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Las
elecciones yugoslavas
A decir verdad, cuando se examinan los datos de forma más serena, el optimismo se desvanece con rapidez y las cautelas rebrotan por doquier. Al respecto lo primero que conviene subrayar es que en modo alguno parece garantizado que Milosevic vaya a perder la presidencia de la frágil federación que integran Serbia y Montenegro. Cabe esperar que en los días que anteceden a la jornada electoral se reproduzca toda la parafernalia que en otras ocasiones desplegó el régimen serbio/yugoslavo. Y, con ella, ostentosas inauguraciones de puentes, repentinas transferencias de recursos económicos a los sectores que más quejas han ido acumulando, abruptos procedimientos de demonización de los líderes opositores y, en suma, discretas operaciones -probablemente con Kosovo como escenario protagónico- encaminadas a facilitar, si llega el caso, el pucherazo electoral. No se olvide, por lo demás, que aunque las encuestas señalan que el principal candidato opositor, Kostunica, parece disfrutar de una cómoda ventaja con respecto a Milosevic, lo suyo es que deba disputarse una segunda vuelta en la cual la parafernalia antes mencionada puede alcanzar cotas paroxísmicas. La segunda fuente de cautelas la aporta la textura del candidato opositor del que acabamos de hacer mención. Beneficiado por la retirada de figuras políticas de mayor empaque que acaso dieron por perdidas unas elecciones marcadas por las estratagemas de Milosevic, lo cierto es que Kostunica parece en condiciones de atraer a una parte del electorado serbio que con toda evidencia desconfiaba de otros dirigentes opositores. La explicación es tan sencilla como lamentable: nuestro hombre se halla claramente incardinado en el discurso del nacionalismo serbio, y no precisamente en sus versiones más moderadas. La imagen de Kostunica enarbolando un fusil en Kosovo en 1998 y sus reiteradas declaraciones impregnadas de victimismo permiten respaldar esa conclusión. Otro tanto cabe decir del sorprendente apoyo que su candidatura parece llamada a recibir, en la eventualidad de una segunda vuelta, del parafascista Partido Radical, hasta hoy en un gobierno de coalición con los socialistas de Milosevic. Si esto es así, la oposición serbia estaría ganando terreno electoral en virtud de patéticas concesiones al discurso oficial, algo que por sí solo alimenta, de nuevo, la desconfianza: no vaya a ser que la política de un Kostunica convertido en presidente sea, en materia de tratamiento de contenciosos nacionales -léase Kosovo y Montenegro-, tan lamentable como la desplegada por Milosevic. Pero hay un tercer, y último, elemento que invita a eludir las conclusiones demasiado rápidas. Hasta 1997 el centro de gravedad del poder en la federación yugoslava que integran Serbia y Montenegro radicaba con claridad en la primera de estas repúblicas, y no en las instituciones federales comunes. La imperiosa necesidad que entonces asistía a Milosevic, empeñado en mantener su poder contra viento y marea, aconsejó un desplazamiento de ese centro de gravedad en beneficio de las instancias federales (y la paralela conversión del propio Milosevic en presidente yugoslavo). Si Kostunica gana las elecciones, es más que posible que asistamos a una vuelta atrás en provecho de la situación anterior a 1997: aunque la oposición se haga con la presidencia federal, el partido de Milosevic seguirá contando con un poder indisputado en Serbia, que demográficamente es, no se olvide, mucho más importante que la pequeña Montenegro. Si así fuesen las cosas, Yugoslavia entraría en el año 2001 con un presidente, Kostunica, de dudosa ubicación política y rebajadas atribuciones. Mientras, Milosevic podría seguir dictando las reglas del juego desde una Serbia repentinamente fortalecida y empeñada en preservar las lamentables políticas de los dos últimos lustros. Carlos
Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma
de Madrid ©
Carlos Taibo, 2000; © Bakeaz, 2000. |