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Aniversario olvidado
Carlos Taibo


El primer aniversario del inicio de los bombardeos estadounidenses en Afganistán no interesa, por lo que parece, a casi nadie. El silencio al respecto contrasta, y poderosamente, con la parafernalia desinformativa que hubimos de soportar el 11 de septiembre pasado. Y eso que, en dramática demostración de que entre nosotros la solidaridad con las víctimas depende en muy buena medida de su renta per cápita, el número de civiles muertos en Afganistán -hablamos, claro es, de despreciables y sucios orientales- excede con mucho al de los fallecidos en Nueva York y Washington algo más de un año atrás.

Ejercicios contables al margen, no puede ser más tétrico el balance de una razia norteamericana que, por lo pronto, ha exhibido una dudosísima legalidad. EEUU ha procurado olvidar en Afganistán la fórmula a la que se aferró en 1986, cuando procuró que el Tribunal Internacional de Justicia aceptase que la franca financiación y el aliento recibidos por la 'contra' nicaragüense no eran razón suficiente para atribuir la actividad de ésta al país que prestaba tales apoyos. Más aún: imbuido de un instrumental e interesado empleo del sistema de Naciones Unidas, Washington se ha entregado a una singular interpretación de lo que quiere decir 'repeler' una agresión, de tal suerte que se ha autoatribuido un derecho ilimitado de injerencia, no sometido a restricción alguna en lo que hace a tiempo, espacio o métodos. Si agregamos que a los ojos de muchos las pruebas aportadas en lo relativo a la responsabilidad de Al Qaeda en los atentados de Nueva York y de Washington son débiles -lo eran, en cualquier caso, en octubre de 2001-, estará servida la conclusión de que Estados Unidos se ha limitado a aplicar, como casi siempre, la ley del más fuerte.

Tanto relieve como lo anterior lo tiene, a buen seguro, el nulo respeto dispensado al derecho de guerra. Sin testigos, empleando a la Alianza del Norte como carne de cañón, con el concurso de bombas de racimo y de uranio empobrecido, y al amparo de la destrucción de centros de comunicaciones, almacenes de combustible, industrias, hospitales y residencias de ancianos, EEUU no sólo es responsable de lo que ocurre -tribunales marciales, ausencia de garantías legales, inopinados traslados a terceros países- en estas horas en Guantánamo: las masacres registradas en la bolsa de Kunduz y en la cárcel de Mazar-i-Sharif ilustran un proceder encaminado a sacarse de encima los problemas merced al exterminio del enemigo. No es más edificante, en fin, la condición de los aliados que Washington tuvo a bien cobrarse el otoño de 2001: el militarizado Pakistán de Musharraf, la autocrática dictadura de Karímov en Uzbekistán, la propia Alianza del Norte y la filantrópica Rusia de Putin compiten con talento en una esperpéntica coalición de orgullosos terrorismos de Estado.

Moral y derecho aparte, habrá que preguntarse, también, por la eficacia de las acciones militares estadounidenses en el Asia central. Aunque el argumento es de ida y vuelta, si hay que creer a los portavoces de la Casa Blanca, Al Qaeda, una suerte de ameba de consistencia gomosa, sigue campando por sus respetos y en modo alguno se ha desvanecido el riesgo de nuevos atentados. El otrora vicepresidente norteamericano, Al Gore, se ha sumado a la larga lista de quienes estiman, por añadidura, que EEUU se ha desentendido, al cabo, de la reconstrucción de Afganistán, de tal forma que no sólo no ha recortado de forma apreciable las capacidades en manos de la red de Bin Laden, sino que, muy al contrario, ha esparcido una vez más la semilla para que el fundamentalismo islamista recupere el aliento.

La trastienda geoeconómica del conflicto afgano ha hecho, en fin, que vacilasen algunas de las más firmes convicciones. La primavera pasada supimos que EEUU había planificado una operación militar en Afganistán bastante antes del 11 de septiembre de 2001. Aunque los más ingenuos abrazaron con cariño la tesis de que semejante operación respondía al respetable propósito de acabar con Al Qaeda, a la postre se ha abierto paso otra versión de los hechos que, con la riqueza energética de la cuenca del Caspio de por medio, refiere el deseo de extraer hacia el sur, a través de Afganistán, el petróleo y el gas correspondientes. En febrero pasado, sin ir más lejos, los presidentes paquistaní y afgano firmaron un acuerdo al respecto. Por si ello fuese poco, y volvamos a la geopolítica más rancia, Kabul ofrece una inestimable atalaya desde la que controlar los movimientos de una región muy sensible en la que se codean Rusia, China, la India, Irak y Arabia Saudí.

Afganistán no es, con todo, sino el primer paso de una guerra que en modo alguno se libra -como a menudo se nos cuenta- contra el terrorismo: se trata, antes bien, de una lucha sin cuartel encaminada a acallar las disidencias más dispares. A menos que algo se tuerza, sabido es que el próximo hito de este singular y desequilibrado combate se llama Iraq. Si hace cosa de un año se hizo evidente que muchos de nuestros expertos, y la mayoría de nuestros dirigentes políticos, asumieron un inquietante 'acto de fe' cuando dieron por descontado que Estados Unidos se aprestaba a mostrar un comportamiento extremadamente mesurado en Afganistán, hoy es menester hablar de una inenarrable y consciente connivencia ante el tramado atropello que se prepara. Ahí están, para testimoniarlo, un puñado de decisiones tomadas de antemano, la prepotente descalificación de quienes discrepan y un sinfín de amenazas conminatorias dirigidas contra Naciones Unidas y su independencia de criterio.

Anda fuera del mundo quien a estas alturas piense que, en Iraq como en Afganistán, el designio norteamericano estriba en devolverle la palabra a la población de un país muy castigado. Porque, en lo que atañe al país que riegan el Tigris y el Éufrates, más bien parece que la estrategia ideada por Washington responde al doble y prosaico propósito de apuntalar la posición estratégica de Israel y de hacerse con el control -claro- de yacimientos de petróleo de importancia difícilmente rebajable.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz (ctaibo@bakeaz.org). Acaba de publicar 'Guerra entre barbaries' (Madrid, Punto de Lectura, 2002).

© Carlos Taibo, 2002; © Bakeaz, 2002.
Publicado en El Correo, 15 de octubre de 2002.