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La
política israelí de la tierra quemada
Como era de esperar, Israel ha respondido a esta revolución tranquila con su acostumbrada política de 'puño de hierro', que tiende a deshacer el camino andado desde el inicio del proceso de Oslo. A cada gesto palestino, Israel reacciona reafirmando la ilegitimidad de la Autoridad Palestina y adoptando diversas medidas orientadas a asentar la denominada 'separación' física entre palestinos e israelíes. Esta política de separación pretende recluir a los palestinos en pequeños guetos y reservas rodeados por alambradas y murallas defensivas para dificultar su capacidad de movimiento. Para el columnista israelí Nahum Barnea, la intención del gobierno es evidente: transformar Gaza en una nueva Alcatraz. En opinión de otros analistas, Cisjordania podría correr la misma suerte en el caso de que prosperen los planes israelíes encaminados a cortar toda ayuda internacional, incluida la humanitaria, a la ribera occidental del Jordán con el pretexto de combatir el terrorismo. En este sentido, el aumento del desempleo (que en la actualidad se acerca ya al 70%), la rampante extensión de la pobreza (tres de cada cuatro palestinos viven bajo el nivel de pobreza) y el estrangulamiento económico de los territorios tendrían varios objetivos. Por un lado, lograr que parte de la población decida voluntariamente sumarse al éxodo silencioso que ya ha obligado a un 5% de la población a abandonar sus hogares. Por otro lado, incrementar la vulnerabilidad de los palestinos, que dependerían por entero de las decisiones adoptadas por el gobierno israelí para sobrevivir en unas condiciones sumamente adversas, con sus ciudades bloqueadas, sus medios de subsistencia destruidos y sus territorios ocupados de nuevo por el ejército. Esta política de tierra quemada guarda cierta semejanza con el 'apartheid' sudafricano, aunque ya hay quienes consideran que obedece a una lógica más perversa. Preguntado al respecto por un periódico árabe, el ministro sudafricano Ron Kasrils respondió: "el gobierno del 'apartheid' nunca llegó al grado de represión que Israel está aplicando a los palestinos". Por otra parte, el liderazgo de Arafat sigue siendo cuestionado por Israel y, por ende, por Estados Unidos. ¿Quiere esto decir que se promueva la regeneración de la vida política palestina y se aliente una oposición democrática al sempiterno 'rais'? La respuesta a esta pregunta no ha tardado en llegar. El 9 de julio el ministro israelí Uzi Landau ordenaba el cierre de la Universidad de Jerusalén y la confiscación de todos sus archivos bajo la absurda acusación de ser un agente de la Autoridad Palestina. Hasta aquí nada nuevo, porque los cierres de las universidades palestinas por las autoridades militares no son novedosos, pero el problema es que el rector de dicha universidad no es otro que Sari Nuseibe, un brillante académico educado en Harvard y Oxford, que pasa por ser el líder del campo de la paz palestino. Hace tan sólo unas semanas Nuseibe encabezó un controvertido manifiesto que condenaba con dureza los atentados suicidas y hace unos meses llegó a traspasar una de las líneas rojas de la política palestina al reconocer que el movimiento nacionalista debería renunciar a una de sus sacrosantas reivindicaciones -el retorno de los refugiados- en un futuro tratado de paz. Finalmente, las presiones ejercidas por Estados Unidos y por la Unión Europea obligaron al gabinete israelí a reconsiderar su decisión y a aprobar la reapertura de dicha universidad. No obstante, este hecho da cuenta de la nula voluntad del gobierno israelí en promover un recambio pacífico en la escena política palestina, en el cual la vieja guardia dirigida por Arafat ceda el testigo a una nueva generación capaz de tomar las riendas de las negociaciones de paz en el futuro. Al parecer, la revolución tranquila emprendida por los palestinos basada en la convocatoria de elecciones, la creación de un nuevo gobierno, la reforma de las fuerzas de seguridad y la promulgación de la Ley Fundamental, no ha servido de mucho. El gobierno israelí ha obtenido la luz verde de la Casa Blanca para mantener indefinidamente su ejército desplegado en los territorios autónomos, lo que en la práctica significa la muerte definitiva de la Autoridad Palestina. De ser así, tres millones de palestinos quedarían en el más absoluto de los desamparos, ya que Israel no parece dispuesto a reemplazar dicha autoridad, que hasta ahora cubría los servicios elementales (entre ellos la sanidad y la educación), por una administración militar como la vigente en los años previos a los Acuerdos de Oslo. En unas recientes declaraciones, tanto el primer ministro israelí Ariel Sharon como el presidente norteamericano George W. Bush han señalado que comparten un mismo proyecto de paz para la zona. ¿Qué nuevas sorpresas nos depararán los próximos meses? Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro 'El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada' (Madrid, 2001) y editor de 'Informe sobre el conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta' (Madrid, 2003) (ialvarez@bakeaz.org). ©
Ignacio Álvarez-Ossorio, 2002; © Bakeaz, 2002. |