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Cambio climático, natural o provocado
Víctor Peñas


Sobre el cambio climático, el efecto invernadero asociado y el progresivo calentamiento de la Tierra, existen interpretaciones dispares y no menos intereses, que no hacen sino mostrar la complejidad y trascendencia de la cuestión. Lejos de la dialéctica enfrentada, propia de otros altercados más viscerales como el tema del agua, en el debate del cambio climático las posturas rivalizan en el campo de lo probabilístico. En los últimos años, aun aceptando el devenir natural del clima, la polémica que envuelve el pensamiento científico parte de una hipótesis sujeta a dos momentos: el primer paso sería diagnosticar la existencia o no de un cambio climático, y el segundo determinar si los cambios del clima se deben a causas naturales o a la actividad antrópica. Apoyándose en las estimaciones de las fuentes históricas archivísticas y las fuentes naturales, como los archivos dendrológicos, los corales y el interior de las capas de hielo de los glaciares, verdadero archivo sedimentario natural, se ha podido trazar la evolución de la temperatura global de la Tierra en el hemisferio norte hace mil años, observándose que los índices térmicos de las décadas de los años ochenta y noventa del último siglo no tienen precedentes. Aquí es donde la segunda parte de la reflexión cobra importancia: en qué medida el ser humano es responsable de ese calentamiento global y, si es así, qué pruebas se tienen de ello.

La primera prueba irrefutable es el progresivo y exponencial incremento de los niveles de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera en los últimos cuarenta años y su relación con el efecto invernadero. No debemos olvidar que, de acuerdo con una consideración puramente física, el efecto invernadero evita que la Tierra sea un planeta extremadamente frío. Lo que impide que esto suceda son los gases como el dióxido de carbono y el metano, que junto con el vapor de agua y las nubes conforman una barrera que impide que la radiación infrarroja se escape. Por lo tanto, gracias a ese 'efecto invernadero natural' la Tierra mantiene una temperatura media próxima a los 15 °C y es 'confortablemente' habitable. Pero ¿por qué un gas invisible e inocuo como el CO2 está en el origen de la controvertida polémica sobre el efecto invernadero? La razón habría que buscarla en el colapso del 'equilibrio atmosférico' debido fundamentalmente a un incremento sin precedentes de las emisiones de CO2 en la atmósfera, coincidiendo con la llegada de la revolución industrial y la aparición de los combustibles fósiles, provocando la emisión de gases de efecto invernadero hasta unos límites insostenibles a medio y largo plazo. Una vez alcanzado este punto, la responsabilidad humana en el calentamiento de la Tierra, por efecto de la emisión de gases invernadero, cobra relevancia y centra el tenso debate, sobre todo si consideramos que los niveles actuales de CO2 en la atmósfera son los más elevados de los últimos cuatrocientos mil años y un tercio mayores que antes de la revolución industrial.

Parece aceptado que un aumento en los valores de CO2 debería redundar en un incremento térmico global, pero la reflexión se centra en qué cuantía y cómo podemos asegurar que los cambios de temperatura se deben exclusivamente al aumento del CO2 y no existen otros factores determinantes. Sobre todo si tenemos en cuenta que en el complejo sistema climático influyen multitud de procesos y agentes externos -cambios en el sol, erupciones volcánicas, transferencias de calor a las masas de hielo y a los océanos, etc.-, que pueden provocar cambios en el ciclo climático a escala mundial. El comportamiento de estos factores sujetos a una mecánica natural puede amortiguar o acelerar procesos de calentamiento o enfriamiento de manera natural. Por ejemplo, si aumentasen los niveles de emisión de CO2 a la atmósfera y por consiguiente aumentase la temperatura global de la Tierra, los océanos también se calentarían, favoreciendo la cantidad de agua evaporada. Y no olvidemos que el vapor de agua también es un potente gas invernadero, con lo que el proceso podría amplificarse. La utilización, mediante simulación, de los modelos climáticos pone de manifiesto la incertidumbre que hay alrededor del cambio climático, pues a pesar de que todos estos modelos predicen un calentamiento a escala global no existe unanimidad, ni siquiera en el ámbito científico, a la hora de delimitar el rango diferencial del incremento térmico previsto. Unos afirman que será de 5 °C, otros de 1 °C. Es difícil saberlo, toda vez que los modelos se limitan a decir lo que probabilísticamente puede ocurrir, eso sí, siempre dentro de unos márgenes de error. Y a pesar de no haber un acuerdo sobre el incremento exacto de la temperatura, como tampoco de los efectos concretos que provocaría el calentamiento global, lo que sí parece obvio es que la fusión de las masas glaciares y la expansión térmica de las aguas templadas supondría un aumento, en algunos casos catastrófico, del nivel del mar.

A pesar de existir una gran incertidumbre sobre los cambios que habrá en el clima si las emisiones de gases de efecto invernadero siguen aumentando, lo que no podemos negar es la más que confirmada alteración de la atmósfera. Por eso en la Conferencia de Kioto de 1997 se negociaron las tasas límite de emisiones de CO2 para cada país, pero, como después se comprobaría, esas tasas han sido superadas con creces, y lo peor es que algunos países se niegan a limitarlas, cuando todo el mundo sabe que la principal causa de la emisión de gases de efecto invernadero está en el crecimiento económico sin límites. Los más de diez trillones de vatios de energía que se consumen hoy en día a nivel mundial podrían cuadruplicarse en los próximos cien años con esta dinámica de crecimiento y sobreexplotación. Aquí es donde la paradoja del modelo desarrollista se muestra insultante: por un lado aspiramos a equilibrar las emisiones de CO2 y a la vez pretendemos consumir más energía. La propia Unión Europea, en una reciente comunicación sobre la sostenibilidad de su modelo de desarrollo, reconoce que las emisiones de gases de efecto invernadero son una de las principales amenazas al desarrollo razonable.

El incremento de gases de efecto invernadero amenaza con dibujar un escenario donde, a lo peor, el clima pudiera cambiar diez veces más rápido que en toda la historia climática anterior. También la situación puede darse al revés, y un ligero e hipotético calentamiento podría llevar a un progresivo enfriamiento de una buena parte del planeta, al producirse una desestabilización del flujo de las corrientes marinas de los océanos, que para muchos siguen siendo la principal incógnita del sistema climático. ¿Podríamos, en cualquier caso, adaptarnos a ese agresivo cambio? Es difícil saberlo con certeza, pero sí predecirlo con probabilidad.

Dentro de este panorama, seguir apostando por modelos de desarrollo energético apoyados en la utilización masiva de combustibles fósiles supone una seria amenaza para la sociedad de hoy y puede llegar a hipotecar en forma de riesgo la de generaciones venideras, sobre todo si tenemos en cuenta que existen todavía ingentes cantidades de combustibles fósiles en la corteza terrestre esperando ser explotados. Es necesario, por lo tanto, abanderar la prudencia y afianzar la voluntad política para la adopción de medidas estratégicas, como las contempladas en la Directiva sobre la fiscalidad de la energía, y reducir progresivamente las subvenciones a la producción y el consumo de combustibles fósiles, sin descuidar la apuesta decidida por el desarrollo de energías alternativas. Hoy podemos hacerlo posible; mañana puede que sea demasiado tarde.

Víctor Peñas es geógrafo, investigador del Departamento de Geografía de la UPV/EHU y colaborador de Bakeaz.

© Víctor Peñas, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 3 de agosto de 2001.