|
Anécdotas
e historias
Y es que en estos menesteres la elección de los ejemplos es siempre tarea delicada, no en vano al amparo de éstos se pueden justificar todas las lecturas, y hacerlo, por añadidura, en todos los lugares. Para que nada falte, el momento elegido para difundir un polémico informe de la Academia de la Historia resulta harto singular: en él se dan cita la general demonización de los nacionalismos -de algunos de ellos, para ser más precisos, porque el que se encuentra sólida y silenciosamente instalado en los aparatos centrales del Estado parece escapar a las críticas- a la que se han entregado tantos analistas y tertulianos, y un escenario político en el que el PP ya no precisa, en Madrid, de periféricos respaldos parlamentarios. Al margen de lo anterior, el problema general parece uno: delimitar cuál es el ámbito geográfico al cual se debe otorgar prioridad -si es que así debe hacerse- en los manuales de historia que estudian nuestros hijos. Se trata de saber, en otras palabras, si esa prioridad debe corresponder a la historia de Galicia, a la de España, a la de Europa o a la del planeta Tierra. Lo poco que puede adelantarse al respecto es que cualquiera de esas visiones -todas legítimas- tiene sus virtudes y sus defectos. Sería negligente olvidar la historia que espacialmente nos es más cercana, como sería peligroso eludir lo que de común hay en el derrotero de la especie humana. La cuestión se hace más farragosa, bien es cierto, cuando se cruza de por medio otro problema: hay quien parece estimar que existen normas de obligado cumplimiento que acaso pasan por la aplicación rigurosa del esquema presuntamente dimanado de una Constitución, la española, que conforme a esta visión bendeciría determinadas lecturas y obligaría a proscribir otras. Hay quienes, en cambio, disienten con rotundidad de semejante percepción y, más aún, se preguntan por unas ínfulas inquisitoriales que no parecen haber cobrado cuerpo, en cambio, y es un ejemplo entre otros, a la hora de sopesar tantos libros de texto que, avalados por la Iglesia católica, parecen poco afectos al espíritu y la letra de la Constitución vigente. Pero no se trata sólo de eso. Si uno recoge los términos del debate de estos días, lo primero que se barrunta es una defensa de principios universalistas frente al particularismo de determinados discursos. Aunque es absurdo negar que este último existe, se antoja razonable recordar que está presente en todas las posiciones. Bueno sería que repasásemos al respecto los libros de texto que, pretendidamente universalistas y aparentemente no contaminados por el virus nacionalista, reproducen, por acción o por omisión, muchos contenidos no exentos de xenofobia cuando llega el momento de ocuparse -¿es que lo hacen?- de nuestros vecinos portugués y norteafricano. Esto al margen, tampoco parece de más subrayar que la invención de la historia no es privativa ni de los nacionalismos periféricos respondones ni de la parafernalia urdida por el general Franco: los estados liberales se han entregado también con esmero, y eficacia, a ella, cuestión que acaso sería saludable reclamase de un informe de la Academia de la Historia. Le otorgaría credibilidad, por cierto, a una institución que no sólo parece postular la primacía incontestable de una esencialista historia española: quiere contarnos ésta como sin en ella el conflicto y la represión nunca hubiesen existido. Acabemos. Cualquier persona sensata admitirá que la enseñanza de la historia entre nosotros deja mucho que desear. Sin ir más lejos, los datos de una encuesta reciente iluminan carencias fundamentales. Esa plaga contemporánea que son muchos de los tertulianos radiofónicos ha decidido que la culpa de esas carencias corresponde, en exclusiva, a los nacionalismos de la periferia y sus insidias manipuladoras. No parece, sin embargo, que la cuestión pueda ventilarse con tanta prisa: allí donde el ascendiente de aquéllos es nulo, los problemas se revelan con la misma intensidad. Así las cosas, lo suyo será que hagamos un esfuerzo para no confundir la anécdota con la historia entera. Carlos
Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma
de Madrid ©
Carlos Taibo, 2000; © Bakeaz, 2000. |