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Nervión: un río enfermo
En un río fuertemente contaminado como es el Nervión, se ha concluido, no sin cierto alivio por parte de la Administración, que la causa de la muerte de miles de peces esta vez no han sido los vertidos sino un desafortunado cúmulo de circunstancias "naturales": la elevada temperatura y la baja concentración de oxígeno disuelto. Una mirada de cerca al cauce del Nervión nos da, sin embargo, algunas pistas que nos permiten comprender mejor lo ocurrido. Una equivocada y trasnochada gestión del cauce principal del Nervión ha permitido a lo largo de varias décadas la alteración del cauce, mediante importantes obras de encauzamiento que han destruido buena parte de sus hábitats naturales. En concreto, es sorprendente la obra realizada hace pocos años a lo largo de más de 3 kilómetros entre los municipios de Miravalles y Arrigorriaga. Este tipo de encauzamiento, con "paseos" de hormigón por las márgenes del río, ha eliminado la vegetación de ribera y ha alterado gravemente el fondo del río, lo que ha conllevado una pérdida progresiva de la calidad de las aguas debido a una serie de razones que voy a explicar brevemente. En primer lugar, el bosque de ribera reduce la insolación en el cauce evitando durante el verano la subida de las temperaturas, y, en consonancia, ayuda a mantener elevado el nivel de oxígeno disuelto en el agua. Desde Miravalles hasta Basauri tenemos cerca de 10 kilómetros de cauce prácticamente desnudo, donde no es extraño por tanto que se hayan registrado niveles críticos de oxígeno para la supervivencia de muchos animales acuáticos, incluidos los peces. En segundo lugar, el bosque de ribera es una depuradora natural, habiéndose demostrado que una franja de alisos es capaz de fijar hasta 22 gramos de nitrógeno por metro cuadrado y año. La presencia de nitratos y fosfatos en las aguas favorece el crecimiento de las algas verdes, que resultan muy peligrosas para los animales acuáticos cuando forman grandes masas. Durante el día, las algas producen oxígeno, pero al llegar la noche únicamente lo consumen, alcanzándose niveles críticos de oxígeno en zonas de elevada producción de algas, lo que constituye una seria amenaza para la supervivencia de los animales de respiración acuática. La ausencia del bosque de ribera favorece este proceso tan negativo. Si bien las razones arriba apuntadas son importantes para comprender lo que ha ocurrido hace unos días en el Nervión, no debemos olvidar el problema de la elevada contaminación en este cauce. Los vertidos contaminantes al cauce del Nervión no son un secreto. Algunos podrían calificarse de vertidos incontrolados, pero otros son autorizados o bien permitidos de facto. Y me refiero con ello tanto a los vertidos industriales como a los urbanos que se incorporan directamente al Nervión en algunos puntos de su recorrido. Mientras esta situación persista nadie debe extrañarse de que se produzcan casos de mortandad como los ocurridos, ya que unos factores negativos se van sumando a otros. Una gestión moderna de los ríos que permitiera la supervivencia de las poblaciones piscícolas y la conservación de las comunidades fluviales debería incluir entre los criterios para la autorización de vertido medidas de la toxicidad de los efluentes para predecir el resultado de un vertido antes de que éste se efectúe. Los efluentes urbanos e industriales están formados normalmente por una mezcla de sustancias, algunas de ellas complejas, que normalmente no se analizan o bien se encuentran en concentraciones muy bajas, pero que en conjunto pueden provocar una respuesta letal en los organismos fluviales. Estas medidas de toxicidad animal se han incorporado en las reglamentaciones de otros países para la autorización de los vertidos y constituyen la única vía de proteger de forma efectiva las comunidades acuáticas. Resulta pertinente una última reflexión. Es urgente la conservación de la biodiversidad fluvial y en especial la relacionada con sus márgenes, que pueden albergar un número superior de especies que el resto del cauce, como se ha demostrado en estudios realizados en otros ríos de Vizcaya. Acabar con la vida de un cauce o reducirla a su mínima expresión, como ha ocurrido en el Nervión, no es un proceso completamente reversible. La restauración de las márgenes permitirá la recolonización de algunas de las especies que antes habitaban allí, aunque otras habrán desaparecido de forma irreversible. Cuando se habla de pérdida de biodiversidad, casi siempre se piensa en la Amazonia. Pero debemos cuidar también de la conservación de la biodiversidad en nuestra propia tierra, donde algunos de los ríos todavía albergan especies únicas en todo el mundo. Por ello es urgente la declaración de algunos tramos o enclaves como zonas de protección especial, aplicando la misma Ley de Aguas. Estos tramos pueden servir de refugio a la fauna y serán nuestra referencia y la fuente de recolonización de otros tramos cuando la contaminación se reduzca de forma efectiva. La situación creada en el Nervión ha puesto claramente de manifiesto la necesidad de unificar las competencias relativas a la gestión fluvial en un solo organismo que sea responsable de la calidad de las aguas. Los ciudadanos deben reclamar activamente la recuperación y la conservación de los cauces en sus municipios, como parte de su paisaje urbano, como zona de esparcimiento, como garantía de agua de buena calidad. La moderna política del llamado desarrollo sostenible es posible también en nuestros ríos. Éstos no deben ser contemplados como un estorbo que hay que desviar, encauzar y esconder bajo altos muros inaccesibles, sino como un bien natural, paisajístico y recreativo que debemos conservar para las generaciones venideras. Desde hace aproximadamente una década, otros países europeos invierten cifras muy importantes de dinero en la reconstrucción de meandros, del bosque de ribera y de humedales junto a los ríos. Justamente la dirección contraria a las acciones que a menudo se realizan en nuestros cauces. Pilar Rodríguez es profesora titular de Biología Animal de la Universidad del País Vasco UPV/EHU y colaboradora de Bakeaz. ©
Pilar Rodríguez, 1999; © Bakeaz, 1999. |