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Destinos
robados
En el ámbito de la psicología es lugar común emparentar agresividad con autoestima baja. Una línea interpretativa cada vez más concurrida apunta, en cambio, en la dirección contraria: a saber, que sería la inflada imagen de uno mismo la que se corresponde con una tendencia a las conductas lesivas. Los criminales violentos, señala Roy F. Baumeister, se perciben como superiores y de esa creencia infieren el derecho a una consideración especial. (Habría que investigar si este factor tiene que ver con la interminable secuencia de maltratos y asesinatos de mujeres, pero hay que convenir que el autor de la perentoria disyuntiva "o mía o muerta" no se aparta del guión). Estudios más precisos han permitido establecer que la asociación con la violencia no procede tanto de la autoestima general cuanto de una versión particular de ella, el narcisismo. Se caracteriza éste por una consideración desmedida hacia uno mismo, engreimiento, necesidad exhibicionista de atención y admiración, delirios de grandeza, ausencia de empatía, reactividad desmesurada ante la crítica y arrogancia. Un tan elevado concepto de sí mismo favorece la aprehensión del mundo circundante como expendeduría de afrentas: el de Narciso es un egotismo amenazado, y tanto más amenazado, cabe decir, cuanto menor solución de realismo incorpore la orla superlativa de su tarjeta de visita. Así pues, la sobrevaloración de uno mismo se expresa en una sintomatología dual: la convicción de la superioridad propia y la representación de los demás como fuente de amenazas. No extraña entonces esa indigencia de empatía que registran las tipologías psicológicas: difícilmente puede esperarse una actitud favorable hacia el vecino si ha sido asignado a la rúbrica de enemigo potencial. Delirios de grandeza y manía persecutoria se dan la mano. "Parece que se lo deben y no se lo pagan", se dice coloquialmente para denotar la acritud de carácter. Es en el plano colectivo, sin embargo, donde las calenturas megalomaniacas se dejan sentir con mayor virulencia. En parte, porque aquí la autoimagen ha encontrado frecuente asidero en narrativas con vocación trascendente. Acaso la primera expresión de narcisismo colectivo en las sociedades históricas sea la figura de la elección divina. Con este molde se han elaborado las subsiguientes mitologías paganas expresadas en figuras como el destino manifiesto, la raza superior o la antigüedad, con los corolarios consiguientes, como el derecho exclusivo al territorio ('Lebensraum'), la patrimonialización de los bienes jurídicos o la discriminación. Como el Narciso de las patologías psiquiátricas, el pueblo elegido se adjudica el estatuto de excepcionalidad que comporta el derecho a un trato preferente. "Austriae est imperare orbi universo" era la franciscana divisa de la casa de Austria (compete a Austria la tarea de dirigir el universo, o si se prefiere la versión libre y actualizada del Secretario de Defensa, "Cualquiera diría, leyendo la prensa, que el problema del mundo es Estados Unidos. Les aseguro, señores, que es al contrario"). Repárese en que el mito de la elección es, por definición y frente a las resonancias positivas que despiertan los paisajes familiares, excluyente. No deja de resultar paradójico cómo se asemejan, por encima de geografías y culturas -'pace Huntington'-, los relatos de excelencia y exclusión, así como la facilidad con la que son sustituidos los oficiantes de 'otros' en la tragicomedia de los inmarcesibles orgullos y los intolerables agravios. Hay dos vías por las que estas creencias de superioridad son susceptibles de materializarse en políticas de exterminio; una es de orden psicosocial, la otra de naturaleza ética. Los 'halcones' israelíes, imbuidos de sionismo religioso, se consideran propietarios naturales del Gran Israel y consiguientemente no les alcanza cómo los palestinos no les colman de gratitud por las concesiones territoriales recibidas. Mucho menos entenderán que las formas desesperadas de violencia guarden alguna relación con la asfixia y las humillaciones de la ocupación. Una concepción exagerada de los merecimientos propios, con independencia de cuál sea su fundamento real, no puede sino favorecer las percepciones de privación relativa, la frustración y, por ende, la intransigencia. Porque la convicción de la propia valía incorpora la asunción de la historia del endogrupo no como una convención sujeta a discusión, sino como el único relato verdadero. Una visión a años luz del enfoque de los conflictos en términos de opresión/explotación, que toman como premisa -no como conclusión, según el proceder de los relatos hagiográficos- las condiciones de alienación realmente existentes. Y también muy alejada de la tolerancia de las sociedades pluralistas y su defensa del derecho recíproco a la diferencia, frente al patrimonialista título de elección. En cuanto al segundo aspecto, el estatuto de excepcionalidad allana el camino hacia la violencia al eliminar las barreras morales o, en el caso extremo, convertir el derramamiento de sangre en un deber sagrado. La impunidad que trasuda el mito de la elección asegura que los muertos ajenos no tienen peso en la balanza de resultados. Se augura baldío el esfuerzo de acumular víctimas civiles en Afganistán o en Palestina, por seguir con los ejemplos: jamás alcanzarán el valor de uno solo de los 'buenos' muertos. Cuando los profesionales del verbo caliente, tras haber embriagado de épica las conciencias, convierten el ditirambo en moneda de curso legal, el balance contable del aquí y el ahora resultará indefectiblemente deficitario y el veredicto se sustanciará en delito de agravio con derecho a resarcimiento. Y ello significa que 'debe' haber un culpable. El desenlace es de manual: si las condiciones coadyuvan, una falange del cuerpo místico mancillado asumirá el papel de verdugo justiciero. En definitiva, como asevera Adrian Hastings, la creencia en un estatus excepcional predispone a la agresividad y se presenta como prolegómeno de la destrucción a gran escala. Precisamente, lo que incorporan las convenciones internacionales sobre derechos humanos y derecho humanitario es su universalidad, una propiedad a la que se resisten aquellos a quienes han ensordecido los tambores de la tribu, en un extremo, o quienes se parapetan bajo los atributos imperiales para desentenderse de los compromisos multilaterales, en el otro. Ambos se postulan por encima del bien y del mal y, por tanto, blindados frente a la crítica. Ningún pacto, ninguna negociación resultará aceptable desde la premisa de la esencial desigualdad de los contratantes. De ahí la importancia de preservar el espacio público de esos raptos de furor etnocéntrico, reversibles en espasmos marciales, y responsables de tantas vidas truncadas. 'Ventennio nero' es la etiqueta común en Italia para designar los años de las glorias imperiales de Mussolini, adobadas en la retórica del "estado ético", formulada por G. Gentile; a mano tenemos la cruz esperpéntica de los 'años triunfales', por no hablar de los rigores del 'pueblo celeste' tras diez años de paroxismo granserbio, ni de los ecos de esas caceroladas argentinas que pugnan a destiempo con las soflamas castrenses en las que se jaleaban allanamientos, torturas y desapariciones con gritos de "¡Por Dios y por la Patria!". Ni la felicidad individual ni el bienestar colectivo tienen nada de provecho que esperar del éxtasis egolátrico, aunque a primera vista resulte seductor para el oído. La desgracia reside, como apuntó Freud, en esa tan reiteradamente constatada tendencia a dar crédito, sin preguntarnos por su fundamento de verdad, a todo aquello que halaga nuestros deseos y da alas a nuestros espejismos. A pesar de que una abrumadora evidencia histórica no permite albergar dudas sobre la índole de las consecuencias. Martín Alonso es filósofo y miembro de Bakeaz. Es autor de 'Universales del odio: resortes intelectuales del fanatismo y la barbarie' (Cuadernos Bakeaz, nº 40, Bilbao, Bakeaz, 2000). ©
Martín Alonso, 2002; © Bakeaz, 2002. |