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El helio de la globalización
Joaquín Arriola


Uno de los signos más expresivos del contenido real de la globalización es el colapso de Enron, la séptima empresa más grande de Estados Unidos. Los medios de comunicación no lo han querido ver así, y sólo se han ocupado de poner de manifiesto la utilización de dinero para obtener influencias políticas para conseguir mayores beneficios privados, por ejemplo, no pagando impuestos mediante formas sofisticadas de 'ingeniería financiera', por las que Enron trasladaba a una red de empresas subsidiarias los activos malos. De este modo, obtenía de manera artificial elevadas rentabilidades en la casa matriz, y pese a ello se evitaba pagar impuestos (sus beneficios entre 1996 y 2000 ascendieron a 1.790 millones de dólares, y recibió además beneficios fiscales por otros 381 millones de dólares; sólo un año, en 1997, pagó Enron impuestos: 17 millones de dólares). También se ha escrito sobre la complicidad de la empresa auditora, beneficiaria de asesorías múltiples a la empresa, cuyas cuentas debía teóricamente analizar con independencia y rigor. En fin, nada que no puedan remediar para el futuro una buena limpieza de amiguetes y corruptos, unas cuantas normas sobre separación de actividades entre consultoría y auditoría o un poco más de transparencia informativa.

Pero lo que estos análisis se han olvidado de contar es que una de las mayores empresas del mundo, con activos por valor de 60.000 millones de dólares…, ¡no producía absolutamente nada! Este denominado 'gigante de la energía' ni producía ni distribuía energía. Esta empresa, que en las facultades de empresariales se presentaba como un 'modelo' de la denominada 'nueva economía', a imitar por los estudiantes, futuros empresarios dinámicos y transnacionales, es en esencia una empresa puramente especulativa, un intermediario que gana dinero gracias a la desregulación de un servicio que satisface una necesidad básica de la población (electricidad), que se convierte en clientes finales cautivos de sus actividades innecesarias.

Pero puede que los profesores que admiraban tanto a Enron no estuviesen desencaminados. Como tampoco los que invistieron como doctor 'honoris causa' de la Universidad Complutense al criminal de los negocios Mario Conde. Quizá la 'nueva economía' sea precisamente eso: un sistema social en forma de aspirador, que absorbe recursos de la economía real para distribuirlos entre unos cuantos beneficiados y expulsa gases hipnóticos en forma sobre todo de ruido mediático, que embelesa a quienes tienen poco desarrollada la capacidad de análisis crítico de la realidad, y expulsa humo que oculta tanto a quienes sufren las consecuencias como a quienes las proclaman.

La globalización es en este sentido un sistema fantástico, enorme, de redistribución de renta y riqueza desde los países pobres hacia los países ricos, desde los trabajadores hacia las empresas, y desde las empresas productivas hacia el sector financiero. Al final, los ricos más ricos, que son menos de 10 millones de personas, concentran más de la mitad de las riquezas del planeta, a través de un sistema de transferencia de propiedad (las bolsas de valores) y de centralización de recursos monetarios (la banca internacional) que constituye la esencia de eso que llamamos 'la globalización'.

Si es así, Enron no es la expresión del mal funcionamiento del sistema, sino precisamente la máxima expresión de lo que puede dar de sí este sistema basado en el disimulo y la mentira -donde se genera precariedad, entonar flexibilidad; donde hay reivindicación, hablar de violencia; donde aparece nueva pobreza, proclamar el ajuste y el equilibrio-.

Su mayor pecado, en todo caso, es no haber respetado las reglas internas del grupo que controla la altura y el rumbo del zeppelin de la globalización. Una vez decidido quiénes suben a bordo y quiénes se quedan en tierra, entre los viajeros se impone el 'fair play' y la claridad en los comportamientos.

A la vista de los resultados, en términos de pobreza cultural, miseria material y desgaste psíquico al que estamos sometidos en mayor o menor medida la mayoría de los habitantes del planeta, el sistema nos invita a mirar hacia arriba y lamentar no estar en la cabina del globo.

Joaquín Arriola es profesor de Economía de la UPV/EHU e investigador de Bakeaz (jarriola@bakeaz.org)

© Joaquín Arriola, 2002; © Bakeaz, 2002.
Publicado en El Correo, 17 de marzo de 2002.