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Una peligrosa dinámica
Ignacio Álvarez-Ossorio


Aunque todavía puede parecer prematuro un debate de esta envergadura, ya hay quienes se han apresurado a enterrar el nuevo orden mundial establecido tras la guerra del Golfo. Si en la última década vivimos plácidamente en la era de la información y de la comunicación, a partir de ahora, señalan estos agoreros, debemos estar preparados para afrontar la era del terrorismo internacional. Los devastadores ataques contra el World Trade Center de Nueva York y el Pentágono de Washington así lo anuncian. "Va a ser una lucha monumental entre el bien y el mal", ha advertido un consternado George Bush en su tercera alocución pública, dando dimensiones escatológicas a este enfrentamiento que nos espera y preparando a la opinión pública internacional para una guerra sin cuartel entre la coalición del Bien (encabezada por Estados Unidos y la Alianza Atlántica) y la del Mal (todavía de contornos imprecisos, pero según los primeros indicios liderada por el disidente saudí Osama Bin Laden).

En estos últimos días, todavía bajo el 'shock' psicológico de la explosión de dos de los símbolos económicos y militares del poderío norteamericano, no han sido pocos los analistas y cronistas que han aprovechado la ocasión para rescatar las teorías huntingtonianas del choque de las civilizaciones y para advertir que nos hallamos ante una confrontación entre dos modelos de vida irreconciliables. No está de más recuperar las declaraciones del secretario general de la OTAN, George Robertson, quien ha considerado esta tragedia como "una intolerable agresión contra la democracia". Los terroristas, sobre cuya identidad y filiación todavía tan sólo disponemos de pocos datos, pretenderían, en opinión del diario israelí 'Ha'aretz', "destruir un sistema de valores compartido y todo lo que la civilización occidental representa: libertad, democracia, poderío económico y capacidad militar".

Esta lectura sesgada es peligrosa porque no se contenta con condenar la acción de un grupo aislado de fanáticos dispuestos a inmolarse y provocar la muerte de miles de víctimas inocentes, sino que pretende situar en el punto de mira al Islam en su conjunto.

Un reputado conocedor del Islam, el profesor Tariq Ramadan, advertía hace ya algunos años que "desde la revolución iraní, los términos 'fanáticos', 'fundamentalistas' e 'islamistas' son empleados de manera prácticamente diaria por los medios de comunicación sin ninguna clarificación sobre su significado. Por ejemplo, no sabemos si el musulmán que reza cinco veces al día o la musulmana que lleva velo son creyentes practicantes o extremistas potenciales". Según algunos, el "peligro verde" ha reemplazado al "peligro rojo". Para reforzar estos planteamientos, los analistas resaltan las virtudes de un Occidente cristiano, democrático, secular y moderno, y destacan los defectos de un Oriente musulmán, corrupto, decadente, subdesarrollado y fanático. Esta visión estereotipada y simplista presenta al Islam como monolítico y sin fisuras, y oculta de manera intencionada su carácter heterogéneo y múltiple. Es cierto que estos estereotipos y prejuicios sobre la sociedad árabe islámica no son novedosos, pero sí lo es la sistemática identificación entre terroristas, árabes, musulmanes o talibanes (por no mencionar el caso palestino), como si pudiésemos meter en un mismo saco a objetos de naturaleza tan diversa.

El secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, ha descrito los ataques terroristas como un "acto de guerra". Según las encuestas, la abrumadora mayoría de los americanos respalda una operación militar de gran escala contra los responsables de los atentados. La pregunta que flota en el aire es contra quién dirigir ese primer zarpazo, habida cuenta de que, según el derecho internacional, una declaración de guerra debe dirigirse a un Estado. En el caso de confirmarse la participación de Bin Laden, como muchos parecen apuntar, Estados Unidos se vería obligado a declarar la guerra a Afganistán, país que le acoge, aunque su gobierno talibán sólo haya sido reconocido, para más inri, por dos de los principales aliados asiáticos de Washington: Arabia Saudí y Pakistán. En estas circunstancias nadie es capaz de pronosticar de qué manera puede combatirse a un enemigo invisible como el que nos ocupa.

La administración Bush ha hecho gala de una cautela digna de elogio pese a la gravedad del golpe sufrido. No se puede decir lo mismo de los medios de comunicación norteamericanos que ya han dictado su veredicto sobre los culpables que deberían ser "erradicados". Un columnista del influyente diario 'The Washington Post' ofrecía una lista de los enemigos a batir: "Hezbollah en Líbano, Hamas y la Yihad Islámica en Israel, los cuarteles de Osama Bin Laden en Afganistán, y los frentes de liberación árabes en Damasco. Y también hay gobiernos: Irán, Irak, Siria y Libia entre ellos", todos ellos englobados de manera genérica por el periódico dentro del "Islam radical".

Este tipo de acusaciones apriorísticas, sin fundamento alguno por el momento, pretenden abonar el terreno para una agresión a gran escala contra estados que se han apresurado a condenar la tragedia e, incluso, han ofrecido en algunos casos su colaboración en las tareas de rescate de las miles de víctimas. Tampoco contribuirán a esclarecer el caso las oportunistas afirmaciones del primer ministro israelí Ariel Sharon, quien ha manifestado que "Yaser Arafat es nuestro Osama Bin Laden", pretendiendo de esta manera justificar su lucha sin cuartel contra la Autoridad Palestina.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro 'El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada' (Madrid, 2001) y editor de 'Informe sobre el conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta' (Madrid, 2003) (ialvarez@bakeaz.org).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 15 de septiembre de 2001.