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La agenda de Sharon
Ignacio Álvarez-Ossorio


Ariel Sharon se encuentra en uno de los momentos más dulces de su carrera política. No sólo ha conseguido imponerse en las elecciones legislativas israelíes sino que lo ha hecho de una forma avasalladora. El Likud ha obtenido nada más y nada menos que el 31% de los votos, mientras que su más directo rival, el Partido Laborista, apenas atrajo un 16%. Desde la década de los sesenta, cuando el Mapai (antecesor del Partido Laborista) campeaba a sus anchas por la escena política israelí, no se recordaba una victoria tan abultada y una diferencia tan abismal entre las dos principales formaciones sionistas. Los comicios del pasado 28 de enero han puesto punto final a ese juego de alternancia que ambos partidos venían representando desde 1977, año en el cual el Likud logró imponerse por primera vez a los laboristas.

Dado que la lacerante situación económica que algunos consideran como la más aguda en la historia de Israel no ha pasado factura al dirigente nacionalista, cabría sospechar que la victoria de Sharon se debe a su política con los palestinos. La sociedad israelí habría mostrado su hartazgo ante un proceso de paz que, lejos de apaciguar las relaciones con sus vecinos, las ha exacerbado, llevándolas a uno de sus momentos más críticos desde que los territorios árabes de Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este fuesen ocupados por la fuerza en la guerra de los Seis Días. De lo que no cabe duda es de que por primera vez en su larga trayectoria política, iniciada en 1974, Sharon dispone de la legitimidad de las urnas para formar un gobierno lo suficientemente sólido para poner en práctica su programa, si la coyuntura regional e internacional se lo permite.

Las opciones que tiene Sharon para componer un nuevo gobierno de concertación nacional son variadas. Lo más probable es que el primer ministro se incline por una coalición lo más amplia posible, en la que estén representados prácticamente todos los partidos sionistas del arco parlamentario (quedarán fuera, por lo tanto, los partidos árabes Hadash, Balad o Ra'am), al ser consciente de que, conforme avance la legislatura, se producirá un lento goteo de deserciones que pondrá en riesgo la estabilidad gubernamental y que, en último término, podría provocar un adelanto de las elecciones. En este aspecto será fundamental conocer la actitud que mantiene el Partido Laborista y su decisión final en torno a la cuestión de incorporarse al gobierno de Unidad Nacional (como reclaman los sectores 'halcones' encabezados por Ben Eliezer) o mantenerse en la oposición para curar sus heridas (como prometió su líder Amran Mitzna tras conocer los resultados). Una coalición secular entre los partidos Likud, Laborista y Shinui sumaría 71 de los 120 escaños de la Knesset, una mayoría lo suficientemente cómoda para afrontar con holgura los retos que se ciernen sobre Israel.

La agenda del nuevo gobierno no es sencilla. Nada más conocerse los resultados, Sharon compareció ante los medios de comunicación para hacer una verdadera declaración de intenciones: "No es el momento para las celebraciones. La batalla contra las organizaciones terroristas no ha terminado. La amenaza iraquí se cierne sobre nuestras cabezas. La crisis todavía representa una amenaza para la estabilidad económica […]. Es el momento para fusionar todas las fuerzas de cara a alcanzar una verdadera victoria sobre el terrorismo y comenzar un auténtico proceso de paz".

El nuevo programa de gobierno tendrá pues tres prioridades: proseguir la lucha contra las organizaciones palestinas, solucionar los problemas económicos que padece el país y, por último, reanudar las negociaciones de paz. Estos tres aspectos están a su vez estrechamente vinculados con la guerra contra Irak, que, como todo parece indicar, comenzará antes de un mes (Sharon ha ido más lejos, al indicar que el día D será el viernes 21 de febrero). La mayor parte de los analistas coinciden en que la inminente guerra concentrará todas las energías de la comunidad internacional y en que, mientras tanto, Israel dispondrá de un tiempo de gracia, ya que no será presionado para que ponga fin a sus excesos, a no ser que su actual política de 'puño de hierro' con los palestinos se intensifique de manera notable.

Pocos dudan que, una vez finalizada la contienda, Israel deberá aceptar o rechazar la 'hoja de ruta' elaborada por el Cuarteto integrado por Estados Unidos, la Unión Europea, la Federación Rusa y las Naciones Unidas, que prevé la inminente creación de un difuso Estado palestino con soberanía limitada para facilitar unas negociaciones sobre sus fronteras definitivas, que deberían concluir en el año 2005. Dentro de su conocida estrategia dilatoria (no está de más recordar que la ocupación cumple 36 años el próximo mes de junio), Israel supedita todo avance en el proceso de paz a un número tal de condiciones que, en la práctica, el retorno a la mesa de negociaciones resulta inviable. En concreto, Sharon interpreta que los palestinos deberían interrumpir la violencia, reemplazar a sus líderes y, por último, emprender profundas reformas en el terreno securitario, administrativo, político y educativo. El cumplimiento de tales exigencias sería condición 'sine qua non' para que Israel se aviniese a retirar sus tropas sólo de las áreas autónomas (algo más del 40% del territorio ocupado), interrumpir la colonización (que no se ha dejado de intensificar en los últimos años) y, por fin, reconocer el Estado palestino sin fronteras y con soberanía limitada que plantea la 'hoja de ruta' elaborada por el Cuarteto.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro 'El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada' (Madrid, 2001) y editor de 'Informe sobre el conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta' (Madrid, 2003) (ialvarez@bakeaz.org).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2003; © Bakeaz, 2003.
Publicado en El Correo, 1 de febrero de 2003.