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La cumbre de Beirut
Ignacio Álvarez-Ossorio


Al contrario que las cumbres árabes convocadas en los últimos años, la reunión de Beirut no es un mero acto protocolario ni de relaciones públicas. Por primera vez desde el inicio del proceso de Oslo en 1993, la Liga Árabe parece percatarse de la gravedad de la crisis de Oriente Medio y, en consecuencia, tomar cartas en el asunto. El principal punto de la agenda que los países árabes abordarán en la capital libanesa será la lamentable situación que padecen los palestinos bajo la ocupación israelí. Para afrontar esta coyuntura, el príncipe Abdullah, heredero de la corona saudí, ha planteado una iniciativa de paz que, sin haber sido plenamente desarrollada todavía, ya ha sido recibida a bombo y platillo por la comunidad internacional.

El Plan Abdullah que será debatido en la Cumbre Árabe se limita a subrayar lo obvio: los países integrantes de la Liga Árabe tan sólo reconocerán plenamente a Israel en caso de que se retire de todos los territorios árabes ocupados desde 1967 (tanto la Cisjordania y Gaza palestinas como el Golán sirio) y dé luz verde a un Estado palestino en las fronteras previas a la guerra de los Seis Días. De aceptar estas condiciones, el mundo árabe reconocería a Israel y establecería plenas relaciones diplomáticas con él.

La iniciativa saudí no contiene elementos excesivamente novedosos, ni tampoco ofrece recetas milagrosas, ni tan siquiera plantea soluciones imaginativas para sobrepasar la actual crisis. Al contrario, la propuesta del príncipe heredero ignora los cambios registrados en la región en el curso del proceso de Oslo, habida cuenta de que repite las principales propuestas ya planteadas en 1981 por el Plan Fahd, que, además de abordar el espinoso tema de la normalización de relaciones entre Israel y el entorno árabe, remarcaba la necesidad de desmantelar los asentamientos de colonos, salvaguardar la libertad de culto en Jerusalén y promover una progresiva implicación de las Naciones Unidas en la resolución del conflicto. Quizás la mayor diferencia entre ambos planes resida en el contexto histórico. Hoy en día pesa mucho la voluntad de Arabia Saudí de pasar página a los acontecimientos del 11-S, en los que la mayor parte de los terroristas suicidas eran de nacionalidad saudí. En la mente de Abdullah pesan al menos dos aspectos: por una parte, la necesidad de Arabia Saudí de reafirmarse como principal aliado de Estados Unidos en la región, y, por otra parte, la voluntad de apaciguar a las masas árabes molestas por el inmovilismo de la Liga ante la opresión del pueblo palestino.

Queda por saber la actitud del mundo árabe ante una propuesta de estas características. La 'ambigüedad constructiva' del proyecto saudí reside en que intenta conciliar los enfoques del bloque pragmático y del denominado Frente de Rechazo. A unos les alienta para que reconozcan a Israel como un Estado más de la región, mientras que a otros les recuerda que la normalización sólo se llevará a cabo en caso de que Israel se retire de todos los territorios árabes que ocupa desde 1967 de manera ilegal, como recientemente ha recordado Kofi Annan. No nos ha de extrañar que el Consejo de Cooperación del Golfo haya sido el primero en respaldar de manera inequívoca el Plan Abdullah, mientras que los países tradicionalmente alineados en el Frente de Rechazo, como Siria o Libia, han mostrado abiertamente sus reticencias. El caso de Irak es especialmente significativo, ya que después de varios años de aislamiento ha retornado a la Liga Árabe en un momento especialmente crítico, pues Estados Unidos intenta con la gira del vicepresidente Cheney atraerse el apoyo del mundo árabe para atacar Irak, parte del denominado 'eje del mal', en una inverosímil prolongación de la operación 'Libertad duradera' contra el terrorismo internacional que no parece contar con demasiados partidarios.

Si la recepción árabe del Plan Abdullah ha oscilado entre el entusiasmo y la tibieza, no se puede decir lo mismo de la comunidad internacional. Tanto Estados Unidos como la Unión Europea han destacado la importancia de la iniciativa saudí, especialmente porque se produce en un momento critico para el proceso de paz que ambos han auspiciado. También las Naciones Unidas han mostrado su apoyo con la aprobación de la resolución 1.397 del Consejo de Seguridad, que reconoce "la contribución del príncipe heredero saudí" y, además, apoya una solución basada en "dos Estados, Israel y Palestina, que vivan juntos dentro de unas fronteras seguras y reconocidas". Pero las implicaciones de esta histórica resolución van mucho más allá que el circunstancial plan saudí. Por una parte, Estados Unidos, al respaldar esta resolución y no vetarla, como viene siendo habitual en los últimos años, reconoce las limitaciones de su 'pax americana' y la incapacidad de la fórmula Oslo para lograr un compromiso histórico entre Israel y los palestinos. Por otra parte, la Organización de las Naciones Unidas, a pesar de no mencionar la ocupación de los territorios, recuerda que el Plan de Partición de 1947 (la conocida resolución 181 de la Asamblea General) no sólo contemplaba la instauración de un Estado judío israelí, sino también la creación de un Estado árabe palestino que, como afirma la resolución 1.397, debe tener unas "fronteras seguras y reconocidas", lo que ha de interpretarse también como un rechazo al Estado difuso que promueve el laborismo israelí.

El éxito de la Cumbre de Beirut no sólo viene condicionado por la presencia de todos los países de la Liga Árabe (incluidos los integrantes del Frente de Rechazo y el sitiado Arafat) y por su capacidad para alcanzar un consenso en torno a la iniciativa de Abdullah, sino también por la recepción israelí de una propuesta de estas características. La cerrazón del primer ministro Ariel Sharon y su empeño por preservar la sacrosanta seguridad de Israel aun a riesgo de condenar a todo el pueblo palestino a la indefensión más absoluta hacen temer lo peor. Un rechazo frontal israelí al Plan Abdullah evidenciaría que la voluntad de mantener la costosa ocupación sobre Palestina es mucho más fuerte que el deseo de Israel por normalizar las relaciones con su entorno árabe.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro 'El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada' (Madrid, 2001) y editor de 'Informe sobre el conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta' (Madrid, 2003) (ialvarez@bakeaz.org).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2002; © Bakeaz, 2002.
Publicado en El Correo, 26 de marzo de 2002.