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¿Por qué sube el dólar y baja el euro?
Joaquín Arriola


En los últimos meses se ha reanudado cierta preocupación por el descenso del tipo de cambio del euro frente al dólar, es decir, del precio del euro en dólares. En un momento en que la economía real de Estados Unidos va francamente mal, y cuando el precio doméstico del dólar no deja de bajar, parece paradójico que el euro, cuyo precio doméstico (las tasas de interés) es superior al del dólar, y no deja de subir -en términos relativos-, se deprecie frente a la divisa norteamericana. Algún economista ha llegado a afirmar que ello se debe precisamente a que no bajan las tasas de interés en Europa, con lo cual se demuestra una vez más que hay teorías económicas cuyo grado de cientificidad las aproxima más a la alquimia que a la física.

En realidad, la cosa es más sencilla, aunque no por ello más evidente. Desde que hace unos quince años las finanzas internacionales alcanzaron su máxima expansión mundial, el precio de las divisas depende solamente de la oferta y la demanda de las mismas. Por lo tanto, si el euro cada vez vale menos y el dólar más, será porque se están demandando más dólares y vendiendo a cambio euros… ¿Euros? Todavía no: una parte sustancial de las transacciones internacionales se realizan en marcos alemanes, francos franceses, liras, pesetas, etc. Y una de las causas de esta huida acelerada de las monedas europeas hacia el dólar es precisamente su pronta desaparición, su sustitución por la moneda única. ¿Y quién puede tener tanto temor a la conversión de las divisas europeas en euros? Pues precisamente todas las personas que no pueden presentarse el 1 de enero de 2002 en el banco de su barrio con un saco lleno, por ejemplo, con 50 millones de pesetas para que se las cambien por euros… porque no podrían explicar de dónde las han sacado. Es decir, la economía sumergida y la economía criminal, que manejan por sus propias características una gran cantidad de billetes de banco (liquidez) no controlados, si no cambian rápidamente sus monedas europeas, corren el riesgo de quedarse con un montón de papeles inservibles. Y tampoco pueden esperar a realizar legalmente el cambio, pues su propia ilegalidad se lo impide.

Para los escépticos ante esta interpretación, vayan unos cuantos datos. Hace tres años la Unión Europea estimó que la economía sumergida -es decir, el trabajo ilegal, no la criminalidad- representaba entre el 7% y el 16% del PIB comunitario. Siendo conservadores, y admitiendo un escaso 10% de economía sumergida en Eurolandia, esto representa en el año 2000 unos 650.000 millones de euros, es decir, el doble de las reservas oficiales de divisas, oro y otros instrumentos financieros de los bancos centrales europeos. Una gran parte de ese dinero se convierte en salarios de trabajadores ilegales, y otra parte en beneficios no declarados de las empresas tramposas. Sigamos con un cálculo conservador, y supongamos que un 20% de ese dinero es el ahorro capitalista guardado, como quien dice, en el colchón del fraude fiscal y laboral. Tenemos por tanto el equivalente a unos 130.000 millones de euros en divisas europeas no declaradas.

A esta cifra habría que añadirle el dinero manejado por mafias, terroristas, traficantes, proxenetas y otras gentes de buen vivir y mal morir. El volumen de dinero que se maneja en la economía criminal es un misterio aún mayor que el de la economía sumergida. En ocasiones se señala que, por ejemplo, los abultados 'errores y omisiones' que aparecen en las balanzas de pagos de los países obedecen precisamente a movimientos de divisas vinculados a las mafias internacionales. En el caso de los países de la zona euro, esta cifra alcanzó en el año 2000 los 23.000 millones de dólares. Supongamos que ésa es la cifra equivalente del dinero que tiene que circular entre Europa y el resto del mundo para alimentar los negocios criminales en el continente.

Por lo tanto, tenemos como poco 150.000 millones de euros en divisas europeas que no saben muy bien cómo hacer para convertirse en euros sin que se note. Para los que no tengan la calculadora a mano, les puedo indicar que representan algo así como 25 billones de pesetas, y equivalen a la mitad de los salarios pagados legalmente en España el año pasado, o al valor de las importaciones energéticas (petróleo) de Eurolandia en el año 2000, o a las dos terceras partes de las divisas extranjeras (dólares, yenes, francos suizos) de las que disponen los bancos centrales europeos. Una cantidad más que suficiente para elevar la demanda de dólares antes de que sea demasiado tarde y el dinero acumulado en tanto maletín, caja fuerte, colchón o 'zulo' deje de tener valor de cambio, y sólo se pueda usar para empapelar paredes o encender cigarros puros sin coste ni mala conciencia.

La prueba del nueve de esta explicación se producirá cuando el euro comience a circular físicamente, y se termine el período normal de canje de los billetes. En ese momento, el euro comenzará a acumularse de nuevo en los bajos fondos de las economías eurolizadas, y su circulación física le dotará de nuevos usos y por lo tanto de mayor valor, también frente al dólar.

Joaquín Arriola es profesor de Economía de la UPV/EHU e investigador de Bakeaz (jarriola@bakeaz.org)

© Joaquín Arriola, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 4 de septiembre de 2001.