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Gula,
envidia y pereza en la Cumbre de Johanesburgo
La cumbre tiene lugar en África y ello no es casual; se quiere significar con ello la especial ponderación que los retos del desarrollo de determinadas zonas del mundo, y especialmente de África, tendrán. También la Cumbre sobre Financiación del Desarrollo se celebró hace unos meses en Monterrey (México), lo cual no fue óbice para que la reunión fuera un escandaloso ejemplo de palabras huecas y oídos sordos. Claro que si la búsqueda de la sostenibilidad es una cuestión de gestos, bien podríamos pensar en un gesto aún más significativo. Así, las fechas originalmente previstas para la cumbre coincidían con el aniversario del ataque terrorista contra las Torres Gemelas y el Pentágono, lo cual ha sido suficiente para modificar, una vez comenzadas las sesiones de preparación de la cumbre, el calendario previsto. La agenda manda, y las agendas diplomáticas se construyen según unas prioridades que hoy remiten invariablemente a unos determinados discursos que poco tienen que ver con la sostenibilidad. El 11 de septiembre cayó una tercera torre, la del multilateralismo y la cooperación internacional, pero ya antes, con la elección del presidente Bush, la débil estructura diplomática multilateral sufrió vientos (retirada del Tratado de Misiles Anti-balísiticos de 1972, obstrucción de las negociaciones sobre el Tratado de Armas Biológicas y negativa a someterse al Tribunal Penal Internacional, por presentar sólo los casos más destacables), que en Johanesburgo se han convertido en tempestades. El caso es que EE.UU. es un país furioso, capaz de tratar cualquier tema que no entre dentro de sus prioridades de política exterior con el desdén propio del absolutismo. Por eso, su único interés en Johanesburgo es impedir cualquier tipo de acuerdo vinculante, ofreciendo a cambio migajas a través de acuerdos voluntarios (los discutidos acuerdos de Tipo II). El hambre de Bush no tiene medida hoy en día y el empacho de orgullo ha desactivado la presencia de EE.UU. en los lugares de encuentro globales. El rebosante plato de 'eje del mal' que tiene sobre su mesa le basta para alimentar su insaciable voracidad. A este panorama se ha unido el flojo comportamiento en materia de medio ambiente del gobierno español en su presidencia de la Unión Europea. Aunque el ministro Jaume Matas presentase como un triunfo del empeño del gobierno la ratificación del Protocolo de Kyoto, a la vez que escondía el hecho de que España incumple de sobra sus compromisos, en realidad dicha decisión estaba tomada con anterioridad y se ha debido más al liderazgo asumido por algunos responsables políticos europeos (como es el del Ministro de Medio Ambiente de Bélgica, Olivier Deleze). Más allá de esto, la agenda de prioridades en el primer semestre de 2002 apenas incluyó referencias a la política medioambiental. Y todo ello en unos meses en los que se han celebrado las reuniones preparatorias de la Cumbre, donde la UE ha renunciado al papel protagonista que desea asumir como única área geoestratégica capaz de liderar los compromisos hacia la sostenibilidad. Esto fue denunciado por las ONGs en Nueva York, en la tercera sesión preparatoria, y ya entonces se escucharon las primeras críticas a la actuación de la presidencia española, que ha generado descontento también en otros responsables europeos más sensibles a los problemas medioambientales y menos deseosos de apoyar sus piernas en las mesas de la Casa Blanca mientras se fuman un puro. De hecho, uno de los compromisos adoptados en la Cumbre de Río, el de que cada país elabore su propia Estrategia de Desarrollo Sostenible, ha sido incumplido por España y a fecha de hoy no existe un documento que haya sido consultado a las ONGs medioambientales. El debate y la participación social se ha reducido a una campaña publicitaria del Ministerio de Medio Ambiente de 18 millones de euros, espectacular ejemplo de democracia participativa. Al mismo tiempo, la negativa del gobierno a ser acompañado por miembros de organizaciones ecologistas en la delegación oficial española destacada en Johanesburgo y la decisión del presidente Aznar de no acudir, cierran y a la vez renuevan un ciclo de absoluto desentendimiento de los temas de la cumbre. "Esto no toca" parece decir el presidente, descartando dotar a la política internacional española de un espacio propio y eligiendo, en cambio, mantener acrítica y miméticamente el idilio diplomático con EE.UU. en aras a una supuesta relevancia de nuestro país en la política mundial que nos lleve hasta el G-8 si es necesario. Por su parte, la UE sigue mostrando su incapacidad para comprender definitivamente que el reconocimiento de los ciudadanos europeos se lo tiene que ganar en estas ocasiones. En el caso del medio ambiente, la UE está jugando un papel importante dentro de sus propias fronteras y hay que reconocer los esfuerzos para dotarse de una presencia en los foros internacionales, bien participando conjuntamente en algunos acuerdos multilaterales de medio ambiente, bien liderando la resurrección del protocolo de Kyoto cuando parecía herido de muerte por la renuncia estadounidense. Pero el discurso común y decidido sigue sin escucharse abiertamente. Sucedió en Monterrey, sucedió en la Cumbre de la FAO sobre el hambre y se echa en falta en Sudáfrica. La UE ha renunciado, siguiendo las limitaciones exigidas por EE.UU., a la adopción de compromisos con calendario y presupuestos, y a cambio ofrece una variada gama de acuerdos voluntarios -por tanto, ni globales ni vinculantes- que asumirá junto a otros países, ONGs y empresas. Al mismo tiempo, sí que es firme la prioridad de una nueva ronda de negociaciones de liberalización del comercio que incluya esta vez los servicios (educación, energía, agua ) como objeto de comercio internacional sometido a las leyes del mercado. Esto sí es una urgencia y aparecerá en el documento final. Y así resulta que la UE presenta como uno de sus productos estrella su Iniciativa Mundial para el Agua como acuerdo voluntario. Y, siendo muy audaces pero necesariamente vigilantes, podemos pensar que una de las grandes empresas relacionadas con el 'negocio del agua', Vivendi Universal (conocido emporio de telecomunicaciones, entretenimiento y recientes escándalos financieros), es una empresa europea enormemente interesada en conseguir la liberalización a nivel global de los servicios de abastecimiento de agua. La esquizofrenia está servida: mecanismos obligatorios para la liberalización y acuerdos voluntarios para la defensa del medio ambiente, adornado todo con los mismos discursos e introduciéndose sibilinamente una mentalidad unificadora tanto para hablar del mercado globalizado como de la supervivencia y el bienestar de nuestras sociedades y las futuras. La ataraxia apática se demuestra, pues, la mejor opción de la UE, toda vez que la pereza de construir un discurso medioambiental propio y autónomo, no sólo respecto a los EE.UU., sino también respecto a otras políticas como la de liberalización comercial, domina la acción política europea a nivel internacional. Para finalizar, podemos decir que existe cierto consenso en afirmar que "más vale no llegar a ningún acuerdo que alcanzar un mal acuerdo". Esto es lo que tiene que saber la sociedad y hay que expresarlo con la rotundidad que merece: nuestros gobernantes no han alcanzado ningún acuerdo que realmente pueda ofrecer soluciones a la crisis ecológica y las desigualdades internacionales. En otro lugar de Johanesburgo, lejos de las sedes oficiales, la cumbre alternativa puede ofrecer soluciones viables y concretas. Sólo hay que acercar la luz de los focos. Manuel Fernández es miembro de Bakeaz. ©
Manuel Fernández, 2002; © Bakeaz, 2002. |