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Soberbia
en la Cumbre de Johanesburgo
Schumacher, en 'Lo pequeño es hermoso', sentenció hace más de treinta años: "La manera en la que experimentamos e interpretamos el mundo depende mucho de la clase de ideas que llenan nuestras mentes. Si son insignificantes, débiles, superficiales e incoherentes, la vida parecerá insípida, aburrida, penosa y caótica. El sentimiento de vacío resultante se hace difícil de sobrellevar y la vacuidad de nuestras mentes puede dejarse llevar demasiado fácilmente por algunas nociones fantásticas y grandiosas, políticas o de otro tipo, que de pronto parecen iluminarlo todo y dan sentido a nuestra existencia. No necesitamos enfatizar que éste es, precisamente, uno de los grandes peligros de nuestro tiempo". Efectivamente, quiero creer que vivimos un periodo de transición hacia nuevas ideas que están por construir pero que, a medio y largo plazo, sustituirán la actual manera insostenible de organizar la convivencia humana a todas las escalas. A pesar de todo, debemos confiar en que dentro de uno o dos siglos, quienes nos estudien como sociedad atrasada reconocerán la barbarie que hoy tomamos como norma (energía basada en recursos no renovables, crecimiento exponencial del tráfico, riesgos sobre la salud socialmente asumidos, agricultura basada en la industria química, distribución desigual de la riqueza ). A nosotros hoy nos sucede igual con quienes nos antecedieron. Por eso, volviendo la vista a los grandes temas tratados en la Cumbre, podemos contextualizar perfectamente la vigencia de aquellas palabras. Esas nociones fantásticas son las que hoy dominan el lenguaje común y parecen estar fuera de toda discusión: crecimiento económico, liberalización comercial, pensamiento a corto plazo, eficiencia como medida de todas las cosas Y nuestra existencia queda iluminada y parece estable en el día a día, pero a cambio la inconsistencia de estas ideas a largo plazo se revela en todos los órdenes, como el medio ambiente, la seguridad, los derechos humanos o el trabajo. Ante todo, más allá de los limitados acuerdos que se han podido alcanzar en la Cumbre, es necesario recordar que la sostenibilidad requiere una regulación efectiva y con objetivos consensuados, y aún estamos lejos de ello. Éste es el gran debate de este comienzo de siglo, porque nos invita a todos (ciudadanos, gobiernos, el Norte y el Sur, organizaciones sociales ) a hacernos la siguiente pregunta: ¿qué queremos ser? El concepto de desarrollo sostenible llama a la puerta del futuro para preguntar quién tiene sitio en la casa, cómo estará construida y qué tipo de relaciones se establecerán dentro de ella. Y en Johanesburgo se ha hablado mucho, con resultados infructuosos en su mayor parte, pero no ha habido espacio para el debate sobre esas ideas que hoy pueblan nuestras mentes y asumimos como ciertas. El modelo económico y el sistema de pensamiento que lo sustenta permanecen sin ser cuestionados más allá de la heterodoxia académica y los pequeños pero cada vez más emergentes círculos contestatarios. La crítica queda arrinconada al margen, siempre al margen del gran discurso liberalizador. Por encima de los paupérrimos acuerdos alcanzados sobre los caladeros de pesca o sobre la promoción de las energías renovables, apenas hemos escuchado propuestas sobre un nuevo modelo alimentario, energético o de producción económica. No hay debate tampoco sobre las referencias éticas que mueven la cadena: ¿crecimiento para quién?, ¿cuánto es suficiente?, ¿para qué la libertad comercial? Y así un sinfín de preguntas a las que el sistema actual no puede hacer frente porque su lógica es la del beneficio y el crecimiento económico a ultranza. El sistema de pensamiento establecido es reacio a las grandes preguntas; se basta a sí mismo para iluminar nuestras vidas. Frente a esta soberbia del pensamiento oficial, irrelevante y débil, se construye una nueva forma de pensar. Como señaló Thomas Kuhn, las revoluciones científicas y el cambio de paradigma que traen consigo se abren siempre paso desde el conflicto con los defensores del pensamiento aceptado y consagrado. Esto mismo vale para el campo del pensamiento y la organización social. En este sentido, las ideas renovadoras no estuvieron presentes en las sedes oficiales. Estaban lejos de los gobernantes, en el foro social, expulsadas del discurso oficial. Menos pomposas en sus formas, más confusas por su propia construcción, pero sobre todo, radicalmente más coherentes con los imperativos éticos del prácticamente inútil concepto de desarrollo sostenible. Porque éste requiere contenidos, y no vale cualquier cosa. No todo es sostenible, básicamente porque no todo sirve para garantizar las necesidades de la población actual y, además, respeta las posibilidades de satisfacer sus necesidades a las generaciones futuras. Para finalizar, podemos volver a 1992 para hacer más evidente este proceso de degradación del concepto de desarrollo sostenible. Entonces, tras la Cumbre de Río, se acusó a las organizaciones ecologistas con el reiterado y fatuo discurso del catastrofismo. Éstas no hicieron más que denunciar que el desarrollo sostenible se había vendido a las grandes multinacionales que financiaron la Cumbre debido a las penurias económicas que atravesaba la ONU. Diez años después, hoy, aquella denuncia se ha corroborado desde el mismo comienzo de las negociaciones preparatorias, donde tan sólo una idea se ha mantenido firme en todos y cada uno de los textos, la de degradar la obligación de alcanzar acuerdos a la mera aceptación de contenidos puramente voluntarios. Repasando las intervenciones de los líderes mundiales en la cumbre de la Organización Mundial del Comercio en Qatar hace menos de un año y los discursos pronunciados en Sudáfrica, observaremos que las prioridades son las mismas, los matices se repiten y sibilinamente se introduce una perspectiva unificadora tanto para hablar del mercado globalizado como de la supervivencia y el bienestar de nuestras sociedades y las futuras. Discursos idénticos, confusos, unidireccionales se repiten desde hace un tiempo y confunden objetivos contradictorios. Y no todo cabe en el debate de la sostenibilidad. Permanecer impasibles, aferrados a viejas ideas del pasado es sólo un síntoma más de la enfermedad del capitalismo, la soberbia de su discurso avasallador y el gran peligro de nuestro tiempo. Manuel Fernández González es miembro de Bakeaz. ©
Manuel Fernández González, 2002; © Bakeaz, 2002. |