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Yugoslavia: ¿y el día después?
Carlos Taibo


En una situación como la presente, marcada ya de manera indeleble por los bombardeos de la OTAN en Serbia, son muchas las preguntas que quedan sin respuesta o, en su defecto, y acaso ello es más grave, muchas y muy dispares las interpretaciones que pueden adelantarse.

Pongamos como ejemplo las dudas relativas a las presumibles razones que han conducido al presidente yugoslavo a aceptar el reto de los bombardeos. Hay quien sostiene que Milosevic ha dado por sentado que las acciones militares van a ser cualquier cosa menos severas, de tal suerte que están llamadas a fortalecer a la postre su poder. Hay quien estima, en cambio, que el presidente yugoslavo anda como loco buscando una excusa, un bombardeo en regla al que no fuera posible dar respuesta, para explicar a la opinión pública de su país por qué no hay más remedio que abandonar Kosovo. Al respecto, y dentro de esta segunda interpretación, no ha faltado quien ha apuntado cómo las últimas acciones militares serbias en la atribulada región responderían al propósito de limpiar determinados territorios para negociar después una eventual partición.

Las incógnitas alcanzan a la naturaleza de los bombardeos. Como es bien sabido, los planes al uso identifican al menos dos fases. La primera, la más liviana y localizada, suscita en estas horas, de nuevo, dos lecturas distintas. Para algunos analistas la OTAN no se propone ir más allá; el ataque sería entonces un fuego de artificio encaminado a recuperar una imagen, la de la propia Alianza Atlántica, que ha sufrido en las últimas semanas un visible deterioro. Otros especialistas, que en este caso se hacen eco sin más de la retórica otaniana, señalan que la identificación de una primera y diferenciada fase responde al designio de dejar una última oportunidad al gobierno yugoslavo para que dé marcha atrás en su rechazo del acuerdo de Rambouillet.

Pero si hay un terreno en el que las incógnitas se multiplican ése es el que configuran los presumibles efectos del bombardeo, o al menos los que se harán valer si éste alcanza su segunda y más contundente fase. Bastará con mencionar tres de esas incógnitas:¿se desmoronará el Estado yugoslavo?, ¿serán los radicales parafascistas de Seselj los que le saquen partido a la situación?, ¿se producirán represalias contra la indefensa población civil de Kosovo y una eventual extensión del conflicto a Macedonia?

No creo que nadie esté en condiciones de responder con claridad a ninguna de esas preguntas, y ello pese a que es relativamente sencillo iluminar algunas consideraciones, que reduciré también a tres. En Serbia, por lo pronto, no hay ningún recambio democrático para las actuales estructuras de poder. El escenario que la intervención de la OTAN puede provocar se antoja, en segundo lugar, aquel que las conversaciones de Rambouillet intentaron evitar por todos los medios: una generalización del conflicto en Kosovo que acarree su exportación hacia Macedonia y, llegado el caso, la participación de varios de los estados de la zona. Las heridas, en fin, que los acontecimientos de estas horas están llamadas a dejar pueden tardar decenios en cicatrizarse.

Son menos numerosas, en cambio, las dudas con respecto a la OTAN. En relación con ella resulta obligado recordar que la crisis kosovar llega en muy mal momento: el de los oropeles previstos para celebrar el cincuenta aniversario de la Alianza. Lo ocurrido en los últimos meses ha rebajado aún más la credibilidad de la OTAN, que pese a los artificios retóricos no acierta a ocultar que en los montes de Kosovo se ha hecho realidad todo aquello que el señor Solana avisó que en modo alguno no toleraría. La evidente censura, o la interesada contención, con que tantos medios de comunicación tratan la cuestión es difícil que arrincone un debate necesario: el de si es lo mejor que haya sido la OTAN, en muy dudosa relación con el sistema de Naciones Unidas, la que se haya hecho cargo de tareas como la presunta pacificación de Kosovo.

Vaya un último comentario sobre otro de los datos que ha adquirido entidad en las últimas horas: la oposición rusa a los bombardeos parece mostrar una consistencia mucho mayor que la exhibida en situaciones semejantes en el pasado. La cancelación de la visita de Primakov a Estados Unidos se suma así al anuncio de eventuales medidas de respuesta -entre ellas el redespliegue de armas nucleares tácticas en Bielorrusia- que, por su concreción, revelan un cambio de tono. Claro es que la belicosidad verbal de los dirigentes rusos no se ha traducido en los últimos años en actitudes de oposición real a las políticas occidentales. Y al respecto no parece suficiente la mera certificación de que el peso simbólico de Serbia es, en Rusia, mucho mayor que el que corresponde al Irak de Sadam Hussein.

Con tantas incógnitas en el presente, parece fuera de lugar hablar del futuro con algún propósito iluminador. Aun así, no resisto la tentación de adelantar un comentario: creo que ésta es la hora de sopesar si tiene sentido seguir aduciendo que la independencia de Kosovo es un desafuero o, por el contrario, conviene empezar a examinar sus ventajas. Entre ellas bien podría contarse la de que Milosevic esté interesado, no ya en aceptar esa independencia, sino incluso en impulsarla. Aunque habrá que saber, también, si sus amigos y sus enemigos los primeros por su permanente enajenación mental, los segundos en virtud de su obsesiva apuesta por el statu quo, están dispuestos a dejarle el camino expedito.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid
y colaborador de Bakeaz (ctaibo@bakeaz.org)

© Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 26 de marzo de 1999.