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Angélicos
beneficiarios
Y eso que esas víctimas, por lógica, parecen haber estado más expuestas a los riesgos derivados del empleo del uranio que nos ocupa: si, al fin y al cabo, muchas de ellas se hallaban presentes sobre el terreno en el momento de los bombardeos -algo que no sucedía con los soldados de la OTAN-, los cuidados sanitarios que se les han aplicado desde entonces han sido, sin duda, mucho menores. Acaso nos topamos con un fenómeno que no es sino un trasunto de algo que, ocurrido con ocasión de la guerra de 1999, suscitó, sin embargo, escasa solicitud entre nosotros: entonces como ahora sólo parecían producir inquietud las vidas de nuestros soldados, y no las de quienes, sobre el papel, y conforme a la retórica oficial, eran los teóricos beneficiarios de las acciones militares lideradas por la OTAN. Significativo es al respecto, por cierto, que aún hoy los soldados foráneos presentes en Kosovo apenas ingieran producto local alguno, en lo que a la postre es un fiel retrato de lo mismo: su destino es muy diferente del de los angélicos beneficiarios de nuestro humanitario intervencionismo. Este singularísimo 'doble rasero' se revela incluso, dicho sea de paso, en las declaraciones de quienes sobre el papel tienen a gala contestarlo de manera radical. Así lo demuestran las palabras de algún dirigente de singular eco mediático que en estas horas reclama, y con urgencia, la retirada de los soldados españoles. Si el argumento remite a un análisis previo a las discusiones que ha levantado el uranio empobrecido, es obligado reconocer su respetabilidad. Pero si es el maldito uranio el que ha suscitado tan rápida y drástica demanda, lo suyo será convenir que nos hallamos ante una mera repetición -con otros mimbres, claro- de una miseria, la oficial, que gusta de desentenderse, sin más, de lo que presumiblemente ocurre con las poblaciones locales. Algo parecido salta a la vista, en fin, en las declaraciones atribuidas a un militar español, quien no habría dudado en señalar que no debería emplearse uranio empobrecido en territorios que se piensa ocupar con posterioridad. Como puede apreciarse, hay en esas palabras una excelsa preocupación por la población local y por los militares rivales. Semejante desafuero nada tiene, por lo demás, de sorprendente: se halla inserto, y en plenitud, en la textura de un fenómeno, el del intervencionismo humanitario, cuyas dobleces han pasado inadvertidas para la mayor parte de los analistas. Pero volvamos a la cuestión del uranio emprobrecido, en relación con el cual lo más razonable es afirmar que, a ciencia cierta, nada sabemos. Estamos obligados a tomar nota, sin embargo, de algo que parece difícilmente rebatible: la historia reciente ilustra de forma manifiesta que es frecuente el empleo de armas que tienen un evidente efecto destructor en el terreno militar sin que se sepa, en cambio, cuáles son sus consecuencias, a largo plazo, sobre las poblaciones afectadas. La información que, en el caso de los Balcanes occidentales, nos llega sobre esas poblaciones, reclama, de cualquier modo, un delicado ejercicio de estudio, no en vano parece viciada de origen, y ello en virtud de varias razones. En uno de los casos, el de Bosnia, los bombardeos de la OTAN exhibieron escasa intensidad y parece razonable concluir que han debido dejar huellas sensiblemente menores que en otros escenarios; pese a ello, el interés de las autoridades bosnias, que estiman que el país ha caído en el olvido de la comunidad internacional, ha estribado en identificar con rapidez un repunte de enfermedades de singular gravedad. En Kosovo, en cambio, el problema bien puede ser otro: la mayoría de las fuerzas políticas albanesas están poco interesadas en menear un asunto que a la larga podría acarrear la retirada de los contingentes militares internacionales. Algunos de sus portavoces se han atrevido a sugerir que detrás de las noticias de las últimas semanas no hay sino una tramada operación urdida -no está claro por quién- con el propósito de acelerar el retorno a casa de esos contingentes. En el caso de Serbia, en suma, parecen hacerse sentir los ecos del discurso oficial en vigor durante la guerra, empeñado en subrayar que la OTAN, con sus bombardeos, apenas estaba alcanzando ninguno de sus objetivos. Ese discurso de patriótica indemnidad parece haberse impuesto a otro que, perfectamente imaginable, habría acometido una demonización más de la OTAN sobre la base de los efectos del uranio empobrecido sobre la población civil. Para hacer las cosas todavía más difíciles, es menester agregar las secuelas de dos datos más que desdibujan las certezas: si uno de ellos es la precariedad de las infraestructuras sanitarias que atienden a la población en Bosnia, en Kosovo y en Serbia, el otro lo aporta el tiempo transcurrido, que al decir de los expertos es lo suficientemente breve como para que no puedan calibrarse de manera suficiente los efectos del uranio empobrecido. No parece que haya demasiados motivos, de cualquier modo, para dar crédito a la versión de los hechos ofrecida por la OTAN y por nuestros gobiernos. Mintieron demasiado durante la guerra del año pasado como para que en estas horas andemos desprevenidos. A lo mejor el tribunal de La Haya tiene que revisar con urgencia su polémica decisión, el pasado verano, de no abrir investigaciones que podrían conducir a un encausamiento de los máximos responsables de la Alianza Atlántica. Carlos
Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma
de Madrid ©
Carlos Taibo, 2001; © Bakeaz, 2001. |