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Geopolítica del petróleo
Joaquín Arriola


Ahora que el precio del petróleo se eleva hasta cotas no alcanzadas en los últimos diez años, los analistas se dedican a especular sobre la influencia de dichos precios en la inflación europea, en la balanza de pagos o en el consumo popular, perdiendo de vista la dimensión esencialmente política de la evolución de dichos precios, al menos desde que se decretó la nacionalización de los pozos de petróleo en los países de la periferia.

Quizá convenga recordar que solamente durante la primera mitad de los años ochenta alcanzó el petróleo un precio superior a los 25 dólares, precio a partir del cual los problemas se trasladan a los costes de los países consumidores, y que durante los últimos diez años su precio se ha situado, salvo durante el breve interludio de la guerra mundial contra Irak, por debajo de los 20 dólares, precio por debajo del cual muchos países exportadores se encuentran con problemas de balanza de pagos más graves que los que aquejan ahora a la Unión Europea.

Ante la fluctuación del precio de la principal materia prima para la producción de energía, los países pueden aplicar una terapia preventiva por dos vías: o bien manteniendo un elevado nivel de reservas, o estableciendo unas tasas al consumo que permitan, mediante su variación, contrarrestar la evolución del precio del crudo. El primer método es el que sigue Estados Unidos, y en teoría el segundo corresponde a la práctica de la UE.

Pero en realidad las cosas son más complicadas: la UE no aplica la alta fiscalidad sobre el consumo de carburantes como un mecanismo contracíclico frente a la evolución de los precios, sino como una fuente de recaudación fiscal de gran importancia. Ante un aumento súbito del precio del petróleo, los países europeos no pueden reducir drásticamente los impuestos al consumo, pues podrían desestabilizar las finanzas públicas. De modo que los países de la UE carecen de cualquier medida preventiva ante una escalada de precios como la que estamos viviendo, que afecta fundamentalmente a los precios industriales, cuyo crecimiento es mucho mayor que el de los precios al consumo, y que son en realidad los que cuentan para las posibilidades de exportar.

Estados Unidos, que es el único país del mundo con una planificación a largo plazo de sus aprovisionamientos de materias primas, adquiere en períodos de precios bajos grandes cantidades de crudo, que le permiten evitar posteriormente las fluctuaciones en el precio de la gasolina cuando se produce un incremento en el precio del petróleo.

Pero, al mismo tiempo, este país aprovecha muy bien las coyunturas cambiantes en el precio del petróleo para resolver problemas vinculados a las rivalidades entre las grandes potencias. Así, el aumento de los precios de la segunda mitad de los setenta sirvió para frenar la floreciente economía de Europa y Japón, que ya había desestabilizado el sistema monetario internacional erigido por los norteamericanos para mayor gloria del dólar.

Siempre que se ha producido un incremento drástico del precio del petróleo, la causa ha sido política y no económica: septiembre de 1973, la revolución iraní, la invasión de Kuwait por Irak… ¿Qué ha ocurrido ahora? No parece muy realista el argumento economicista que considera la recuperación de las economías asiáticas, que han incrementado su consumo en 600.000 barriles respecto al año 98, aunado al recorte de producción de los países de la OPEP: este argumento de mayor demanda y menor oferta no puede explicar por qué los precios superan con mucho a los de los años previos al batacazo asiático, cuando el consumo era superior al actual y no alcanzaba más allá de los 22 dólares el barril.

Sin embargo, si nos fijamos en la guerra económica de nuestros días, encontramos un bando de ganadores y otro de perdedores, que puede iluminar algo más las entretelas de la crisis actual. Desde que se puso en marcha el euro virtual, Estados Unidos inició una guerra de baja intensidad contra la moneda europea, en diversos frentes. En el intelectual, poniendo en duda a través de afamados economistas la capacidad de Eurolandia de lidiar con las diferencias intraterritoriales en el marco de la moneda única. En el plano político, reforzando la dolarización de las economías de diversos países dependientes, desde Argentina a Ecuador, pasando por Israel o varios países del África subsahariana. La existencia meramente virtual del euro frente a la material del dólar, ayuda en esta campaña. Y en el frente económico, aprovechando el bajo coste relativo de la mano de obra norteamericana para encarecer el precio del dinero sin perjudicar a las exportaciones y de este modo aumentar la demanda de dólares y disminuir la de euros (es decir, reforzando la apreciación del dólar y la depreciación del euro). En un contexto de caída de la cotización internacional del euro, el incremento súbito del precio del petróleo repercute negativamente en los precios interiores europeos (la factura se multiplica por dos, al cotizarse el precio del petróleo en dólares), y de esta manera, con el aumento de los precios interiores, se reduce la ventaja exportadora que se obtenía con la disminución del precio de la moneda.

¿Ganadores en esta coyuntura? Estados Unidos y su aliado europeo, el Reino Unido, país exportador de petróleo y sede del mercado mundial del crudo, y los países de la OPEP. ¿Perdedores? Los países de Eurolandia y Japón, abocados a una recesión a corto plazo, y a una pérdida de credibilidad aún mayor de la futura moneda europea en el mercado mundial.

Sólo en este contexto de lucha económica por la hegemonía mundial se puede entender que en la campaña electoral norteamericana, el precio del petróleo sólo ocupe un lugar secundario, o que sean las autoridades de la UE las que con mayor ardor cuanto menor éxito, se dediquen en solitario a intentar obtener una rebaja por parte de los países exportadores; o que estos señalen que los precios actuales son fruto de la especulación, y no de la oferta mayor o menor de petróleo que vierten al mercado.

¿Y los países importadores de petróleo del tercer mundo? Bueno, a estos es a los que les va peor en una coyuntura de altos precios, pero como sus problemas de balanza de pagos son tradicionales, su agravamiento no es noticia. Tan sólo un 'efecto colateral' que, de paso, refuerza en ellos la confianza en mantener vinculadas sus monedas nacionales al dólar.

Joaquín Arriola es profesor de Economía de la UPV/EHU e investigador de Bakeaz (jarriola@bakeaz.org)

© Joaquín Arriola, 2000; © Bakeaz, 2000.
Publicado en El Correo, 2 de octubre de 2000.