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Izquierda Unida y los pactos
Carlos Taibo


Son fáciles de entender las razones que guiaron a Izquierda Unida en el pasado a rechazar los pactos con el PSOE: el registro de este último en el ejercicio del poder era cualquier cosa menos edificante, su relación con fuerzas políticas de corte menor se había caracterizado por una permanente altanería y, por si poco fuese, la aceptación de las reglas del juego del sistema había alcanzado, sin disimulos, unas cotas nada despreciables. Así las cosas, y aunque cada cual es muy libre de emitir el juicio que le parezca, era comprensible por qué desde IU se imponían obstáculos y cautelas a los pactos con el Partido Socialista y se recordaba machaconamente que la antesala de esos pactos tenía que ser, por fuerza, un previo acuerdo programático.

Pero, en las últimas semanas, IU ha cambiado drásticamente de parecer. Para dar cuenta de semejante giro, no conviene darle excesivo crédito, sin embargo, a la explicación que señala que, en su momento, los responsables de política municipal de las dos formaciones que nos ocupan alcanzaron un acuerdo que ha allanado el camino de los pactos. Más bien, parece que en la cúpula de IU ha calado la idea de que la posición antes enunciada -la característica de los últimos años- había tenido un eco negativo en forma, ante todo, de un visible descenso en el respaldo electoral recibido por la coalición, de tal suerte que se imponía un cambio radical en la política desplegada.

Lo de menos es que no sea, en modo alguno, evidente que el retroceso electoral de IU se deba a la hostilidad con que los pactos fueron acogidos en el pasado. Bastará con recordar al respecto que allí donde, por lo que fuera, Izquierda Unida optó por pactar, sus resultados electorales han sido tan malos como donde no lo hizo. En otras palabras, los problemas de IU parecen tener una dimensión mucho más honda, genéricamente vinculada con su escasa imbricación en la sociedad, su progresiva burocratización y el anquilosamiento de buena parte de su discurso.

Lo que realmente tiene importancia es que IU ha renunciado de la noche a la mañana, y sin ofrecer explicaciones, a lo que había sido un elemento central en la articulación de sus políticas. No es sencillo que semejante giro lo acepte con comodidad el grueso de sus militantes -aunque bien sufridos son éstos- y muchos de los votantes de la coalición, que en estas horas se preguntarán por qué se defendía en el pasado con ahínco lo que se defendió y por qué, de forma repentina, y sin que medien datos contundentes, IU ha decidido tirar por la borda casi todo lo que había postulado. Y es que lo de "programa, programa, programa" se ha desvanecido en un momento en el que resulta obligado preguntarse si no son un estéril ejercicio retórico las ínfulas anguitianas de preservar los contenidos esenciales de la coalición, mientras se abandonan ostentosamente, en un terreno vital, sus reclamos de hace bien poco.

Agreguemos, en fin, una observación más. El escenario en el que se ha producido el cambio que hoy nos ocupa no es precisamente estimulante: no se aprecian del lado del PSOE cambios que induzcan a pensar que éste ha facilitado la búsqueda de los pactos por parte de IU. Muy al contrario, las peores miserias de antaño parecen haber reaparecido: el aparato se impone con descaro, hace gala de la sordidez programática de siempre -la revolución borrelliana ni aportó nada al respecto ni ha dejado, por lo que parece, legado alguno- y no muestra ningún rubor, por si poco fuera, a la hora de estafar a sus propios militantes. Esta es la misma fuerza política que un año atrás alardeaba de su condición hiperdemocrática plasmada en el audaz experimento de las elecciones primarias. Buen socio tiene, en tantos municipios, la Izquierda Unida de estas horas.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid
y colaborador de Bakeaz (ctaibo@bakeaz.org)

© Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 17 de julio de 1999.