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Un
Fondo en crisis
Ante este escenario tan complejo como repleto de temores, el FMI se limita simplemente a constatar una reducción del crecimiento económico mundial así como las numerosas dificultades que atraviesa la economía estadounidense, auténtica locomotora de la economía mundial en los últimos años. El estreno del nuevo economista jefe del Fondo, Kenneth Rogoff, no ha podido ser por tanto más desalentador, puesto que se ha limitado a proponer como extraña receta para solucionar esta crisis mundial "una nueva ronda de negociaciones de la Organización Mundial del Comercio", precisamente tras el clamoroso fracaso de la Cumbre de Seattle. El Fondo sigue sin estar a la altura de las circunstancias, demostrando que las numerosas críticas que se le han hecho son plenamente justificadas. Su incapacidad para anticiparse a las crisis económicas que se van sucediendo (basta con leer el informe de previsiones económicas mundiales elaborado por el FMI hace un año) y su empeño en seguir aplicando las mismas recetas de siempre a un mundo y unos países cuyos problemas han variado extraordinariamente desde que este organismo fuera creado en Bretton Woods, en 1944 y en plena Guerra Fría, hacen de él una especie de vestigio institucional para el que ni el tiempo ni la historia existen, si no fuera por la enorme influencia que tienen sus políticas de intervención en los 75 países del mundo en los que en estos momentos el FMI está actuando. Altos responsables del Fondo, como su ex presidente, Camdessus, o su anterior economista jefe, Joseph Stiglitz, llegaron a formular públicamente críticas de una enorme dureza al funcionamiento del FMI, algunas de las cuales han sido también secundadas por el propio Banco Mundial; ninguno de ellos pertenece a los maltratados grupos antiglobalización. Sin embargo, el Fondo sigue sin moverse, aplicando invariablemente las mismas recetas para unas crisis económicas y financieras cuyos resultados acaban por ser más graves incluso que antes de su intervención. Por lo tanto, en una situación mundial tan grave como la que se está viviendo, el FMI, lejos de aportar soluciones, se ha convertido en parte del problema. Su nuevo director general, Horst Koehler, en lugar de emprender una reforma tan necesaria como inevitable, se ha limitado a mantener su dependencia con Estados Unidos, llegando a situaciones tan poco edificantes como la que se dio en el pasado mes de abril al presentarse el informe de primavera del FMI, cuando el entonces economista jefe realizó duras acusaciones contra el Banco Central Europeo (BCE), en línea con lo mantenido por el secretario de Estado del Tesoro, Paul O'Neill, al pretender que la política monetaria europea se adaptara al ritmo de la estadounidense. La Reserva Federal Norteamericana debería haber sido mucho más solidaria con Europa en los meses anteriores, cuando el euro se vio sacudido por una auténtica crisis monetaria coincidiendo con su puesta en marcha debido fundamentalmente al vigor de la economía norteamericana y a la fuga masiva de capital europeo hacia este país, lo que puso en serios aprietos a los responsables del BCE. Pero si bien todas las miradas se vuelven ahora hacia la economía norteamericana, intentando disminuir el daño que en su tejido económico, financiero y productivo va a producir esta crisis, bueno sería que el FMI, como garante de la estabilidad macroeconómica mundial, intentara socorrer urgentemente a los que van a ser sin ninguna duda verdaderos damnificados, los países en vías de desarrollo y los países emergentes, muchos de ellos, como Argentina, enterrados desde hace décadas bajo un agujero de desesperación que en pocas semanas se ha hecho mucho más profundo y oscuro. De forma inmediata estos países han visto desplomarse sus ya debilitados mercados financieros, aumentando la calificación de riesgo-país y descartando el cumplimiento de los durísimos planes de ajuste en los que estaban embarcados, originando con toda seguridad nuevos problemas de liquidez para su descomunal deuda externa, y nuevas tensiones económicas y sociales en unas sociedades extenuadas por tanto sacrificio. Al mismo tiempo, la contracción de la demanda en los consumidores norteamericanos azotará a los mercados latinoamericanos, especialmente a los mexicanos y brasileños, cuyas economías atraviesan momentos de enorme fragilidad pero que son vitales para el conjunto del continente. Y eso sin hablar del África Subsahariana o de los países del Magreb, a los que espera un horizonte mucho más desesperado. ¿Ha oído alguien algún tipo de preocupación, propuesta o solicitud de ayuda por parte del FMI para estos países que engloban tres cuartas partes de la población mundial? En el fondo de esta crisis también está el Fondo. Carlos
Gómez Gil es investigador de Bakeaz y dirige el Seminario
de Inmigración ©
Carlos Gómez Gil, 2001; © Bakeaz, 2001. |