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Agua
y regadío
La tradicional política de oferta de recursos hídricos, amparada en la galopante expansión del regadío, ha sobrepasado en muchos casos los límites de lo razonable. La gestión del agua ha convertido este valioso e interactivo recurso natural en una pieza de gran valor en el puzzle del poder político, económico y social. Al amparo de la bondad económica y social del regadío, se ha sobrevalorado el enfoque productivista del agua, olvidando la verdadera función ambiental del recurso dentro del ecosistema fluvial. Pero la correcta gestión del agua debe canalizar la reflexión hacia postulados de racionalidad y sostenibilidad en todos los sentidos. Todos los planes, tanto los hidrológicos como los agrarios, parten del uso racional del agua como objetivo primordial. Esta declaración de buenas intenciones debiera centrarse en la más que necesaria modernización y mejora de los regadíos, algo en lo que está de acuerdo la propia Federación Nacional de Comunidades de Regantes. En la provincia de Álava la expansión del regadío parece haberse convertido, en los últimos meses, en el paradigma de la gestión del agua en el territorio. A pesar de que los sistemas empleados -balsas de acumulación de aguas de invierno- y la estructura productiva gozan de una idiosincrasia propia, para el próximo otoño el agro alavés puede cambiar su aspecto a tenor del acuerdo al que han llegado la Administración central y la Diputación Foral de Álava. Según éste, en nombre del todopoderoso "interés general", se plantea transformar en regadío las zonas de Valles Alaveses, Río Rojo-Berantevilla y la zona Este de Rioja Alavesa. Serán 18.000 hectáreas de terreno agrícola, 15.000 de nueva creación, con un coste global próximo a los 20.000 millones de pesetas para el horizonte 2008. Para atender esta demanda hídrica la Administración apuesta por la construcción de la presa de Andagoya (11 hm3 y 6.000 millones de pesetas de inversión, incluidas las expropiaciones), sacrificando, como no podía ser de otra manera, los caudales de los ríos Bayas, Omecillo y Tumecillo y el propio acuífero de Subijana. Además, el regadío de la zona occidental de La Rioja Alavesa y la Sonsierra Riojana, en fase de ejecución, aportaría 5.000 nuevas hectáreas, para el viñedo fundamentalmente, con un coste aproximado de 7.100 millones de pesetas. Otros municipios de la Llanada Oriental alavesa, como Aspárrena, Barrundia, Salvatierra-Agurain, San Millán y varios núcleos de población de Iruraiz-Gauna y Zalduondo, también se verán afectados por la expansión del tapiz 'fresco' del regadío sobre una superficie próxima a las 10.000 hectáreas. En este último ámbito territorial existen 14 Comunidades de Regantes y 630 explotaciones agrícolas repartidas en 5.059 parcelas con una superficie media de los terrenos de cultivo de 40 hectáreas. Hasta ahora el 90% de la superficie agrícola es de secano y el 10% de regadío. Si se lleva a cabo el proyecto de transformación en regadío, para extender a toda el área de la Llanada Oriental los cultivos ya existentes en la zona, como remolacha, alfalfa, judías verdes y guisantes, principalmente, la superficie regada se multiplicará por cuatro y serán necesarios alrededor de 8 millones de metros cúbicos al año para atender esta demanda. Evidentemente, para garantizar estos suministros será necesaria la construcción de varias balsas de acumulación de aguas de invierno distribuidas estratégicamente por la comarca, una densa red de distribución y depósitos reguladores. Ahora bien, sin dogmatizar la praxis del problema podríamos preguntarnos si nuestros 'caudalosos' cauces pueden satisfacer con seguridad esas demandas todos los años. No lo sé, el tiempo lo dirá. Por otro lado, el agricultor alavés, lo mismo que el de otras regiones, debe tener en cuenta que la expansión del regadío sobre la base de productos subvencionados o sometidos a cupo por la Política Agrícola Común podría suponer un impacto económico negativo sobre los actuales regantes en forma de disminución de subvenciones, en el mejor de los casos, o de sanciones, en el peor. Lo cierto es que sin haber sido presentado todavía al Consejo Nacional del Agua el Plan Nacional de Regadíos (2001-2008), alrededor de 33.000 nuevas hectáreas de regadío podrían dibujar un nuevo panorama en la agricultura alavesa. Pero el gran reto no es ampliar la superficie regada sino modernizar el regadío atendiendo a unos objetivos previamente marcados, desde una doble perspectiva: por un lado, utilizando técnicas de riego más eficientes que aprovechen mejor el recurso, y por otro, rentabilizando al máximo la explotación agraria de regadío, para hacerla más competitiva. Así podremos llegar a entender que las hectáreas de regadío no deben ser un fin en sí mismo, sino que lo que verdaderamente interesa es su eficiencia, rentabilidad y calidad final del producto. Para incentivar un uso más eficiente del recurso en el medio rural, se hace necesaria la instauración de criterios tarifarios, compensatorios en algunos casos, que asignen al usuario los costes derivados de la demanda. Ahora bien, de la necesaria modernización del regadío los agricultores afectados se van a beneficiar poco, pues los incrementos de producción de sus cultivos serán inapreciables. Los que sí se van a beneficiar serán todos los demás usuarios, que podrán disponer del agua que pueda ahorrarse. En este sentido, sería conveniente plantear modelos de financiación de amplio consenso, para la requerida modernización. En cualquier caso, el desarrollo del mundo rural no puede sostenerse exclusivamente en la ampliación o transformación de nuevas hectáreas de regadío. Si no se apuesta por ordenar la estructura productiva, mejorar las infraestructuras agrarias, complementar agricultura y ganadería, ocupar la jornada laboral del agricultor y sobre todo compatibilizar e integrar regadío y medio ambiente, todo esfuerzo habrá sido en vano y habremos echado por tierra muchas esperanzas y demasiado dinero, de todos por cierto. Estas reflexiones no nacen de una postura contraria al regadío, sino que pretenden ser una llamada de atención a la prudencia y a la racionalidad. El regadío, amparado en la ejecución de grandes proyectos hidráulicos, no puede ser considerado como la 'piedra angular' que esté llamada a solucionar los problemas del mundo rural. Tampoco es bueno utilizar el bastión de determinadas políticas hidráulicas como coartada que diluya el diagnóstico de la realidad en el mundo agrario. En definitiva, debemos apostar por la expansión del regadío solamente en aquellas situaciones económicas y sociales que verdaderamente lo justifiquen, sobre todo si está en juego la preservación de la explotación familiar agraria y del entramado rural asociado. Víctor
Peñas es geógrafo, investigador del Departamento ©
Víctor Peñas, 2001; © Bakeaz, 2001. |