Ver archivo PDF

 

 

Desfiles de mayo
Joaquín Arriola


Durante la segunda guerra mundial, ochenta y ocho mil trabajadores murieron y más de once millones resultaron heridos en accidentes de trabajo en Estados Unidos, once veces más bajas que las habidas en combate. En 1993 tuvo lugar el peor incendio industrial de la historia en una enorme factoría de juguetes a las afueras de Bangkok, Tailandia. Un total de 188 trabajadoras murieron, 469 fueron gravemente heridas, casi todas mujeres, algunas de tan sólo 13 años. Se dedicaban a ensamblar juguetes para los niños de Europa y Estados Unidos. Casi nadie se enteró del acontecimiento por estos pagos, pese a que Juguetes Kader trabajaba para empresas tan conocidas como Fisher-Price, Toys "R" Us y otras.

En el País Vasco, cada dos días muere un trabajador en el tajo. Se ha convertido en rutina el anuncio de esas tragedias humanas, que provocan protestas locales e investigaciones oficiales que nunca conducen a nada.

Bajo la autosatisfacción que destilan las noticias sobre los avances genéticos o los descubrimientos tecnológicos, se oculta un orden social que obliga a una gran mayoría no ya a trabajar para vivir, sino a vivir para trabajar. Y a los menos afortunados, a morir por trabajar. La denuncia de estos hechos, la exigencia de actuaciones para modificar la situación, es una de las causas que legitiman la celebración del Primero de Mayo.

Pero cada año se observa cómo disminuye la participación en los actos que organizan los sindicatos para este día. Su clientela tradicional -los trabajadores con empleo fijo en grandes empresas- se concentra cada vez más entre los funcionarios, por el proceso de fragmentación y automatización de las plantas industriales y la precarización de los empleos en los servicios. Su capacidad de representar al conjunto de los trabajadores depende cada vez más de la legitimidad de unos procesos electorales -las elecciones de delegados y comités de empresa- y menos de la participación directa de los trabajadores en la vida asociativa del sindicato. Pero esto tiene un coste: solamente la mitad de los trabajadores tiene acceso a participar en las elecciones sindicales, mientras que los trabajadores más desfavorecidos -parados, precarios, inmigrantes- no conocen los sindicatos más que por lejanas y confusas referencias, hasta el punto de que algunos estudios sociológicos muestran que la mayoría de los trabajadores de las pequeñas y medianas empresas no son capaces de diferenciar entre las funciones de un sindicato y las de un partido político.

Los sindicatos españoles apostaron por mantener un perfil sociopolítico en su actividad, pero cada vez su perfil político se distancia más de la práctica sindical en las empresas. Las escasas conquistas logradas en los últimos años -control sindical de los planes de pensiones, acceso legal a los contratos de trabajo- se diluyen por la falta de formación política de los representantes de los trabajadores en las empresas, que en muchas ocasiones ceden esos espacios de poder, a cambio de mejoras monetarias de coyuntura. Por lo demás, una gestión conservadora del patrimonio afiliativo se traduce en alimentar la cultura monetarista de los trabajadores afiliados, lo cual dificulta llegar a los nuevos colectivos obreros en los servicios o en los empleos precarizados. En el País Vasco, la ruptura de la unidad política sindical por la participación del bloque sindical mayoritario como componente nacional-sindicalista del frente nacionalista vasco, no impide que en las empresas la unidad de todos los sindicalistas busque compensar una correlación de fuerzas legal y social cada vez menos favorable a la negociación colectiva y a la intermediación sindical.

El aumento de la siniestralidad laboral es la otra cara de unas condiciones sociales que favorecen que los que se ganan el pan con el sudor del de enfrente puedan hacer sudar más a los que se ganan el pan con el sudor de su frente. Y entre tanto sudor, la sangre y las lágrimas son acompañantes ineludibles… en las actuales condiciones.

El Primero de Mayo no debe convertirse en una fecha conmemorativa, si en ese recordar no va implícito un compromiso con el futuro. Los sindicatos son siempre una posibilidad de mejora en el bienestar social, pero su reconversión es una tarea pendiente, de la cual dependerá su viabilidad futura como agentes sociales relevantes.

Los sindicatos necesitan reinventar la solidaridad. Una sociedad que ha privatizado hasta los valores y sentimientos, requiere espacios colectivos de resocialización ciudadana. Las organizaciones sindicales deben reforzar la solidaridad entre los trabajadores a través de sus programas reivindicativos y sus prácticas sindicales concretas, lograr que la afiliación sindical deje de ser un privilegio de algunos trabajadores para ser un derecho de todos los trabajadores, contribuyendo a hacer de ellos más ciudadanos de la vida y menos consumidores de su propia vida.

Por otra parte, los sindicatos pueden reforzar la resistencia ante el sufrimiento: el que conlleva la muerte en un centro de trabajo y, más complejo aún, el que convoca a la muerte lenta -las prejubilaciones forzosas, el paro y la inseguridad en los ingresos que afecta a millones de familias-. La convocatoria a la resistencia ante el sufrimiento pasa por la racionalidad de las propuestas, pero también por la movilización de la pasión de los corazones, por la indignación ética hecha praxis social.

El internacionalismo, que dejó de ser una realidad con la primera guerra mundial, es un desafío radical para el sindicalismo actual. En palabras del obispo brasileño -antes catalán- Pedro Casaldáliga, "nunca hubo tanta humanidad privada de ser humana". Y ante la globalización que empobrece a la misma velocidad que enriquece, los sindicatos no están a la altura de las circunstancias. Pero si no se contribuye a poner en marcha otra mundialización que garantice lo básico para todos -dignidad, derechos, oportunidades-, no estará garantizado para nadie, y entonces, ¿qué función cumplirán los sindicatos?

En este Primero de Mayo de final de milenio, los sindicatos se la juegan. Y el terreno donde se disputa su victoria o derrota final no es necesariamente el de la negociación colectiva. Su pervivencia depende, en última instancia, de que se produzca un renacimiento cultural, de valores, prácticas sociales y alternativas de vida y organización social. ¿Sabrán estar a la altura de sus circunstancias?

Joaquín Arriola es profesor de Economía de la UPV/EHU e investigador de Bakeaz (jarriola@bakeaz.org)

© Joaquín Arriola, 2000; © Bakeaz, 2000.
Publicado en El Correo, 4 de mayo de 2000.