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No
violencia y cultura de paz
El manifiesto citado habla de "practicar la no violencia activa, rechazando la violencia bajo todas sus formas: física, sexual, psicológica, económica y social, en particular hacia los más desprotegidos y los más vulnerables, como los niños y los adolescentes". Propuesta, como se ve, enormemente ambiciosa, sobre la que conviene aclarar sus supuestos y alcance. En primer lugar hay que ser conscientes de que la apuesta por la no violencia es una apuesta radical. Ella no se define por ser una alternativa a la violencia que tendemos a considerar injustificada -la alternativa sería la violencia justificada- sino por ser una alternativa a la violencia que honestamente creemos justificada. Es entonces cuando aparece con nitidez lo que supone en sentido estricto: la afirmación de que toda violencia es inhumana, de que no hay justificación para la violencia. Esto implica a su vez la muy conocida supresión de la dicotomía entre medios (que en ciertos casos podrían ser violentos) y fines (la paz, la libertad, la justicia). Como decía Gandhi, "todo reside en los medios", que son semilla de lo que construyen y que por eso no pueden ser violentos. Expresado en toda su crudeza: no hay que responder al mal con violencia. Desde la cultura dominante, una propuesta como ésta puede parecer heroica para los comportamientos personales, pero se nos antoja ingenua e incluso irresponsable cuando se pretende que tenga alcance político: en determinadas circunstancias, se dice, a la opresión que quebranta gravemente los derechos humanos sólo se la puede vencer con la fuerza de la violencia, que entonces se hace legítima e incluso un deber. Ahora bien, la no violencia no pretende ceñirse a lo meramente personal, aspira sobre todo a ser alternativa política. Por eso, no puede contentarse con la pureza de las convicciones, debe mostrarse también eficaz contra el mal. Puede aceptar entonces que al mal se le vence con la fuerza, pero -matizará decisivamente- con la fuerza de la no violencia. Ésta se define por las siguientes características: 1) aunque evidentemente supone una presión, no pretende destruir ni dañar en sus derechos al adversario, entiende incluso que le ayudará a realizarse como persona; 2) si trae alguna consecuencia violenta, ésta es sufrida sólo por el no violento que emprendió la acción. Con estos criterios, y avanzando en la línea de trayectorias como la de Gandhi, se han ido esbozando y realizando estrategias no violentas contra la violencia, mostrando así, como se dice en el manifiesto, que se trata de una no violencia activa: manifestaciones, boicots, huelgas, desobediencia civil, etc. Dado que la eficacia real de estos medios está condicionada por la concienciación ciudadana, trabajar en esa concienciación -en generar cultura de la no violencia- pasa a ser una cuestión central. De cara a ello son fundamentales tres objetivos, que deben trabajarse en las diferentes instancias educativas y cívicas: promover convicciones sólidas respecto a la dignidad inalienable de todo ser humano, fomentar actitudes tolerantes, dialógicas y empáticas hacia los demás, y colaborar en la búsqueda y realización de estrategias eficaces no violentas. Por lo que voy diciendo, la propuesta de la no violencia se nos muestra más radical que la actual comprensión de los derechos humanos, desde la que parecen justificarse determinados usos de la violencia a partir de conceptos como legítima defensa o derechos de las víctimas. Ante ello son necesarias dos consideraciones. La primera es que ese uso de la violencia es tan matizado y tan en circunstancias límite que puede hablarse -aunque resulte paradójico- de que incluso entonces hay algo así como una "no violencia moderada". Desde esta consideración, tanto la no violencia radical como la no violencia moderada suponen la condena tajante de todo intento de justificación de la violencia en Estados "suficientemente democráticos", que queda así totalmente deslegitimada, desnuda en su inhumanidad, como es el caso de la violencia de ETA. De todos modos resulta cierto, y paso a la segunda consideración, que la no violencia radical avanza más en su negación de la violencia y es por eso un reto para la comprensión de los derechos humanos. Reto especialmente relevante, añado, para lograr una expresión más fuertemente humanizada de esos derechos, hacia la que es importante que avancemos a través de la extensión de lo que antes he definido como cultura de la no violencia, de modo tal que pueda mostrarse progresivamente que es universalizable. Todo esto tiene alcances muy concretos, tanto en la vida cotidiana como en la dinámica política (piénsese, por ejemplo, en la "injerencia humanitaria"). Afecta también no sólo a la violencia directa, la que he tenido más presente, sino también a la violencia estructural, mencionada explícitamente en el manifiesto que cité al principio. Apunto estas cuestiones que no puedo abordar aquí sólo para resaltar que la no violencia puede y debe constituirse en un referente decisivo para el debate y la construcción de la paz. Xabier Etxeberria es catedrático de Ética en la Universidad de Deusto y miembro de Bakeaz (xetxeberria@bakeaz.org). ©
Xabier Etxeberria, 2000; © Bakeaz, 2000. |