debido adoptar para conservarla. Por ello, el interés por el medio ambiente como un entorno de decisión política y económica aparece cuando la intensidad de los impactos derivados del despilfarro y de los excesos adquiere tal magnitud que empiezan a emerger los signos evidentes de la quiebra de sus equilibrios y del propio sistema social que se nutre de sus servicios. No deberían obviarse estos problemas. Tratados habitualmente con frivolidad, el retumbar de las altisonantes palabras esgrimidas en su defensa, tanto en leyes como en congresos y cumbres internacionales, oculta la escasa atención que merece en políticas y acciones concretas de protección. De aquel relumbre de palabras hueras y de su pálido reflejo en la realidad cotidiana, el Ministerio de Medio Ambiente español compone un adecuado modelo.

Hasta ahora el principal mérito de los sucesivos ministros del ramo ha consistido en haber sabido conformar una vistosa imagen floral, en proceder de una isla rodeada enteramente de mar y, por último, en haber superado una oposición y pertenecer al círculo de Rato. Desde tiempos de Platón los filósofos gustan de comparar las virtudes del buen político con las del médico. Igual que éste sabe de las artes del oficio y de las técnicas adecuadas a la salud, aquél debería conocer y estar adiestrado no sólo en los retruécanos de su oficio, sino también en la esencia de la justicia. Dudamos que el 'curriculum' de esta saga de ministros que con su talante y actitud han conformado la vacua personalidad de este Ministerio, contenga conocimientos adecuados, no ya acordes con la magnitud de su tarea, lo cual podría cuestionarse en otros muchos casos, sino al menos con el vago conocimiento de los hechos, historias, normas y realidades que componen la cultura general del medio ambiente en España. Este Ministerio, para desgracia nuestra, cada vez se parece más a un máster acelerado de formación de altos cargos en políticas ambientales, sin exámenes de fin de curso, y demasiado caro y gravoso para los presupuestos y para el ambiente tan bien estudiado y tan poco protegido.

Sin embargo, se nos afirma que deberíamos confiar en sus respectivas famas de buenos gestores al servicio de lo público. El itinerario exitoso de muchos de estos personajes ocupando cargos en la dirección de las más variadas actividades nos ofrece un buen ejemplo de las virtudes del no saber como requisito de buenos rendimientos en la organización de las personas y de las actividades a su cargo. El don de gentes, la capacidad de liderazgo, la habilidad negociadora, la seguridad, la retórica y, sobre todo, que la organización funcione. Reglas comunes a la fabricación de relojes y de pantalones, a la cría de gallinas o a la recolección de tomates, al departamento fiscal y al de siniestros, a la política ambiental o de presupuestos. El buen 'manager' sería capaz de solucionar los problemas de cualquier organización con sólo aplicar las técnicas adecuadas a la gestión de recursos humanos y de organización del trabajo.

Pero cualquier persona mínimamente avezada en el funcionamiento de grandes y de pequeñas organizaciones sabe que éstas deben compartir cierto espíritu y vocabulario, entrenarse en los nuevos retos, y saber adaptarse tanto a las necesidades de la propia organización como a los objetivos y restricciones que le impone su entorno. Y para ello no sólo se precisa saber de psicología de multitudes o de cuadros de balances contables, sino que los elegidos para gestionarlas conozcan y posean experiencia en los temas de su competencia. No un saber científico, ni tecnológico, pero al menos que hayan elaborado un 'curriculum' de ocupaciones a lo largo de su trayectoria vital que les capacite para confeccionar un discurso coherente, asentado y experimentado sobre la cosa que tienen a su cargo, en nuestro caso, el medio ambiente.

Los retos de la política ambiental de nuestro país resultan complejos, y sus imbricaciones con otras políticas parecen tan evidentes que el hecho de haber colocado en dichos sillones a políticos débiles, sin peso ni relieve en los consejos de ministros, repercute muy negativamente en su comprensión y asimilación por el sistema político y social, por no hablar de la repercusión y casi nula efectividad de las pocas políticas ambientales emprendidas hasta ahora. Gastar dinero público en nuevas infraestructuras y obligar a maquillar actividades privadas con el sello ambiental, no debería ser la principal tarea de nuestro Ministerio, sino regular diferentes sectores y actividades económicas, hacer cumplir la ley y coordinarse con otras Administraciones, tareas en las que este joven y todavía inexperto Ministerio no ha sabido componer un cuadro coherente de iniciativas. Ríos y acuíferos cada vez más contaminados, imparables emisiones de gases con efectos en el cambio climático, vertidos de sustancias tóxicas y peligrosas, inexistentes planes de emergencia y de prevención de accidentes, incomunicación permanente con las Comunidades Autónomas, degradación de lo público como patrimonio de todos los ciudadanos, abandono de las tareas necesarias para proteger la biodiversidad y los ecosistemas reconocidos por la ley, incomunicación casi prevaricadora con las asociaciones ecologistas y movimientos sociales, connivencia continuada y casi escandalosa con los mayores agresores ambientales, en fin, un cuadro asombroso cuyos colores dictados al albur del mercado libre y sin restricciones y de la regulación vacua y desorganizada, mancha ya a muchos pueblos y ciudadanos, que, inermes bajo tal añagaza de decisiones arbitrarias, vemos dilapidado nuestro entorno vital en aras del beneficio y del lucro de unos pocos.

En fin, deseemos lo mejor a la ministra Elvira Rodríguez en sus próximos meses de gestión de un ministerio tan sensible, y recordémosle que ella y su gobierno han perdido demasiadas oportunidades. La del 'Prestige' la más reciente. ¿Va a comprender esta ministra el lógico itinerario causal que liga al petrolero accidentado con las emisiones de gases invernadero y con la guerra en Irak? ¿O seguirá pensando que todo fue una casualidad y la guerra un desgraciado accidente? En su discurso inaugural también habló de los trasvases. ¿Va a llevar agua la ministra a los regantes que durante los últimos años han estado incumpliendo la Ley de Aguas y a las actividades que están arruinando los valores sociales y ambientales del sudeste español? O más fácil, ¿se reunirá alguna vez con las asociaciones ecologistas? ¿Va a activar los procesos de participación pública en las decisiones ambientales, tal y como obliga Bruselas? ¿Informará adecuadamente a la ciudadanía? ¿Podremos examinar su labor y su ambiente demediado cuando finalmente la despidan y su Ministerio, si sobrevive, se adentre en la pubertad?

Firman este artículo los miembros de Bakeaz J. Arriola, profesor de Economía de la UPV/EHU,
R. Bermejo, profesor de Economía de la UPV/EHU, J. M. Ruiz, ingeniero,
y J. Ugarte, director de Bakeaz.

© Arriola, Bermejo, Ruiz y Ugarte, 2003; © Bakeaz, 2003.
Publicado en El Correo, 5 de junio de 2003.