Ver archivo PDF

 

 

La desaparición de los campesinos
Joaquín Arriola


Los cambios de siglo suelen estar acompañados por importantes transformaciones sociales que modifican de un modo u otro el discurrir de la vida de todos los habitantes del planeta. La transición del siglo XVIII al XIX coincide con la irrupción de la revolución industrial; la transición del XIX al XX, con la revolución de la energía; y la transición actual, con la revolución de la información. Y en cada uno de estos períodos de transición histórica se ha producido un masivo desplazamiento de población, del campo a las ciudades, y de la agricultura a la industria y los servicios. El siglo XIX vivió la formación de las grandes aglomeraciones industriales de Europa: Londres, Manchester, Lyon, Turín, Barcelona, pobladas con la población rural expulsada por la gran oleada de privatizaciones de tierras agrícolas… La transición al siglo XX supuso el desplazamiento de 60 millones de personas desde el Viejo al Nuevo Mundo, alimentando así el rápido crecimiento de la población obrera de Nueva York, Detroit o Buenos Aires. Y en el nuevo siglo que comienza, vivimos el mayor proceso de migraciones masivas de la historia, sin que al parecer exista conciencia social de la amplitud del fenómeno, del cual los medios de comunicación nos transmiten sólo imágenes parciales: niños obreros, pateras en el estrecho.

La 'gran transformación' de la que hablara Karl Polanyi -la concentración de la población en las ciudades industriales y la consiguiente movilización de la producción de la tierra a escala planetaria, y la división del trabajo entre la industria y la agricultura bajo la égida del sistema de mercado- aumentó en oleadas sucesivas la interdependencia planetaria. Pero esa interdependencia se ha dado sobre la base de una asimetría estructural que se traduce en 'la desigualdad' como fundamento de la distribución de la riqueza y de la renta en el planeta, a consecuencia de la cual en el desarrollo como proceso histórico se inscribe la distanciación entre ricos y pobres (países, clases sociales) como característica estructural.

Actualmente asistimos a una de las más dramáticas etapas de dicho proceso: la unificación del mercado mundial y de los precios mundiales de los productos agrícolas está significando la ruina de mil millones de campesinos en la periferia del sistema; el equivalente a toda la mano de obra en la agricultura de secano y toda la agricultura realizada con energía animal ha sido eliminada por el comercio de productos agrícolas procedentes de los países desarrollados. Hasta tal punto que actualmente la población agrícola ya no es la mayoría de la población activa mundial. La fuerza de trabajo dedicada a las actividades agrícolas ha descendido de más de un tercio hace veinte años a menos de la quinta parte de la fuerza de trabajo mundial en la actualidad. Los 750 millones de campesinos de los países de la periferia (entre ellos 330 millones de campesinos chinos) mantienen a una población de 3.000 millones de personas sujeta en las zonas rurales. Pero el valor de la producción de todos estos trabajadores sólo representa 850.000 millones de dólares, mientras que en los países desarrollados, seis millones de agricultores generan una producción por un valor de 500.000 millones de dólares. Esta baja productividad agrícola, en un contexto de apertura externa acelerada, está arruinando los cultivos para el mercado interno en muchos países, provocando migraciones masivas hacia las ciudades, dejando tan sólo espacio para competir a la población dedicada a la agricultura de exportación y en su caso a la dedicada a las actividades de mera subsistencia.

Los datos del Banco Mundial indican que las exportaciones agrícolas del grupo de países de bajo ingreso han aumentado en la última década a un ritmo del 4,8% anual, mientras que las de los países de ingreso mediano lo hacían a una tasa del 2,4%, y a un 2,7% las de los países de alto ingreso. De hecho, sólo la agricultura de exportación se muestra viable en la mayoría de los países subdesarrollados.

A pesar de las diferencias de productividad agrícola entre países ricos y pobres, dentro de los países desarrollados las diferencias entre la producción agrícola y la producción urbana (industria y servicios) es aún mayor. Los 20.000 dólares por trabajador de producción agrícola en los países desarrollados son insuficientes para mantener explotaciones viables. Por eso, en los países desarrollados el artificio de mantener una competitividad de su agricultura por medio de las subvenciones representa un peso desproporcionado en relación con los recursos financieros colectivos, destinados a sostener una agricultura inviable desde el punto de vista del mercado, pero considerada estratégicamente vital desde el punto de vista de la seguridad alimentaria y la gestión del ecosistema, como ocurre en la política agrícola común de la Unión Europea.

En los países subdesarrollados, las importaciones de productos alimentarios procedentes de los países desarrollados están suponiendo un proceso enorme de migraciones del campo a la ciudad, que alcanza a un tercio de la población rural actual, y es en su mayor parte interno a los propios países subdesarrollados. Este fenómeno, de unas dimensiones no conocidas hasta ahora en la historia de la humanidad, significa el desplazamiento masivo de población hacia las ciudades, donde la mayor parte de aproximadamente mil millones de personas procedentes de las áreas rurales se ocupa en actividades del sector informal, caracterizadas por su baja productividad, generando por tanto bajos ingresos y un incremento masivo de la pobreza en el denominado tercer mundo, proceso del cual las migraciones hacia los países desarrollados reflejan tan sólo la cara más amable de un proceso de degradación profunda de las relaciones sociales y económicas en esos países.

Esta implosión de sistemas sociales basados en la agricultura tradicional se articula así a la quiebra del sistema de regulación de las ciudades en países como Nigeria, China, Indonesia o Filipinas. Es el primer síntoma social de la crisis ecológica global que se cierne sobre el planeta como consecuencia de la extensión de la agricultura industrializada y cuya evolución es subordinada a los criterios de rentabilidad del mercado; la reducción de la diversidad biológica, que de algún modo la agricultura tradicional ralentizaba, se acelera con las nuevas técnicas de cultivo (de la revolución verde a los transgénicos). Con lo cual, junto con la explotación intensiva de la tierra, se acelera la degradación del medio rural.

El que los países que están experimentando estas migraciones sean países pobres, los incapacita para financiar a la población rural, como hace la Unión Europea, para que se mantengan en el campo al cuidado de las tierras. Por eso, si en las etapas históricas anteriores las migraciones masivas tenían un impacto regional (en Europa, a ambos lados del Atlántico, etc.), ahora las consecuencias son globales. La desaparición de la agricultura tradicional en grandes zonas de la Tierra representa una aceleración del deterioro ambiental, no sólo en las ciudades de acogida, sino sobre todo en las zonas desertizadas como consecuencia del abandono masivo del cultivo de la tierra. Las dimensiones de este fenómeno repercuten en el medio ambiente de todo el planeta. La conciencia fragmentaria con la cual se abordan los problemas desde las instituciones, unida a la falta de información y conciencia de la opinión pública, no permite ser muy optimista sobre la capacidad de gestionar convenientemente este fenómeno que marca nuestra época y nuestro destino, con más fuerza que los misiles o las bombas.

Joaquín Arriola es profesor de Economía de la UPV/EHU e investigador de Bakeaz (jarriola@bakeaz.org)

© Joaquín Arriola, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 17 de diciembre de 2001.