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Presidenciales
en Rusia
En realidad, sólo parece pervivir una incógnita en relación con las presidenciales rusas: la relativa a si Putin será elegido en la primera vuelta -ello será así si obtiene más del 50% de los votos emitidos- o, por el contrario, deberá aguardar a una segunda en la que, de producirse, su casi seguro rival será el secretario general del Partido Comunista, Guennadi Ziugánov (pasan a esa segunda vuelta los dos candidatos mejor situados en la primera). Y es que sólo una hecatombe puede privar a Putin de la presidencia. Por lo pronto, es ya muy tarde para que eventuales reveses militares en Chechenia se traduzcan en un descenso significado de la popularidad, muy alta, del presidente en funciones. Y al respecto no está de más recordar que, aun en el caso de que llegasen malas noticias del Cáucaso septentrional, Putin dispone de una formidable bala en la recámara en la forma de un gigantesco aparato de desinformación y propaganda que no tendría demasiados problemas para mantener a la ciudadanía rusa al margen de posibles contaminaciones. Pero es que, en segundo lugar, quien estaba llamado a plantarle cara a Putin en las elecciones, el ex primer ministro Yevgueni Primakov, ha optado a la postre por retirarse de la carrera presidencial, dejando expedito el camino para su rival. Claro que no sólo se trata de eso: la que hace sólo unos meses se antojaba rutilante fuerza de oposición al 'partido del poder' kremliniano -la coalición Patria-Toda Rusia- se ha ido resquebrajando. Si unas semanas atrás fueron muchos los gobernadores de repúblicas y regiones que, integrados en Toda Rusia, decidieron respaldar al presidente en funciones, el último gesto en su favor lo ha asumido el máximo responsable de Patria, el alcalde moscovita Yuri Luzhkov, quien ha declarado su propensión a apoyar, también, a Putin. Para que nada falte, en fin, la campaña electoral de la otra gran fuerza de oposición -el Partido Comunista- es cualquier cosa menos entusiasta. Ziugánov parece haber asumido sin torcer el gesto la condición de seguro derrotado y no muestra mayores querencias por asumir otro papel. A duras penas podría ser de otra manera cuanto que en la cúpula comunista se hacen sentir también movimientos que podrían abocar en una entente cordiale con Putin. El hecho, en fin, de que los comunistas hayan optado por respaldar sin cautelas la aventura militar en Chechenia hace que en modo alguno estén en condiciones de extraer algún provecho de posibles cambios operados en el escenario correspondiente. La única mala noticia -bien que menor- para Putin es que a la postre podrá contender en las elecciones Vladímir Yirinovski, el dirigente parafascista cuya candidatura había sido inicialmente rechazada por los instancias correspondientes. Si nada lo remedia, Yirinovski acabará por restarle algunos votos a Putin, algo que tiene su relieve por cuanto puede facilitar que el presidente en funciones no alcance la mitad del total de los votos emitidos en la primera vuelta. Sobre el papel, los únicos candidatos que, Putin aparte, están en condiciones de amasar un porcentaje significado de votos son, por este orden, el ya citado Ziugánov, Yirinovski, el dirigente de Yábloko, Grigori Yavlinski, y el defenestrado fiscal general del Estado, Yuri Skurátov, que a la postre se antoja el verdadero animador de la campaña de las presidenciales. El amplio respaldo popular con que, según la mayoría de las encuestas, cuenta Putin mucho tiene que ver con la consolidación del mito de un dirigente fuerte y eficaz bien alejado de la imagen postrera de Yeltsin. Parece como si los rusos precisasen asirse fuertemente a alguna imagen que, en tiempos de zozobra, les otorgue certezas. Claro que es legítimo -es obligado, por mejor decirlo- argüir que se equivocan. Cuando en el mundo occidental se aduce que Putin es una incógnita se está errando el tiro. Para sustentar la idea de que ha crecido enfangado en la ciénaga yeltsiniana no hay que ir muy lejos en busca de pruebas. La decisión de mantener a Yeltsin lejos de la acción de la justicia ilustra a la perfección su nulo compromiso con el Estado de derecho. Pero no sólo se trata de eso: las figuras políticas a cuya amparo ha medrado Putin son cualquier cosa menos edificantes. Sobchak, Chubais y Berezovski, por citar los tres nombres más connotados, en modo alguno escapan a la influencia de la omnipresente economía subterránea y obligan a descartar el horizonte de que el presumible presidente del país en la etapa 2000-2004 se entregue a la tarea de moralizar la vida económica. El procedimiento empleado en Chechenia para apuntalar la carrera de Putin hacia el Kremlin -con el ominoso sacrificio de muchas vidas, rusas y chechenas- dice mucho, y no precisamente bueno, en fin, sobre la condición de quien, conforme a todos los pronósticos, gobernará Rusia los próximos cuatro años. Carlos
Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma
de Madrid ©
Carlos Taibo, 2000; © Bakeaz, 2000. |