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A la búsqueda de la identidad
Joaquín Arriola


La celebración del Primero de Mayo, aniversario centenario de la lucha obrera, está marcado este año en nuestro país por un nuevo episodio de individualización de las relaciones de trabajo. Al establecer nuevos mecanismos de culpabilización de los desempleados de su precaria situación, la anunciada reforma del seguro de desempleo facilita el ocultamiento del carácter esencialmente colectivo del proceso de trabajo. Los sindicatos van a protestar contra esta nueva medida de fragilización de la situación social de los trabajadores. Pero con toda probabilidad, como viene ocurriendo desde hace varios lustros en los Primeros de Mayo, la presencia de trabajadores en las calles será escasa en esta ocasión, y los desfiles adquirirán un estilo más parecido a una procesión laica, con pocas banderas y menos santos, que a un acto reivindicativo acorde al grado de la agresión en ciernes.

Sin embargo, contrasta la parca capacidad movilizadora de los sindicatos en cada aniversario de su fiesta laica con algunos acontecimientos recientes en los cuales se han visto involucradas esas mismas organizaciones. En un acto reciente en Barcelona de protesta contra la marginación de los sindicatos en la construcción de la Unión Europea, decenas de miles de personas se manifestaron en la convocatoria de los sindicatos. En Aguilar de Campoo, la protesta contra el cierre de una empresa de fuerte tradición en la zona generó un masivo sentimiento de solidaridad en la ciudadanía española, sólo comparable al que desencadenó la protesta de los trabajadores de Sintel con la ocupación de La Castellana madrileña.

Lo que tienen en común estos casos es que la acción sindical en sentido estricto, la de los trabajadores organizados en sus puestos de trabajo, desempeña un papel subsidiario en la movilización social. Subsidiario de la lucha contra la globalización capitalista encabezada por colectivos sociales juveniles, de solidaridad con el tercer mundo y colectivos religiosos, en el caso de Barcelona. Subsidiario de la lucha de los ciudadanos de Aguilar de Campoo, de los de Palencia y de los de Castilla y León, identificados con sus tradiciones, también en el terreno productivo, fuente de identidad colectiva y de sentido de pertenencia. Subsidiario de la implicación de las familias de los trabajadores, en especial de sus mujeres, que transmite a la ciudadanía la dimensión social de un conflicto laboral, que no siempre resulta evidente.

Este contraste entre el impacto social reducido de la movilización social en torno a los sindicatos en el Primero de Mayo y sus reivindicaciones relativas al mercado de trabajo, y la elevada capacidad de convocatoria de esos mismos sindicatos cuando se insertan en otras contiendas más allá del espacio productivo, refleja una importante transición cultural del mundo del trabajo.

La identidad de los trabajadores se ha construido tradicionalmente sobre la base de su inserción productiva: el tipo de cualificación adquirida, la fábrica o el lugar de trabajo, eran antes los polos de referencia en la constitución de la identidad personal y colectiva de los trabajadores, la que daba sentido y contenido a sus reivindicaciones y luchas. Hoy, por el contrario, la precarización del mercado de trabajo ha hecho volar en pedazos la iconografía y la identidad social de los trabajadores, reducida a prácticas cada vez más carentes de sentido y de sentimiento, reproducidas cada vez con menor vigor exclusivamente en el seno de los sindicatos: los partidos obreros, las cooperativas obreras, la cultura obrera, hace décadas que pasaron a formar parte de la olvidadiza y fragmentaria memoria histórica en los países desarrollados.

Pero esto no significa el final de la lucha de los trabajadores. Por el contrario, los ejemplos anteriores, y otros que podemos encontrar en cualquier país europeo o de Norteamérica, son el fruto de una nueva alianza social, escasamente visible en los medios de comunicación, porque se forja desde abajo, desde las redes poco o nada institucionalizadas de las relaciones personales, sociales, en los espacios de convivencia donde los trabajadores y los ciudadanos tienen aún cierto poder de control: la casa, la calle, Internet. Hay literalmente centenares de coaliciones y alianzas, amplias y reducidas, formales e informales, orientadas a las más diversas campañas y actuaciones: apoyo a luchas laborales específicas, resistencias contra cierres de fábricas, defensa de los derechos laborales de inmigrantes, de las mujeres, protestas anticontaminación, reclamo de mayores y mejores servicios públicos, campañas de denuncias de prácticas de explotación neocolonial por parte de empresas multinacionales… Una característica común a la mayoría de estas coaliciones es que nunca o casi nunca las ponen en marcha las organizaciones oficiales de los trabajadores, pero en todas o casi todas participan muchos sindicalistas.

La separación política del mundo del trabajo respecto a otros movimientos sociales ha facilitado el enclaustramiento del sindicalismo en la negociación colectiva, en la representación institucional vacía de poder, en la pérdida de referentes sociopolíticos y las prácticas tecnocráticas de gestión de la fuerza de trabajo. Pero el impacto del neoliberalismo ha sido tan devastador que el sentimiento de desarraigo e impotencia inculcado en los ciudadanos parece haber tocado fondo, y ya hay signos que anuncian la voluntad colectiva de retomar el control sobre la propia vida y el destino colectivos. En este proceso, será vital que los sindicatos se redefinan a sí mismos sobre la base de la continua centralidad del trabajo para la formación de la identidad colectiva, pero reconociendo que el mercado de trabajo y los procesos de trabajo cada vez son una referencia menos significativa para la identidad social de las personas. Redefinir el trabajo según nuevos parámetros significa generar una nueva cultura que permita valorar también sindicalmente el trabajo doméstico, el trabajo solidario, el trabajo no controlado por el mercado. Un Primero de Mayo de los ciudadanos, no solamente de los trabajadores asalariados, será un buen síntoma de que las cosas van por buen camino.

Joaquín Arriola es profesor de Economía de la UPV/EHU e investigador de Bakeaz (jarriola@bakeaz.org)

© Joaquín Arriola, 2002; © Bakeaz, 2002.
Publicado en El Correo, 1 de mayo de 2002.