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La
izquierda, Milosevic y las bombas
Antes de aportar argumentos en provecho de lo anterior, conviene, sin embargo, dejar zanjada una cuestión: se hace muy cuesta arriba darle crédito a la idea de que puedan estar en la izquierda las gentes que defienden a Milosevic con rebozo o, más aún si cabe, las que guardan al respecto de aquél un vergonzoso silencio. El sátrapa que dirige Serbia desde hace trece años ha acabado por forjarse un currículo difícilmente superable: encabezó en su momento un movimiento de agresivo nacionalismo chauvinista, atentó con contundencia contra el principio federal que inspiraba al Estado yugoslavo, inició cruentas guerras contra poblaciones indefensas, alentó el rápido asentamiento de un capitalismo mafioso en Serbia, no dudó en configurar oscuros gobiernos de coalición con formaciones de corte parafascista y, en suma, se hizo merecedor del dudoso galardón de máximo responsable de la desintegración violenta de Yugoslavia. Quienes a estas alturas no hayan caído, por cierto, en que Milosevic es, en una de sus dimensiones más sonoras, un anti Tito es que han preferido darle la espalda a la realidad. Y, para demostrarlo, no hay que invocar sesudas interpretaciones: basta con leer los discursos del hoy presidente yugoslavo. Que lo de Milosevic hiede lo demuestra, en fin, que son muy pocos, y muy extraviados, los que en estas horas mantienen su simpatía por un asesino ritual. El que más y el que menos, sin excluir a esa larga serie de imbéciles que han sostenido impertérritos que en "los conflictos yugoslavos todos son iguales", son pocos los que no han acabado por caer en la duda. Pero, y ahora nos encaminamos a donde íbamos, es obligado preguntarse si las acciones de la OTAN responden realmente al designio de acosar a Milosevic y, llegado el caso, de derrocarlo. La respuesta es, contundentemente, no. Dos se antojan los motivos fundamentales que han conducido a la OTAN a intervenir. El primero lo aportan sus gravísimos problemas de imagen de los últimos meses. El señor Solana ha repetido hasta la saciedad que en modo alguno toleraría una repetición en Kosovo de lo acaecido unos años atrás en Bosnia; los hechos consumados han obligado a concluir que Solana fanfarroneaba. Pero es que, y en particular desde que las negociaciones de Rambouillet cobraron cuerpo, la OTAN se sumergió en un órdago que hacía inevitable su acción si las partes no alcanzaban un acuerdo. Los estrategas de la Alianza dieron por descontado que el acuerdo se iba a alcanzar y eludieron tomar en consideración cualquier otro horizonte. Hoy el propio Solana, por lo que cuentan inmerso en una irrefrenable depresión, está pagando los platos rotos por tanta fatuidad e improvisación. La segunda de las explicaciones del porqué de la intervención de la OTAN remite a algo ontológicamente más grave. Sólo los muy ingenuos pueden tragarse el muerto de que la Alianza está preocupada por la conculcación de los derechos básicos de la mayoría de la población de Kosovo; no hay ningún antecedente de semejantes querencias en la OTAN, y sí un sinfín de ejemplos de cómo sonados genocidios han quedado sin respuesta de las potencias occidentales. Ni siquiera parece que la catástrofe humanitaria en curso, tan invocada por la retórica otaniana, preocupe por sí misma. Sólo inquieta en la medida en que puede ser la causa de una guerra abierta en Kosovo que se expanda a la vecina Macedonia y acarree la activa intervención de algunos de los estados de los Balcanes meridionales. Este prosaico escenario geoestratégico, y no otra cosa, es lo que realmente ha preocupado, hasta hoy, a la OTAN. De lo contrario, se habría producido desde el primer momento, a buen seguro, una apuesta consistente por la defensa -cuerpo a cuerpo y con los riesgos consiguientes- de la población civil de Kosovo. Que no nos engañen, pues. El designio de la OTAN es preservar unas reglas del juego que garanticen la estabilidad y el negocio. En el pasado, la Alianza ha coqueteado, para ello, con Milosevic, y nada obliga a descartar que lo siga haciendo en el futuro. La OTAN o, lo que es lo mismo, la principal estructura de seguridad de los países más ricos del planeta, sigue estando donde estaba, y ello no lo acierta a ocultar siquiera la condición asesina del régimen al que hostiga en estas horas. Carlos
Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma
de Madrid ©
Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999. |