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'Au
revoir' al internacionalismo
Quizá sea la celebración de este año la que nos permite vislumbrar hasta qué punto ha cambiado el mundo, que ya ni los obreros de anteayer se pueden reconocer en él. En los últimos tiempos se ha visto el resurgir de las movilizaciones y protestas coordinadas a escala planetaria. Pero no ha sido el movimiento obrero, sino la juventud internauta, la que ha sido capaz de lograr dicha coordinación, encadenando de un extremo al otro del planeta la protesta contra la guerra o el dominio global de la plutocracia. La presencia del movimiento obrero ha sido sin duda relevante, determinante en muchas ocasiones, para dotar a las protestas de argamasa organizativa, de institucionalidad temporal o de espacio de encuentro. Pero no es menos cierto que el contenido laboral de la movilización mundial es menos relevante que el de, pongamos por caso, el movimiento ecologista o los grupos religiosos de solidaridad. Por eso, en este Primero de Mayo va a generar más eco la resonancia del grito de la mayoría de la población mundial contra la guerra de invasión en Irak que, pongamos por caso, la continuidad de las políticas neoliberales, o la precariedad laboral que no cesa. Si el predominio casi universal del capital sobre el trabajo no se traduce en reivindicación de democracia económica, es porque el propio movimiento obrero duda de sus fuerzas para acometer tamaña empresa. Hoy solamente uno de cada cinco trabajadores industriales vive en un país desarrollado. De los otros cuatro, un tercio vive en China. Y este año, la gran patria de la alianza obrero-campesina, la potencia industrial que amenaza los puestos de trabajo españoles de bajo valor añadido, ha suspendido las fiestas del primero de mayo, por culpa de un virus. ¿Qué se expresa tras la derrota simbólica del proletariado por un virus mutante? Quizá lo mismo que con el abandono de las manifestaciones obreras por las comidas de confraternización. O con el eclipsamiento de los muertos por accidentes de trabajo en las páginas de sucesos con los muertos por accidentes de carretera reportados en la primera. O con la ausencia de discurso político propio del sindicalismo local, vacío que se disfraza con un discurso de sustitución que apela a valores nacionalistas y patrioteros contrarios a la cultura secular del movimiento obrero. Desde hace varias décadas el sindicalismo declina en su importancia política, para mantenerse como una institución reguladora del precio de la fuerza de trabajo, pero no de la productividad y su distribución. Tan sólo muestra cierta vitalidad en los países donde un proletariado reciente se incorpora a la nueva vida política democrática, como Brasil, Sudáfrica o Corea del Sur. O como España durante la transición, hasta la primera huelga general contra un gobierno socialista (el 14-D) que marcó la plena 'normalización' del sindicalismo hispano. En los países desarrollados, el peso institucional agota la veta profética del sindicalismo. La gestión técnica de la negociación colectiva casi no deja espacios para el desarrollo de redes culturales que refuercen una identidad propia, de una valorización de 'los de abajo', que si antes se identificaban por su trabajo, por su capacidad de hacer, hoy no se reconocen en la capacidad de alquilar su tiempo de trabajo, unas veces sí, y otras no. Bajo las nuevas modalidades de trabajo precario, la dignidad de la persona está completamente alienada del valor del trabajo que realiza. Por eso se busca en otra parte, con demasiada frecuencia en contravalores que enferman y debilitan a la sociedad entera. Y por eso precisamente es cada vez más difícil la tarea de regular las condiciones de trabajo en función de las necesidades de los que trabajan y de los que quieren trabajar. El valor del Primero de Mayo estriba en representar con fuerza simbólica e histórica y con energía humana la identidad colectiva de las mayorías desposeídas, su dignidad por el trabajo. Es posible que los parados, los precarizados, las mujeres dependientes social y económicamente, los inmigrantes sin papeles, los enfermos y accidentados, los discapacitados, los jubilados con bajas pensiones, las minorías étnicas excluidas, no participen en las celebraciones del Primero de Mayo. Pero el movimiento obrero, su presencia, en la calle, en las instituciones y en los espacios simbólicos de identificación colectiva (por desgracia cada vez más reducidos a la familia, al equipo de fútbol y a la bandera), debe ser visto como una garantía de pluralismo, de democracia y de vitalidad social. 'E pur, si muove'. Joaquín Arriola es profesor de Economía de la UPV/EHU e investigador de Bakeaz (jarriola@bakeaz.org) ©
Joaquín Arriola, 2003; © Bakeaz, 2003. |