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¿Para
qué el Primero de Mayo?
El sindicalismo en los países desarrollados no ha sido capaz de recuperarse de la severa derrota que les infligió el neoliberalismo. Pero quizá sea en el ámbito cultural donde la derrota haya sido más severa. Los sindicatos representan en primer lugar a sus afiliados. Y entre éstos, se encuentran muy poco presentes los nuevos trabajadores, los precarios, los parcializados, los inmigrantes; pero tampoco representan a las franjas de trabajadores 'on-line', los profesionales asalarizados, los altamente cualificados presentes en los nuevos sectores de servicios. Por ello la cultura que prima en la práctica sindical es reflejo de unas relaciones laborales periclitadas, o en todo caso arrinconadas en la administración y algunas grandes empresas. La reorganización interna de los sindicatos españoles (fusiones de federaciones, centralización de las decisiones, profesionalización, oferta de servicios varios ) es una respuesta defensiva a unas condiciones cada vez más duras, a la pérdida de la práctica de la participación, la desaparición del voluntariado sindical, la cada vez más difícil movilización sectorial y global de los trabajadores sometidos a un control laboral donde la amenaza latente del despido pesa sobre todas las cabezas e inhibe voluntades. Unidos o desunidos, lanzados a la quimérica lucha por modificar el marco administrativo y político o intentando remendar unas relaciones laborales claramente escoradas en beneficio de los empresarios, los sindicatos cuentan poco en las decisiones estratégicas de nuestros días: la construcción europea, el euro, las guerras de la OTAN, la programación televisiva, los cambios estructurales del mercado de trabajo, las políticas de ajuste fiscal, las privatizaciones o el cambio tecnológico, entre otras, son cosas en las que los sindicatos intervienen poco o nada. Por ejemplo, con la decisión estratégica de vender a una empresa norteamericana (General Dynamics) una de las principales piezas de la industria de armamento española (Santa Bárbara), el Gobierno español manifiesta sus reticencias al proyecto franco-alemán -y por tanto europeo- de avanzar en la autonomía tecnológica y militar frente a Estados Unidos. El sindicato mayoritario en dicha empresa, que unas semanas antes consideraba una tarea sindical reclamar a los partidos nacionalistas vascos que actuasen dentro de las reglas del juego democrático, considera que, en este caso, su única función es defender los puestos de trabajo. Lo que ha perdido al sindicalismo es quizá su afán de normalidad, de integración en una vida político-social que exige un estricto acatamiento de las normas de urbanidad; el filtro de lo razonable, de lo posible, de lo sensato es cada vez más denso, y, finalmente, sólo se participa en bordar los flecos de la tela que se diseña y teje en foros en los que no se participa: los sindicatos participan en la Carta Social europea, pero no deciden sobre las orientaciones estratégicas del Tratado de la Unión; negocian las modalidades de los contratos, pero no la estructura del mercado de trabajo, incluyen en los convenios cláusulas sobre salarios (siempre) y sobre empleo (a veces) pero nunca sobre tecnología o sobre inversiones. En el grado de las limitaciones de las organizaciones obreras se muestran también las miserias que actúan sobre el país: una escolarización universal que oculta un elevado grado de analfabetismo funcional. Una gran diversidad de medios de expresión con un único discurso disfrazado de pluralismo. Una democracia con una jerarquización renovada, una multiplicación de pleitesías y sometimientos. Unas formas de solidaridad ritualizadas, dependientes y superficiales También una gran parte de los sindicalistas lee poco, lee siempre lo mismo, actúa sin pensamiento propio, vota con brazo de madera y mantiene una fuerte tendencia a monetizar sus plataformas reivindicativas. Una duda que surge ante estos primeros de mayo desvalidos y plúmbeos es si la recuperación de la cultura de la resistencia, de la solidaridad y de la esperanza podrá contar con unas organizaciones que en el pasado fueron portavoces de esos valores. Pues cada vez que se afirma la prescindibilidad de los sindicatos, en el fondo se pretende desterrar los valores esenciales que, pese a todo, los sindicatos representan, y representan todavía mejor que nadie. El trabajo es lo que define por esencia al ser humano. Juan Pablo II indicaba hace unos años cómo "mediante el trabajo el hombre no solo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido 'se hace más hombre'. [ ] Así pues, el principio de la prioridad del trabajo respecto al capital es un postulado que pertenece al orden de la moral social". Y Engels, hace más de un siglo, señalaba cómo "el desarrollo del trabajo, al multiplicar los casos de ayuda mutua y de actividad conjunta", facilitó que los hombres "llegaran a un punto en que tuvieron necesidad de decirse algo los unos a los otros [ ] el origen del lenguaje se explica a partir del trabajo y con el trabajo". En esta era de la información, cuando se pretende reducir la socialización a un conjunto de códigos abstractos más o menos consensuados (lenguajes), no está de más recordar este papel fundamental del trabajo en la socialización de los individuos, en la creación de la cultura y de la sociedad. Por eso, la renovación de la cultura del trabajo y de los trabajadores es el substrato necesario sobre el cual podrá recuperarse el espíritu del Primero de Mayo. Es ése, y no otro, el desafío esencial al que se enfrentan los sindicatos de hoy en nuestro entorno. Joaquín Arriola es profesor de Economía de la UPV/EHU e investigador de Bakeaz (jarriola@bakeaz.org) ©
Joaquín Arriola, 2001; © Bakeaz, 2001. |