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En la trastienda rusa
Carlos Taibo


No es tarea sencilla calibrar lo que Rusia ha dicho y ha hecho desde los atentados en Nueva York y en Washington. Las señales que Moscú ha emitido, aunque genéricamente alineadas con la gran coalición gestada en Occidente, no han dejado de mostrar el ascendiente de algunas reticencias que merecen atención.

El apoyo inicial de Putin a la decisión norteamericana de dar respuesta a los atentados mencionados fue evidente. El calor de las muestras de solidaridad vertidas por el presidente ruso hizo que más de uno dedujese, con manifiesta pero comprensible precipitación, que había tocado a su fin una larga etapa de desencuentros entre Rusia y las potencias occidentales. No sólo eso: hubo quien auguró que, de confirmarse la tendencia, podríamos asistir a sorpresas de la mano de un progresivo acercamiento de Moscú a la OTAN.

Al margen de lo anterior, lo suyo es recordar que Rusia salía claramente beneficiada del envite primero: si por un lado ganaba crédito internacional una propaganda oficial que en los últimos años había cargado las tintas sobre la amenaza, supuesta o real, del integrismo islámico, por el otro parecían llamadas a caer en el olvido las críticas que, desde la opinión pública occidental, se habían vertido ante las impresentables acciones militares rusas en Chechenia.

Es verdad, sin embargo, que los recelos no tardaron en aparecer. Al cabo de unos días, la calurosa respuesta primera de Rusia empezó a desvanecerse en provecho de un tono algo más frío. La interpretación más común ha venido a sugerir que en el transfondo se hacían valer dos fenómenos. El primero no era otro que el temor a que una acción militar estadounidense poco meditada condujese a una franca desestabilización de las repúblicas del Asia central ex soviética, que hoy por hoy configuran una suerte de patio trasero en el que Moscú ha establecido su principal línea de defensa frente a la cacareada amenaza islámica. A alentar semejante temor contribuyó poderosamente la certificación de que muchos de los blancos norteamericanos se hallaban emplazados en el vecino Afganistán.

El segundo fenómeno de relieve, más acallado, remitía a un contenido tradicional en las disputas de Moscú y Washington: la queja, mil veces expresada por las autoridades rusas, de que los Estados Unidos seguían prescindiendo por completo del sistema de Naciones Unidas, con consecuencias no precisamente halagüeñas en lo que se refiere a la gestación de unas relaciones internacionales más equilibradas. Ojo que en la posición del Kremlin la disensión que nos ocupa no se veía acompañada de otras que implicasen siquiera un atisbo de crítica de las lamentabilísimas políticas desplegadas por los Estados Unidos en el Oriente Próximo.

Pese a los recelos que acabamos de reseñar, lo cierto es que Rusia ha acabado por darle alas a una implicación cada vez más clara de dos de sus aliados centroasiáticos -Tayikistán y Uzbekistán- en el conflicto de estas horas. No hay ningún motivo para creer que estas dos repúblicas, y singularmente la primera, han ofrecido sus servicios sin contar con la preceptiva autorización rusa. Semejante circunstancia vuelve a emplazarnos en un escenario al que nos hemos referido antes: el de políticas rupturistas que invitan a concluir que Moscú ha iniciado un camino imparable de aproximación a los Estados Unidos y su bloque.

Claro es que hay que agregar un dato más a la actual ceremonia de la confusión. De manera medianamente sorprendente, Putin ha realizado una propuesta nebulosa sobre Chechenia. Lo importante de sus palabras no estriba en el contenido concreto de lo que ha colocado sobre la mesa, sino, antes bien, en el recurso a un lenguaje mucho más moderado en el que se barrunta un incipiente reconocimiento de algunas culpas propias. Del lado checheno, entre tanto, el presidente Aslán Masjádov parece haber recogido el guante y haber dejado expedito el camino a una negociación de perfiles difíciles de calibrar en estas horas. Aunque la interpretación de estas novedades es cualquier cosa menos sencilla, conviene avanzar una explicación: los sectores más moderados de la resistencia chechena, con Masjádov a la cabeza, castigados militarmente y marginados en una situación internacional en la que por doquier se reclaman duras medidas de represión, habrían optado por procurar un gesto que permita separar su destino del correspondiente a las facciones más radicales, lideradas por Shamil Basáyev.

Aunque no hay ningún motivo serio para lanzar las campanas al vuelo, permítasenos sugerir que un acuerdo de paz sobre Chechenia sería un buen regalo en un momento como éste en el que la estrategia maestra de los Estados Unidos parece asentarse en exclusiva en el despliegue de una violencia inmoderada.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid
y colaborador de Bakeaz (ctaibo@bakeaz.org)

© Carlos Taibo, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 29 de septiembre de 2001.