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El
'impasse' marroquí
Tres años después de su entronización, la realidad no puede ser mas desalentadora. La mayoría de los cambios han sido meramente cosméticos y las anquilosadas estructuras del Majzen (el aparato político-administrativo de gobierno) permanecen intactas. La frustración de la población es evidente, máxime cuando muchos de los marroquíes se habían dejado seducir por este discurso reformista. En el terreno político, el gobierno de alternancia dirigido por el socialista Abderrahman Yusufi ha decepcionado a unos y otros por su escaso éxito a la hora de sacar adelante leyes importantes (entre otras la Reforma del Estatuto Jurídico de la Mujer o, más recientemente, la nueva Ley Electoral). Por lo que respecta a la economía, la situación se ha deteriorado de manera notable en el curso de los últimos años, a pesar de que los indicadores macroeconómicos son positivos (un 2,6 de inflación y un 3% de déficit público): la tasa oficial de desempleo supera el 25%, mientras que más de la mitad vive bajo el nivel de la pobreza. Poco o nada se ha avanzado en la lucha contra el analfabetismo en un país en el que la mitad de la población no sabe ni leer ni escribir (el porcentaje entre las mujeres alcanza al 70%). Además, las diferencias entre las áreas rurales y urbanas son todavía abismales, como lo prueba el hecho de que el 65% de los hogares rurales no dispone de agua, el 87% carece de electricidad y el 93% está privado de cobertura médica. Estos datos, así como las recientes sequías, explican que la emigración hacia las ciudades no haya dejado de crecer, al igual que los interminables barrios de chabolas de Casablanca, Rabat o Tánger, que se intentan ocultar de los curiosos con los denominados 'muros de la vergüenza'. El último Informe de Desarrollo Humano publicado por el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD) sitúa a Marruecos en el puesto 112 del mundo en cuanto a su desarrollo, muy por detrás del resto de los países árabes y sólo por delante de un puñado de países africanos y asiáticos sumidos en conflictos bélicos. No nos ha de extrañar que una proporción elevada de la población marroquí (un 70% según las últimas encuestas) desee emigrar a la Unión Europea para dejar atrás su miseria y su pobreza. Esta circunstancia no se explica únicamente aludiendo a la situación económica, sino también a la presión política y social. El desempleo azota especialmente a los más jóvenes: un tercio de los 30 millones de marroquíes tiene menos de 15 años y la mitad de la población está por debajo de los 25 años. En los tres años de su reinado, Mohamed VI ha permitido la aparición de diversas publicaciones críticas siempre que respeten unas normas elementales, entre ellas que sus ataques vayan dirigidos exclusivamente contra el gobierno pero no afecten a la familia real. Así, han aparecido los francófonos 'Le Journal' y 'Demain', pero también medios árabes como el semanario 'al-Shahifa' y el diario 'al-Ahdaz al-Magrebiya', que se han erigido en portavoces de una sociedad civil deseosa de algo más que retórica. Estas publicaciones se han permitido atacar a algunas de las más importantes figuras políticas, como el primer ministro Yusufi o el ministro de Asuntos Exteriores Benaisa, uno de 'los ministros de soberanía' designados directamente por el monarca (al igual que los titulares de interior, defensa, asuntos religiosos y justicia). 'Le Journal' ha llegado allá donde muy pocos se han atrevido, al exigir la modificación de la Constitución para limitar los poderes del monarca. En un editorial señalaba: "El desarrollo de los dominios de intervención del soberano, en detrimento de las prerrogativas del gobierno, deja entrever que es el rey quien dirige la política de la nación ofreciendo sus directrices a corto y a medio plazo al equipo del gabinete de Yusufi". Como era de esperar, esta transgresión le valió el secuestro de varias ediciones y finalmente el cierre de la publicación. Sin duda el mayor éxito de Mohamed VI en su breve reinado ha sido el apoyo que Estados Unidos y Francia, dos de sus aliados más fieles, han prestado a sus tesis para resolver la espinosa cuestión del Sáhara. La denominada 'tercera vía', promovida por Palacio, se basa en el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre la antigua colonia española a cambio de la concesión de una amplia autonomía. De esta manera se evitaría el referéndum planteado en su día por las Naciones Unidas y se reconocería la política marroquí de hechos consumados basada en la ocupación de la mayor parte del territorio saharaui. Probablemente las elecciones legislativas convocadas para septiembre de este año no ayuden a Marruecos a salir del 'impasse' en el que se encuentra, ya que el Parlamento ha demostrado en el curso de la última legislatura su incapacidad para zafarse de la asfixiante presión de Palacio. Las pasadas experiencias nos llevan a pensar que las elecciones no serán precisamente 'transparentes', tal y como se ha comprometido el gobierno marroquí, y sus resultados serán cocinados como en citas anteriores. A esta circunstancia ha de sumarse que el movimiento islamista Justicia y Caridad, probablemente el que goza de mayor respaldo, no concurrirá a las elecciones, ya que ni tan siquiera está legalizado. Este grupo, que pretende una conquista pacífica del poder, posee una amplia red de servicios sociales, sanitarios y educativos para prestar ayuda a la población necesitada. La popularidad de la que goza el movimiento del jeque Yasin se debe a que llega allá donde el Estado es incapaz de llegar, especialmente a los sectores más afectados por la pobreza y la miseria. La negativa a legalizar este movimiento se justifica aludiendo al caso argelino, donde el triunfo en las urnas del Frente Islámico de Salvación motivó la interrupción del proceso electoral por el Ejército y la posterior guerra civil. La herencia de Hasan II a su hijo fue en cierta medida una herencia envenenada. Tres años después de su muerte, los cambios han sido más formales que de fondo, las estructuras del Majzen permanecen inalterables y la esperada primavera marroquí no acaba de florecer. Probablemente el episodio de la ocupación de la isla Perejil tenga mucho que ver con la necesidad de cohesionar a una población desmotivada y hastiada por la lentitud agónica de los cambios. Esta huida hacia adelante puede ser peligrosa, ya que podría instaurar una dinámica de conflicto más que de consenso en las relaciones entre dos vecinos con unos intereses comunes. En este sentido, no sería excesivamente difícil que en los próximos años la cuestión de Ceuta y Melilla retornara al primer plano de la escena política marroquí. Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro 'El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada' (Madrid, 2001) y editor de 'Informe sobre el conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta' (Madrid, 2003) (ialvarez@bakeaz.org). ©
Ignacio Álvarez-Ossorio, 2002; © Bakeaz, 2002. |