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En
la trastienda serbia
Aunque hay que preguntarse por la hondura de un cambio que hace que un porcentaje altísimo de serbios modificase abruptamente su voto en unas pocas semanas, acaso tiene mayor interés escarbar en lo que hay por detrás de lo ocurrido. Y al respecto se impone la consideración de dos procesos que muestran, en una de las lecturas posibles, un signo contrario. El primero de esos procesos afecta a la condición de las elites. Aunque la afirmación que sigue es contestable por diversos motivos, a primera vista puede sostenerse que en Serbia se ha hecho realidad ahora lo que ocurrió diez años atrás en muchos de los estados de la Europa central y balcánica: el derrocamiento de los viejos regímenes burocráticos. No nos detendremos ahora en demasía a glosar lo que de falaz hay en el argumento anterior. Nos limitaremos a recordar que en realidad el grupo humano dirigente en Serbia en los dos últimos lustros experimentó ya muchas mutaciones a lo largo de esa etapa. Así, por ejemplo, abandonó cualquier compromiso con el discurso de la Liga de los Comunistas de otrora, en provecho de lo que unas veces fue un nacionalismo de perfiles abrasivos y esencialistas, y otras una pragmática asunción de importadas reglas del juego detrás de las cuales se barruntaba el designio de preservar un feudo económico propio. Pero al margen de alegaciones como la que acabamos de avanzar, algo hay de verdad en el hecho de que es ahora cuando los integrantes de los viejos aparatos que experimentaron sucesivas reconversiones en los diez últimos años parecen en la obligación de abandonar el poder (o de hacerlo al menos en el terreno de la política, toda vez que los derechos económicos adquiridos es más que probable que perseveren en el tiempo). La nueva situación no deja de remitir a un escenario que, una vez más, exhibe notorias singularidades. Así, el grupo humano que encabeza la DOS de Kostunica se caracteriza, en lo que interesa a nuestro argumento, porque antes de 1991 sus miembros -salvemos ahora livianas excepciones que sin duda existen- no estuvieron vinculados con los viejos aparatos: se trata de una elite forjada en la resistencia frente al régimen yugoslavo en los estertores de éste o, simplemente, de gentes nacidas a la política en el transcurso de los últimos diez años. La circunstancia anterior tiene su relieve porque dibuja un escenario casi inédito en una región, el conjunto de la Europa central y oriental, en la que en todos los ámbitos, y pese a los más diversos avatares, son las viejas nomenclaturas reconvertidas las que controlan los resortes principales. No es esto lo que, al menos en apariencia, va a ocurrir en Serbia, en donde una de las posibilidades es que se abra camino una operación de castigo asestada contra quienes, en los últimos años, han sido protagonistas de desmanes étnicos y corrupciones económicas. No se olvide que este fenómeno de una elite que no es producto, siquiera parcialmente, de la reconversión de los viejos aparatos es inédito por completo en la Europa central y oriental. El segundo proceso nos emplaza, sin embargo, en la presunta preservación de lo viejo, y por fuerza nos obliga a recordar que la convulsión que afecta a las elites no tiene necesariamente que traducirse en mutaciones sustanciosas en las ideas. Al respecto, y para que el lector nos entienda, acaso será suficiente con mencionar dos ámbitos decisivos en los que los cambios con respecto al pasado pueden ser cualquier cosa menos radicales. El primero lo aporta, cómo no, el vigor, consolidado, de un discurso nacionalista que a menudo persevera en sus contenidos agresivos. Muchas veces hemos tenido la oportunidad de subrayar que ni Kostunica ni el nuevo primer ministro, Djindjic, pueden exhibir un curriculum libre de espasmos identitarios a menudo adobados de opciones por la violencia. El segundo ámbito lo ilumina un horizonte de presumible afianzamiento del capitalismo mafioso que se instaló en Serbia al calor de los designios de Milosevic. Las pulsiones neoliberales que parecen acosar a muchos de los economistas de lo que hasta hoy ha sido la oposición pueden alimentar la consolidación de esa modalidad de capitalismo en un escenario en el que -de hacerse valer tan desafortunada realidad- estaríamos obligados a concluir que en el terreno de la economía no se ha verificado en modo alguno la revolución en las elites a la que antes nos referíamos. Claro que tampoco debiéramos orillar la posibilidad, nada despreciable, de que buena parte de la elite vinculada, de una forma u otra, con el partido de Milosevic conserve puestos de privilegio en la Serbia que encabezan Kostunica y Djindjic. Carlos
Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma
de Madrid ©
Carlos Taibo, 2001; © Bakeaz, 2001. |