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La
otra izquierda
No hay que hacer demasiados esfuerzos para comprender por qué las crisis respectivas del Partido Socialista y de Izquierda Unida han hecho correr mucha tinta. Por lo que al primero respecta, ha padecido dos derrotas sucesivas en otras tantas elecciones generales, se halla inmerso en una conflictiva renovación en la que no falta el mutuo arrojamiento de trastos y parece afectado, en fin, por hondas dudas programáticas que a unos invitan a aproximarse al centro político y a otros aconsejan no desechar el pacto suscrito meses atrás con Izquierda Unida. Esta última, por su parte, ha padecido en los últimos años un significado reflujo que a la postre ha levantado también agresivas ínfulas de renovación y disputas internas en un escenario en el que -al amparo de la posibilidad de que la coalición desaparezca- se recela de casi todo. Pero el propósito de estas líneas no es glosar aquello que tanta atención ha suscitado, sino recordar, antes bien, que entre nosotros pervive, aunque maltrecha, otra izquierda de perfil difuso y dimensiones difíciles de cuantificar. Si se trata de acometer un rápido ejercicio de caracterización de esa izquierda, el primero de sus rasgos lo aporta su presencia evidente, palpable a través del hecho de que en muchos lugares es la que realmente anima jornadas y campañas, frente al progresivo anquilosamiento, la abusiva institucionalización y el alejamiento de la vida de la calle que acostumbran mostrar PSOE e IU. Acaso no es excesivo afirmar que el grueso de la actividad intelectual que vinculamos genéricamente con la izquierda ve la luz en los cenáculos que nos ocupan y no en los equipos de programas de las grandes organizaciones políticas. En segundo lugar, esta izquierda de extramuros se revela a través de sensibilidades en las que predominan, en unos casos, lo que viene de antaño -ahí están los restos de la izquierda radical de otrora- y, en otros, la consideración de elementos más cercanos. Al respecto de estos últimos piénsese en lo que ha dado en llamarse nuevos movimientos sociales -el feminismo, el ecologismo, el pacifismo, las redes de solidaridad-, de innegable presencia en los ámbitos más dispares. Pero la izquierda de la izquierda tampoco está ausente en el mundo sindical, donde unas veces saca la cabeza a través de las minorías que operan en los sindicatos mayoritarios y otras encuentra aliento en formaciones más estrechamente apegadas a sus querencias. No sería saludable que olvidásemos, de cualquier modo, que en todos los ámbitos referidos se antoja evidente que los relevos generacionales no se han producido con la rapidez y la entidad que cabría esperar. Digamos, en tercer término, que algunas de las gentes objeto de nuestra atención han optado por trabajar -bien que siempre en posición marginal y a menudo poco cómoda- en el interior de Izquierda Unida, comportamiento que ha suscitado lecturas enfrentadas. Si para unos ha contribuido a vivificar saludablemente el debate interno en una organización mortecina, para otros ha alentado en IU, paradójicamente, una pulsión llamada a cercenar las escasas posibilidades de gestación de una izquierda genuinamente libertaria y rupturista. Aun con todo, lo común en las posiciones que glosamos es una crítica acerada que afecta por igual al PSOE -en realidad éste está tan lejos y su comportamiento en los dos últimos decenios parece tan claudicante que lo común es que, sin más, se le ignore- y a IU. Los arrebatos contra ésta han arreciado, por cierto, al calor del pacto suscrito en febrero con el Partido Socialista, unánimemente calificado de derrotista y de poco respetuoso para con la voluntad de la base. Agreguemos, en fin, que las organizaciones que ahora nos interesan exhiben un peso dispar según los lugares y parecen mostrar un relieve mayor allí donde la cuestión nacional se cruza de por medio. Este hecho dibuja, por cierto, una sugerente diferencia con respecto a lo que ocurre en el mundo del PSOE y de IU, organizaciones cuya presencia parece ser menor allí donde el problema nacional se manifiesta con cierta entidad. Esto al margen, lo suyo es recordar que las redes que nos ocupan apenas han avanzado en el perfilamiento de fórmulas de acercamiento entre si. Cuando existen, muestran casi siempre una condición pasajera -una fugaz plataforma por esto o aquello-, de tal suerte que apenas pueden identificarse esfuerzos consistentes encaminados a configurar un proyecto político común. Quedan para el final dos apreciaciones. En virtud de la primera estamos obligados a reseñar que el hecho de que 'la otra izquierda' no haya desaparecido otorga consistencia e importancia a aquélla, tanto más cuanto que ha sido objeto de un ambicioso y tramado esfuerzo de marginación cuyos resultados no han sido, por lo que parece, los deseados. La segunda consideración nos emplaza en un escenario en el que la crisis, visible, de otros segmentos de la izquierda, con los vacíos inevitables que genera, bien puede convertirse en un estímulo para la confluencia de las redes por las que aquí nos interesamos: algunas necesidades imperiosas y un singular escenario ideológico -el de la quiebra del leninismo y de la socialdemocracia- así lo propician. Aunque, claro, y en un sentido contrario, tal vez somos víctimas de una ilusión óptica cuando concluimos que en las diferentes redes que aquí nos han ocupado se revela una percepción común detrás de la cual se barrunta un irrefrenable proceso de acercamiento. Carlos
Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma
de Madrid ©
Carlos Taibo, 2000; © Bakeaz, 2000. |