Ver archivo PDF

 

 

La renta básica de ciudadanía
Carlos Gómez Gil


Año tras año, todos los informes de organismos e instituciones internacionales ponen de manifiesto el impresionante avance de la pobreza y la miseria en todo el mundo, algo que no se limita exclusivamente a los países más atrasados, sino que afecta también a las sociedades más opulentas. Las personas que viven en esta situación se miden en cientos de millones, a pesar de lo cual nos dejan completamente fríos, como si fueran un peaje necesario que hace posible el imparable avance de la globalización, olvidando así los rostros de todas esas mujeres, hombres y niños que se encuentran en una pobreza tan excluyente como devastadora, de la que no se salvan ni los estados más poderosos ni las sociedades más orgullosas. Sin embargo, este dato contrasta con el hecho de que jamás se había alcanzado tal grado de crecimiento económico, registrándose niveles de opulencia en los países occidentales y procesos de acumulación antes desconocidos. Hay pobres por todos lados y en todos los continentes, y en España se calcula que no menos de 8 millones de personas viven con una renta mensual inferior a las 50.000 pesetas, cantidad que delimita el umbral de pobreza.

Una de las propuestas más originales que en la actualidad empiezan a debatirse para dar respuesta a esta situación es la Renta Básica de Ciudadanía (RBC), o subsidio universal garantizado, que consiste en un ingreso pagado por el Estado a toda persona por el simple hecho de serlo que le permita sobrevivir, con independencia de su situación económica o social, y al que se pueden añadir todo tipo de ingresos adicionales. Su filosofía es muy sencilla, y consiste en que se tiene derecho a esa renta de supervivencia sólo por el hecho de existir, ya que hay en el mundo riqueza más que suficiente para garantizar la existencia de todos los seres humanos. La sencillez de su formulación ha facilitado que sea blanco de unos y de otros. De quienes consideran que el mercado es el mecanismo mágico que permite colocar a cada cual en el lugar que se merece, y que, por tanto, condena a los pobres a la caridad en la medida en que nunca tendrán capacidad para consumir y por tanto para elegir. Pero también de aquellos otros que siguen anclados en la ética del trabajo como elemento purificador de todos los males propios del ser humano, desde la holgazanería a la pereza. Sin embargo, la RBC solucionaría muchos de los problemas que aquejan a nuestras sociedades, posibilitando que cada cual llevara a cabo su propio proyecto vital.

Ahora bien, ¿evitaría esta propuesta la existencia no ya de pobres, sino de marginados en nuestras sociedades? A todas luces no, porque seguirían dándose opciones de vida que, aunque tuvieran garantizada una renta mínima de subsistencia, generarían patologías sociales que seguirían creando exclusión social para muchas personas. Pensemos por ejemplo en los toxicómanos y la conflictividad social que generan. Al mismo tiempo, ¿es compatible esta propuesta con las medidas de discriminación positiva necesarias para compensar tanta desigualdad?, porque no se puede tratar económicamente por igual a personas que no nacen iguales, y ése es uno de los cimientos en el que se asientan las sociedades democráticas.

Si bien es cierto que son muchas las objeciones que pueden hacerse a esta propuesta, no hay ninguna duda de que garantizar políticamente la subsistencia a toda persona por el simple hecho de serlo va a ser una de las ideas de futuro que se irán abriendo paso con fuerza como un elemento consustancial a las sociedades democráticas, al igual que en su día lo fue la igualdad entre el hombre y la mujer, el sufragio universal o la contribución de todo ciudadano a los gastos del Estado. Para ello hacen falta dos requisitos fundamentales: la voluntad política de llevarlo a cabo, y la capacidad técnica que lo haga posible. En el primer caso, son todavía pocos los partidos políticos que se han atrevido a trabajar sobre esta idea; en España el PSOE está teniendo el valor de empezar a formularla: fue una de las propuestas que figuraba en el programa con el que Rodríguez Zapatero ganó la Secretaría General, conteniéndose también en el documento político que será debatido por este partido en el próximo mes de julio. Pero su debate político no puede estar aislado de las formulaciones técnicas, que en algunos países están alcanzando un alto grado de madurez, de la mano de otras propuestas de actualidad, como la tasa Tobin, un módico impuesto sobre los movimientos especulativos de capital que trataría de evitar que éste campe a sus anchas sin ningún tipo de gravamen y permitiría recaudar una cantidad formidable de dinero dedicada a erradicar la pobreza en el mundo.

Sin embargo, la desconcertante propuesta de tipo fiscal único realizada por los socialistas en las últimas semanas plantea serias dudas sobre el modelo de Estado, de sociedad y también de redistribución económica por el que desea avanzar este partido, así como las prioridades políticas que tiene establecidas.

Carlos Gómez Gil es investigador de Bakeaz y dirige el Seminario de Inmigración
de la Universidad de Alicante (cgomezgil@bakeaz.org).

© Carlos Gómez Gil, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 13 de julio de 2001.