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Los
estudiantes y la revolución
El actual enfrentamiento hunde sus raíces en los albores mismos de la revolución iraní (1978-79), que ha sido, sin duda, el movimiento popular más importante del Oriente Medio. La deslegitimización del régimen del sha, al que la población acusaba de venderse a los intereses extranjeros, el insalvable divorcio entre la burguesía fiel al régimen y las masas populares, fruto de una rápida occidentalización técnica y una lenta o nula occidentalización cultural, y la capacidad organizativa y el liderazgo del chiismo y Jomeini hicieron posible la revolución. Después de proclamar la República Islámica de Irán (abril de 1979), Jomeini aprovechó las particulares circunstancias creadas por la guerra contra Irak (1980-88) para deshacerse progresiva y violentamente de todos los actores no religiosos de la revolución: los liberales y los grupos de izquierdas, incluidos los comunistas del Tudeh. A mediados de los ochenta, Jomeini y el sector religioso, apoyados por la gran masa de iraníes pobres creados por la nefasta política económica del sha, se habían convertido en los dueños de la situación y se declaraban partidarios de extender los principios coránicos a la vida política cotidiana. Poco antes de morir, Jomeini intentó asegurar la continuidad del régimen con el nombramiento de Hachemi Rasfanjani al frente de las Fuerzas Armadas (1988). Sin embargo, la situación se tornaba cada vez más difícil porque la revolución había de dar satisfacción a los desheredados, que habían proporcionado la carne de cañón en la guerra contra Irak y que reclamaban justicia y medidas radicales, y a los ayatollahs y a los comerciantes de los bazares, económicamente liberales pero religiosa y culturalmente muy conservadores. A la muerte de Jomeini (1989), se abrió paso un sistema presidencialista con un gobierno de tecnócratas, que pretendía establecer un puente entre ambas tendencias. Se procedió a un reparto del poder: Alí Jamenei fue proclamado Guía Supremo de la Revolución y Hachemi Rasfanjani asumió la presidencia del Estado, y se inició una creciente aproximación a Occidente (la fascinación por Estados Unidos todavía pervive a pesar de las malas relaciones en la época de Jomeini y, de nuevo, durante el mandato de Bush) y a los países árabes moderados y una progresiva liberalización económica, que fueron favorecidas por la actitud adoptada por Irán durante la guerra del Golfo (1991). No obstante, la liberalización de la economía redujo todavía más el poder adquisitivo de los más pobres y el malestar económico y social se fue acrecentando a medida que disminuía la popularidad de Rasfanjani: en las elecciones presidenciales de 1993, con una participación de sólo el 53%, obtenía el 63% (en 1989 había obtenido el 95%). En los últimos años, se impuso la necesidad de una profunda reforma que pusiera fin a los males económicos y sociales que aquejaban al país. La limitación a dos mandatos impedía la reelección de Rasfanjani, que, en las elecciones de 1997, apoyó a Mohammad Khatami, que defendía un programa de reformas, de defensa del Estado de derecho y de protagonismo de la sociedad civil. Su victoria sobre la denominada mayoría de derechas del Parlamento, que representa a los sectores más nostálgicos y conservadores del clero chiita y de la sociedad, fue abrumadora (con una participación del 89% obtuvo el 69% de los votos). Como recuerda F. Abdelkhah (Être moderne en Iran, París, Khartala, 1998), Khatami "ganó gracias a la movilización masiva de sus partidarios, empezando por las mujeres, los jóvenes e, incluso, los niños que daban, a veces, un aire de carnaval a la consulta". La victoria de Khatami abrió un pulso que todavía no se ha cerrado. Por un lado, el presidente, los reformistas, la izquierda, los ayatollahs y la mayoría de la población que aspira a vivir mejor y en libertad; por otro, los sectores más inmovilistas, partidarios de restringir las libertades y de un férreo control religioso, que se han alarmado al ver que las proclamas de los estudiantes se han dirigido incluso contra el Guía de la Revolución Alí Jamenei y que, en algunas calles de Teherán, han aparecido pintadas de "muerte a Jamenei". El pulso actual es la culminación de los enfrentamientos de los últimos años porque, a pesar de la creciente normalización económica (reducción de las importaciones y de la deuda, liberalización y privatización de las empresas, multiplicación de las cooperativas y del crédito islámico, etc.) y de los intercambios con el extranjero, nada parece todavía decidido: en 1998, la derecha conseguía el procesamiento del popular alcalde de Teherán, uno de los líderes del movimiento reformista, y la destitución del ministro de Interior; poco después, tenía lugar una ola de asesinatos de intelectuales y de políticos liberales instigada por los servicios secretos. Las protestas por el cierre del diario reformista Salam, que publicó la confesión del principal implicado en la ola de atentados, han sido el detonante de la actual revuelta. Y, a pesar de que Khatami parece haberse visto obligado a hacer una llamada a la calma, a condenar las acciones de los estudiantes y a amenazar con nuevas intervenciones de la policía para restablecer el orden, el pulso sigue en pie, porque los hijos de la revolución (los estudiantes que hoy ocupan los campus), sin renunciar a unos valores culturales y religiosos que les son propios, no se resignan a vivir en la miseria y sin libertad. Antoni Segura i Mas es catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat de Barcelona y colaborador de Bakeaz. ©
Antoni Segura i Mas, 1999; © Bakeaz, 1999. |