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Disputa montenegrina
Carlos Taibo


La voz de alarma ha saltado entre nosotros una vez más por efecto de algo que se cuece en los Balcanes occidentales. En este caso se trata, claro, de la presumible consecuencia -en la forma de un nuevo horizonte de autodeterminación e independencia- de las elecciones generales recién celebradas en Montenegro.

Se ha repetido hasta la saciedad en los últimos días que el proceso abierto en Montenegro puede servir de estímulo para que las fuerzas vivas de algunos de los países colindantes -Bosnia, Kosovo, Macedonia- asuman, a su vez, proyectos de franca secesión con respecto a los frágiles estados hoy existentes. Pero, al margen de que el argumento que nos ocupa acarrea un lamentable y ontológico rechazo de una fórmula, la autodeterminación, en la que despunta una suerte de expresión de la voluntad de las gentes, parece que discurre por camino equivocado.

Lo de menos al respecto es que los procesos secesionistas mencionados -el de la Hercegovina occidental todavía controlada por las milicias croatas, el de la República Serbia de Bosnia, el de Kosovo y el de la parte occidental de Macedonia- exhiban vigor propio y apenas precisen de acicates externos. En la consideración del embrollo montenegrino tiene mayor relieve, por lo pronto, el molesto recordatorio de que las ínfulas independentistas del presidente Djukanovic han recibido en los últimos años un visible respaldo por parte de unas potencias, las occidentales, que ahora, en su luna de miel con Belgrado, parecen haber cambiado abruptamente de opinión.

Pero, lo anterior aparte, ésta es la hora de recordar que el propio criterio legal aplicado por nuestros países para lidiar con las fórmulas de secesión que se han revelado en el último decenio en lo que era Yugoslavia acude en socorro de las autoridades montenegrinas. Y es que, al fin y al cabo, nuestra diplomacia acabó por aceptar, acaso a regañadientes, la independencia de cuatro estados -Bosnia, Croacia, Eslovenia y Macedonia- que reunían la condición de repúblicas federadas en Yugoslavia y que de resultas disfrutaban de un derecho formal a la autodeterminación. No se olvide que, en el fondo, lo que ha desaconsejado el reconocimiento de ese derecho en Kosovo no es otra circunstancia que la condición de provincia inserta dentro de Serbia -no ya de república federada- que correspondía a ese país de mayoría de población albanesa. Si a la postre se aceptó la independencia de las cuatro repúblicas antes mencionadas, no parece que falten motivos para hacer otro tanto con Montenegro, que en 1991 se beneficiaba de la misma condición, y ello pese a que, por lógica, toda esta trama esté llena de atrancos.

Para que nada falte, en suma, la propia Serbia -el socio federal de Montenegro- parece acatar en términos generales el horizonte de un proceso de autodeterminación en su vecino, y contribuye no poco a arrinconar algunos de los temores que se expresan entre nosotros. Conviene recordar que la independencia de las repúblicas del Báltico, a finales de agosto de 1991, mucho le debió al visto bueno implícito que recibió de la entonces fortalecida Rusia. Y el peso del argumento apenas experimenta rebaja de resultas de la certificación, inevitable, de que la Serbia de hoy tiene las alas recortadas y no está para muchos vuelos.

Nada de lo dicho implica que el proceso abierto en Montenegro esté exento de riesgos. Parece, sin embargo, que es más sencillo que éstos cobren aliento en virtud de contingencias internas que de resultas de eventuales tendencias agresivas procedentes del exterior. La confrontación dentro de Montenegro está servida, en primer lugar, por la aparente polarización que dibujan los resultados electorales: la oposición no ha salido tan mal parada como se anunciaba, y eso que desde el pasado otoño ya no tiene el reclamo de su privilegiada relación con los regímenes yugoslavo y serbio. El hecho de que, con toda evidencia, la coalición liderada por el opositor Bulatovic haya arañado votos entre los montenegrinos étnicos no puede por menos que reavivar las disputas relativas a la maltrecha condición nacional montenegrina.

Claro que la confrontación interna cuenta con otro estímulo: la ausencia de reglas preestablecidas llamadas a dirigir el proceso conducente a una fórmula de autodeterminación. Lo que por fuerza tendrá que abrirse camino en las próximas semanas es una agria disputa en la que se dirimirán, ante todo, la legalidad del referéndum que quiere convocar el presidente Djukanovic y las normas -entre ellas las que perfilan los porcentajes requeridos- que habrán de aplicarse a su amparo.

Mientras, lo suyo es subrayar que los sucesos montenegrinos han tenido una interesante repercusión en Belgrado, donde se barrunta una nueva colisión -la enésima- entre el presidente yugoslavo, Kostunica, y el primer ministro serbio, Djindjic. Mientras éste se muestra concesivo con una imaginable secesión montenegrina, el primero ha echado mano de toda una parafernalia de amenazas disuasorias contra los dirigentes de Podgorica. Para explicar la ira de Kostunica no hay que ir muy lejos. Si algún relieve tiene al respecto su conocida vinculación con un nacionalismo esencialista, mayor importancia hay que atribuir a otro dato: la independencia de Montenegro acarreará la disolución de la federación que éste todavía mantiene con Serbia y, al poco, la propia desaparición del cargo que hoy ocupa Kostunica. El temor a perder el puesto que tanto denuedo costó conseguir se aprecia con facilidad en las propuestas que el presidente federal ha formulado, a la desesperada, en los últimos días. No parece, de cualquier modo, que el debate montenegrino le quite el sueño en estas horas a la opinión pública en Serbia, y ello pese a que se antoja precipitado emitir pronósticos con respecto al futuro.

Agreguemos, para terminar, que es muy cierto lo que a menudo se dice de Djukanovic: el presidente montenegrino procede del mismo tronco que Milosevic, ha mantenido desde siempre equívocas relaciones con una economía mafiosa omnipresente y no parece que se mueva con arreglo a otro criterio que el que dimana de la necesidad de garantizar un futuro halagüeño a una elite política nada edificante. Lo anterior no se ve contrapesado un ápice por la certificación de que quienes hoy son los detractores de Djukanovic resultan igual de impresentables. Con estos mimbres lo más razonable es recelar del buen sentido -que no de las buenas intenciones- de quienes reclaman, sin más, fórmulas de consenso y reivindican que, mejor antes que después, gane terreno una confederación en los Balcanes occidentales.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid
y colaborador de Bakeaz (ctaibo@bakeaz.org)

© Carlos Taibo, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 25 de abril de 2001.