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Israel: las nuevas perspectivas del proceso de paz
Antoni Segura i Mas


Hace poco más de un año, se conmemoraba el cincuenta aniversario de la constitución del Estado de Israel. Fue el inicio de la implosión del Próximo Oriente, que, desde entonces, ha conocido cuatro guerras árabe-israelíes, una larga y cruenta guerra civil (Líbano, 1975-1991), sucesivas intervenciones de Israel en este país (1978, 1982 y 1996) y numerosas acciones terroristas de uno u otro signo. Sin embargo, a comienzos de esta dé cada, una nueva guerra sin participación de Israel, la guerra del Golfo (1991), propició la Conferencia de Paz de Madrid (octubre de 1991), que abría las puertas a una so lución pactada del conflicto. Para ello, la dirección de la OLP había tenido que aceptar los postulados de los dirigentes de los territorios ocupados, protagonistas de la intifada (1987) y partidarios de la negociación política con Tel Aviv sobre el principio de paz por territorios. La victoria laborista de 1992 fue el aldabonazo definitivo al proceso de paz. Poco después, los Acuerdos de Oslo (Washington, septiembre de 1993) y la Declaración de Washington (julio de 1994) suponían el reconocimiento de Israel, por la OLP y por Jordania, y el establecimiento de un régimen de autonomía limitada y de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) en Gaza y Cisjordania.

En la cronología del proceso de paz, destellan con luz propia algunas fechas que han sido decisivas para llegar a acuerdos entre Israel y la ANP y Jordania: la ya mencionada victoria laborista de junio de 1992; el regreso de Arafat y de la dirección de la OLP a los territorios ocupados en julio de 1994; la victoria de Arafat y de Fatah en las elecciones a la presidencia de la ANP y al Consejo de Autonomía de enero de 1996. Al mismo tiempo, podemos fijar una cronología negra de hechos que entorpecieron el proceso: la masacre en Hebrón de febrero de 1994 y sobre todo el asesinato de Isaac Rabin en noviembre de 1995, que fue, sin duda, un mazazo terrible contra el proceso de paz. Por un lado, dejó el poder en manos de un inseguro Simon Peres que intentó revalidar su liderazgo con una desafortunada intervención en el sur del Líbano (abril de 1996), que produjo 175 víctimas entre las que destacaban cien civiles refugiados en un campo de los cascos azules en Qana. Por otro lado, propició, por un estrecho mar gen de votos, la victoria de Likud y de Benjamin Netanyahu en las elecciones de mayo de 1996. Las sucesivas crisis provocadas por Netanyahu -la no reiterada de Hebrón en cumplimiento de Oslo II, la apertura del túnel de los samoneos, la construcción del nuevo barrio judío de Har Homa en Jerusalén Este, etcétera-, condujeron a la paralización total del proceso de paz durante casi dos años. En última instancia, sólo la mediación de Clinton, de la UE y de su enviado especial, Miguel Ángel Moratinos, y de un moribundo Hussein de Jordania logró forzar, en octubre de 1998, los acuerdos de Wye Plantation.

El principio básico de la negociación fue seguridad a cambio de territorios. La ANP se comprometía a abolir, de la Carta Nacional Palestina, cualquier mención a la destrucción del Estado de Israel; a coordinar con Tel Aviv los temas de seguridad, a aplicar un plan de lucha contra el terrorismo y a proceder a la detención de un determinado número de presuntos terroristas. Por su parte, Israel se comprometía a liberar gradualmente a 750 presos palestinos y a dejar bajo control, exclusivo o mixto, de la ANP un 40% de Cisjordania. Arafat ha malgastado el poco crédito político que le queda en aplicar los acuerdos de Wye Plantation, e incluso renunció en mayo a proclamar el Estado Palestino tal como preveía Oslo I. Sin embargo, Netanyahu incumplió todo lo acordado y llevó el proceso de paz al borde del colapso definitivo, en contra, incluso, de la opinión pública israelí.

La victoria de Ehd Barak y del Partido Laborista en las elecciones del pasado 17 de mayo abre, sin duda, nuevas perspectivas al proceso de paz. En primer lugar, durante la campaña electoral, Barak anunció su disposición a retirarse del sur del Líbano antes de un año, coincidiendo con la exigencia de diversos oficiales superiores del Ejército que están a favor de "una retirada unilateral inmediata". En segundo lugar, ha manifestado su intención de llegar a un acuerdo con Siria sobre los Altos de Golán, y, en este sentido, se ha apresurado a establecer contactos indirectos con los dirigentes de Damasco. Por último, se muestra partidario de acelerar el proceso de paz y cerrar acuerdos definitivos con la ANP, para lo que cuenta con el apoyo entusiasta y decid ido de Washington y Bruselas. Sin embargo, el fraccionamiento del Parlamento israelí -la minoría mayoritaria, el Partido Laborista, cuenta con 26 diputados del 120-, obliga a Barak a buscar alianzas contradictorias que pueden obstaculizar sus intenciones. Además de sus aliados naturales, el partido de izquierda Meretz (10 escaños), Barak parece contar ya con la aquiescencia del Partido Nacional Religioso (5 escaños), del partido ultraortodoxo Shass (17 escaños) y con una de las dos formaciones de inmigrantes rusos. En cambio, han fracasado los contactos con el Likud, que hubieran dado paso a un Gobierno de unidad destinado a poner buen fin al proceso de paz con el mayor consenso posible.

En los últimos días, Netanyahu, todavía primer ministro en funciones, parece dispuesto a segar la hierba bajo los pies de Barak. Provocado o provocador, Netanyahu ha respondido a un nuevo ataque de Hezbolá contra el norte de Galilea -dos muertos por el impacto de misiles Katiuscha- con una desproporcionada respuesta aérea -10 muertos y 54 heridos- que ha alcanzado incluso a Beirut. Aunque Barak ha criticado los ataques y ha dicho que fue informado cuando ya se habían producido, lo cierto es que la repulsa del mundo árabe -incluido el moderado Egipto- no se ha hecho esperar. Con o sin responsabilidades en lo acontecido, Barak hará bien en acelerar la formación del nuevo Gobierno para evitar que Damasco se aleje de la vía de la negociación y se pierda una nueva oportunidad, quizá la última, de cerrar felizmente el proceso de paz iniciado ahora hace ocho años.

Antoni Segura i Mas es catedrático de Historia Contemporánea
de la Universidad de Barcelona y colaborador de Bakeaz.

© Antoni Segura i Mas, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 1 de julio de 1999.