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Bruselas en Ramala
Carlos Taibo


En los últimos días, y al calor de la crisis que ha tenido por epicentro la ciudad palestina de Ramala, mucho es lo que se ha hablado de la actitud de Estados Unidos ante la delicada tesitura que atraviesa el conflicto palestino-israelí. Se ha señalado, así, el bajo tono de la diplomacia norteamericana, se ha identificado una general connivencia de Washington con las políticas desplegadas por el primer ministro de Israel, Ariel Sharon, y se han aportado, en fin, explicaciones razonablemente creíbles de la posición estadounidense, como las que nos hablan de viejas e insoslayables inercias, del formidable peso de los 'lobbies' proisraelíes o de la franca prepotencia de EE.UU., claramente ratificada tras el 11 de septiembre.

Tanta consideración, comúnmente crítica, de la política norteamericana ha venido a operar en favor, siquiera sólo por efecto de una rápida comparación, de la Unión Europea, que a los ojos de tantos analistas se presenta como un agente internacional de comportamiento mucho más benigno. Y, sin embargo, pese a los esfuerzos y las indudables buenas intenciones de algunos de sus representantes, el papel asumido por la UE -en esta crisis como en otras anteriores- no puede ser más patético. En estas horas se resume en la emisión de condenas 'muy firmes', a las que no acompaña consecuencia alguna, o en la exigencia paralela de cumplimiento, por parte de Israel, de viejas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, sin ninguna amenaza de por medio. Para que nada falte, la UE parece haber concentrado el grueso de sus demandas en la figura de Arafat, con visible desatención de las víctimas mortales que cada día produce el ejército israelí. Y todo ello, por añadidura, en un escenario en el que ni siquiera puede esgrimirse el manido argumento que sugiere que hay que mantener abierta alguna vía de negociación: hace muchas semanas que Sharon tiró a la papelera la carta correspondiente.

En tales condiciones -y a efectos de perfilar, de nuevo, eventuales comparaciones- nada es más necesario que recordar lo que la UE podría haber hecho si fuese medianamente consecuente con lo que rezan sus pronunciamientos formales. La retirada de embajadores, con la amenaza paralela de ruptura de relaciones diplomáticas con Israel, hubiera sido una de las medidas posibles. Otra bien podría haberla aportado la inmediata cancelación del sinfín de privilegios comerciales de los que disfruta Israel, con el aprestamiento simultáneo de sanciones como las que han padecido tantos países. Curioso es, por cierto, que la Unión Europea, tan veloz a la hora de cancelar determinados tratos de privilegio dispensados a países del Tercer Mundo que, según el Fondo Monetario Internacional, incumplían planes de ajuste, no haya considerado siquiera semejante horizonte en el caso de un Estado, Israel, que desoye de forma sistemática las resoluciones del Consejo de Seguridad y violenta normas básicas en materia de derechos humanos. Como curioso resulta, también, que Bruselas no le preste atención ahora a lo que en otros escenarios de conflicto han sido elementos fundamentales de las propuestas formuladas por los estados miembros de la UE: el despliegue de fuerzas de interposición y la activación de la justicia penal internacional. Quizá para ocultar tanta miseria, y tantos agravios comparativos, el presidente de turno de la UE, José María Aznar, se ha ocupado muy mucho de recalcar el relieve del terrorismo palestino y de olvidar que, si puede discutirse la relación de éste con Arafat y su Autoridad Nacional, no hay hueco para una discusión de ese cariz en lo que respecta a las políticas de Sharon, palmariamente demostrativas del vigor de un irrefrenable 'terrorismo de Estado'.

Todo lo anterior convierte la política de la UE en una trama mucho más inquietante que la que corresponde a la desplegada por Estados Unidos. A diferencia de lo que rezuman las tomas de posición de Washington, en las que hay una inmoralidad sin límite pero no se aprecia trampa alguna, la actitud de Bruselas revela una profunda hipocresía. A poco que uno lee entre líneas los discursos de los dirigentes de los estados miembros de la Unión descubre que la criminal política de Sharon produce un inequívoco descontento y una genuina preocupación. Los responsables de la UE son conscientes de que Israel está desequilibrando peligrosamente una zona muy sensible para la Unión, de que ha cancelado horizontes de estabilidad y cooperación que parecían tan sólida como egoístamente trazados, y de que está cerrando, en fin, cualquier perspectiva de negociación (quienes saben de estas cosas afirman, sin dudarlo, que los imaginables sucesores de Arafat serán, cargados de razón, mucho menos manipulables que el rais palestino). La conciencia, insorteable, de todos estos datos hace que la enorme tibieza de la respuesta de la UE sea tanto más llamativa. Ya no es que la Unión no demuestre un compromiso serio con la defensa de los principios que retóricamente enuncia: es que no parece siquiera en disposición de afianzar mínimamente sus intereses más mezquinos.

Hay quien se consolará aduciendo, eso sí, que la conducta de Bruselas en esta crisis nada tiene de nuevo: al fin y al cabo, estamos donde estábamos. Y es que acaso le pedimos demasiado a una UE que, encabezada por gentes como Blair, Schröder, Chirac, Aznar, Berlusconi o Haider, siempre ha colocado los intereses por encima de los principios. Aunque, claro, lo que se antoja singular en estos momentos es que nuestros dirigentes ni siquiera parecen propicios a defender esos intereses de que hablábamos.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid
y colaborador de Bakeaz (ctaibo@bakeaz.org)

© Carlos Taibo, 2002; © Bakeaz, 2002.
Publicado en El Correo, 4 de abril de 2002.