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El éxito de Unidad
Carlos Taibo


No es difícil extraer unas cuantas conclusiones rápidas relativas a los resultados de las elecciones generales rusas. En ellas, y más allá de unos u otros porcentajes de votos, resulta sencillo identificar un triunfador en la figura de Unidad, la fuerza que, dirigida por el ministro de Situaciones de Emergencia, Shoigu, representaba de manera más evidente los intereses del Kremlin.

El éxito de Unidad es tanto más relevante cuanto que se trata de un partido de recentísima creación, que se ha presentado sin programa y que ha procurado sacarle todo el provecho posible al provisional avance militar en Chechenia. Aunque tampoco está de más agregar que el éxito que nos ocupa resulta tanto más sorprendente cuanto que a primera vista el objetivo de Unidad no era otro que restarle votos a la coalición Patria-Toda Rusia, que lideran el alcalde moscovita Luzhkov y el ex primer ministro Primakov. Las cosas como fueren, Unidad ha mejorado sensiblemente los resultados obtenidos en las consultas electorales anteriores por otros partidos 'yeltsinianos', como es el caso de Opción de Rusia o de Nuestra Casa es Rusia. Se ha convertido, en suma, en una inestimable plataforma electoral para el primer ministro Putin.

Por lo que al Partido Comunista respecta, ha salido medianamente airoso del envite. La principal fuerza política del país no pierde terreno, y ello pese al presumible envejecimiento de su electorado y a las escisiones que ha padecido por la izquierda. Claro es que, como quiera que tampoco puede afirmarse que los comunistas progresan francamente, resulta inevitable certificar cierta sensación de estancamiento a la que se suma la conciencia de lo poco que ha servido en los últimos cuatro años el primer puesto alcanzado en las generales de 1995. Hay quien sugiere, por otra parte, que el aceptable registro electoral del Partido Comunista algo le debe a la insania con que el Kremlin ha tratado a quienes -Luzhkov y Primakov, de nuevo- se antojaban competidores de aquél.

El gran fracaso corresponde, sin duda, a la coalición Patria-Toda Rusia, de la que ya hemos hablado. El hecho de que el gigantesco y eficaz aparato de propaganda del Kremlin se haya volcado en la demonización del alcalde moscovita parece haber tenido efectos indelebles, ante los cuales la coalición no ha sido capaz de reaccionar. Tampoco puede descartarse que hayan sido muchos los rusos que han acabado por apreciar en Luzhkov una repetición clónica de la política y la economía subterráneas que imperan en los pasillos del poder. Lo cierto es que en los meses venideros la fuerza que nos ocupa deberá sopesar seriamente una aproximación a los comunistas -en aras, acaso, de un respaldo conjunto a la candidatura presidencial de Primakov- sin la cual su futuro electoral se intuye más bien negro. Aun así, la paradoja del momento es sencilla de enunciar: la aparición de Patria-Toda Rusia le ha venido como anillo al dedo al Kremlin, que a su amparo se ha dotado de un partido, Unidad, que en otras condiciones no hubiese puesto empeño alguno en crear.

Yábloko, el partido que dirige Yavlinski, se mantiene como una rareza en el sistema político ruso, aupado tal vez por los votos de una invisible clase media urbana. Si para unos no deja de ser una proeza que Yábloko haya conseguido superar el listón del 5% de los votos, para otros a duras penas está llamado a ejercer papel de relieve alguno, y mucho más hacedero parece que acabe por sucumbir a las ofertas que, por lo que cuentan, el Kremlin realiza periódicamente a Yavlinski.

Concluyamos este rápido repaso de los resultados de las generales rusas con la constatación de que dos fuerzas políticas -la Unión de Fuerzas de Derecha y el Bloque Yirinovski- han cosechado respaldos populares mayores de los esperados. No se olvide que en ambos casos eran muchas las encuestas que anunciaban que estas fuerzas quedarían fuera del parlamento. Por lo que a la Unión atañe, sus tres principales dirigentes -el ex primer ministro Kiriyenko, Nemtsov y Chubais- pueden sentirse satisfechos, no en vano no se han visto arrastrados por el irresistible 'efecto Shoigu' ni han tenido que lamentar en demasía el desplante con que les obsequió el ex primer ministro Chernomirdin. Con estos activos, y por añadidura, la Unión puede plantear exigencias cuando algún pastel se reparta al calor de las presidenciales de junio.

Yirinovski, entre tanto, mantiene su presencia, bien que marginal, en el parlamento, hecho que algo le debe a su efectismo mediático y, tal vez, a la prohibición de contender en las elecciones que unos días atrás padeció su partido, el Liberal Democrático. No deja de sorprender que en unas elecciones tan desgraciadamente marcadas por el fervor patriótico que ha levantado la 'razzia' militar en Chechenia -esto es, por la existencia de tantos competidores- Yirinovski se haya salido con la suya. Es éste un dato más para concluir que el Kremlin ha conseguido arrinconar en los últimos meses el debate sobre lo que debería preocupar a la mayoría de los rusos: la activa tercermundización de su país.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid
y colaborador de Bakeaz (ctaibo@bakeaz.org)

© Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 23 de diciembre de 1999.