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Grandeza
y miseria de la prensa social
El fenómeno llega a España a mediados de los años noventa y cuando la experiencia se había consolidado exitosamente en el resto de Europa. De hecho, algunas de estas empresas editoras promueven periódicos homónimos en nuestro país, como La Réverbère, que impulsa en España La Farola. Pero el éxito económico y social de esta iniciativa desencadenó pronto diferentes luchas, tanto por el control de las cabeceras como por el control del destino de los suculentos beneficios que se producían, algo que también se repetirá en España. Hasta el punto de que las luchas y rupturas que en nuestro país se producen en torno a este mismo periódico constituyen el origen de nuevas cabeceras (La Luz de la Farola, La Acera, La Calle, etc.), debido a las discrepancias que surgen sobre los elevados recursos económicos derivados de la venta de los periódicos, su escaso o nulo empleo en actividades e iniciativas capaces de favorecer la mejora social y laboral de los marginados que venden los ejemplares en la calle, y el elevado incremento de los beneficios empresariales en manos de muy pocas personas. La columna vertebral de toda la organización son sin embargo los que menos reciben por su trabajo: los vendedores; todo un ejército de desheredados y marginados, excluidos de nuestra sociedad, que han descubierto gracias a la venta de estos periódicos una nueva forma de obtener unos recursos económicos con los que poder sobrevivir. Los vendedores tienen que comprar los periódicos a 50 pesetas, para poder venderlos a 200 pesetas, siendo la diferencia el salario que cobran por su esfuerzo. Son por tanto unos trabajadores en precario, sin ningún tipo de relación laboral, que trabajan a comisión. Ninguno de ellos vuelve a ver ni una sola peseta más de los cuantiosos beneficios producidos, lo cual constituye otra de las grandes dudas de esta iniciativa. No se puede negar que a través de estos periódicos muchos marginados pueden obtener unos ingresos económicos difíciles de conseguir por otras vías, pero eso mismo es lo único que buscan las empresas editoras, vendedores cuanto más marginados y excluidos mejor, pues en ello mismo radica el apoyo que se crea entre los potenciales compradores. El mensaje, por lo tanto, no está en el periódico, sino en la relación de solidaridad que se establece entre comprador y vendedor a modo de limosna encubierta. De tal manera que los vendedores, que conocen bien este hecho, tratan de mostrar la apariencia más vulnerable para despertar la mayor simpatía posible y vender así un mayor número de periódicos. Desde esta perspectiva, el contenido de los periódicos, su calidad, e incluso su grado de crítica y denuncia de las injusticias sociales que están en el origen de muchas de las situaciones de marginación que viven los vendedores, ocupan un lugar secundario e incluso residual. Por otra parte, mucho se ha hablado del problema de los asentamientos rumanos en varias capitales españolas, pasando desapercibido el hecho de que todos ellos son vendedores de periódicos como La Farola, La Calle, La Luz de la Farola, Las Aceras y similares. No es nada casual, a la vista de lo que hemos expuesto, que en esas ciudades sean inmigrantes rumanos los que en estos momentos componen el grueso de los vendedores. Ellos serían el último escalón en el mundo de la marginación: son inmigrantes, no tienen papeles ni documentación y por ello pueden ser expulsados de territorio Schengen en cualquier momento, son nómadas con familias extensas y muchos niños a su cargo, y por si fuera poco, son gitanos. De ahí que sean carne de cañón para estas prósperas empresas periodísticas de la mendicidad, ya que no van a plantear ningún problema ni van a hacer incómodas preguntas sobre la dimensión económica y empresarial de estos periódicos y sus cuantiosos ingresos. ¿No resulta a nadie llamativo que La Farola y sus responsables no hayan dicho nada de la situación de abandono tan miserable en la que se encontraban estos rumanos, desde hacía dos años? ¿Cómo se puede entender que, a pesar de la ausencia de recursos, estos rumanos tengan que pagar por anticipado los periódicos que van a vender? Desde este punto de vista, la empresa nunca pierde, porque siempre cobra por anticipado, y por si fuera poco los vendedores tienen que desplazarse cientos de kilómetros en algunos casos para comprar los periódicos, con lo que ni siquiera hay gastos de distribución. El negocio no puede ser mejor. Y mientras a España siguen llegando rumanos en condiciones cada vez más precarias y aumenta el número de vendedores de La Farola, se incrementan también los problemas sociales, médicos, asistenciales y de condiciones de vida para estos cientos de rumanos gitanos expulsados de su país y abandonados por unas autoridades que les mantienen en el olvido más indigno. Pero tenemos que preguntarnos también, ¿cuánto dinero ha empleado La Farola para ayudar a sus vendedores?, ¿qué programas ha llevado a cabo?, ¿cuántos profesionales médicos, abogados, trabajadores sociales, educadores, traductores, ha puesto a su disposición para facilitar su estancia en España?, ¿cuántas veces han acudido a los diferentes asentamientos para acompañar a las madres, a los niños y a las familias y facilitarles alimentos, medicinas y vestido? Las respuestas a todas estas preguntas son elocuentes del abandono y la utilización a la que estos rumanos vienen siendo sometidos por estos periódicos de la caridad. También en este tema ha llegado el momento de llamar a cada cosa por su nombre, rechazando a todos aquellos que han hecho de la solidaridad un espurio y lucrativo negocio, aun a costa de aprovecharse de los sentimientos más nobles de las personas y de los seres más débiles y desprotegidos de nuestra sociedad. Aunque muchos no lo crean, periódicos como éstos tienen muchas de las claves de la llegada de los rumanos a España y de su situación actual, y es bueno que algunas de ellas empiecen a desvelarse. Carlos
Gómez Gil es investigador de Bakeaz y dirige el Seminario
de Inmigración ©
Carlos Gómez Gil, 2000; © Bakeaz, 2000. |