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Kosovo: una glosa impertinente
Carlos Taibo


Cuando los historiadores se ocupen de las conversaciones celebradas en febrero en Rambouillet a buen seguro habrán de subrayar que en ellas, y hora tras hora, fue perdiendo terreno lo que la delegación albano-kosovar más acariciaba: el logro de un aval internacional que diese alas a un horizonte de autodeterminación. Las primeras sospechas de que por ahí iban los tiros las alentaron los portavoces del Grupo de Contacto cuando empezaron a reclamar un uso descafeinado del concepto de autodeterminación, que a sus ojos se ejercería en plenitud al amparo de la restauración de instituciones autónomas y en modo alguno reclamaría, por tanto, consultas referendarias en las que la secesión estuviese en juego.

Claro que, y por si la desventura de la delegación albano-kosovar no fuese suficiente, hay quien sugiere que, de cobrar cuerpo, la propia autonomía que al cabo se estudió en Rambouillet bien puede ser, también, un fiasco. Por mucho que se diga lo contrario, Belgrado retendría significadas capacidades de decisión. Y habría que explicar, por añadidura, cómo un territorio con amplios derechos de autogobierno encajaría en un régimen autoritario seducido de siempre por los flujos centralizadores.

La edificante imagen de Milosevic dirigiendo el esfuerzo de paz en Kosovo traería a la memoria fantasmas paralelos en la Bosnia de tres años atrás. El aparente doble rasero en las amenazas -bombas para Belgrado, ostracismo internacional para los albano-kosovares- con que el Grupo de Contacto pretendió imponer sus criterios apenas enturbia la visión del fondo: las potencias occidentales prefieren obviar experimentos, aun a costa de apuntalar a dirigentes impresentables.

Vaya un segundo comentario impertinente: el sábado en que las negociaciones experimentaron una imprevista prórroga, un miembro de la delegación albano-kosovar sugirió que el Grupo de Contacto y los representantes serbios habían pactado, desde el principio, una aviesa línea de conducta. Con arreglo a ella, las concesiones iniciales a la delegación albano-kosovar -con un compromiso, bien que vago, de tolerar un referéndum- se habrían visto seguidas por reticencias de los representantes serbios en lo relativo al despliegue de los contingentes internacionales; aunque la actitud de Belgrado estaba llamada a provocar un bombardeo fulminante, la respuesta del Grupo de Contacto estribó, antes bien, en tomar repentinamente en consideración muchas de las quejas de la delegación serbia y en rebajar sensiblemente las concesiones primeras a la parte albano-kosovar. Esta habría quedado la espada contra la pared: de resistirse, muchos dedos acusatorios habrían apuntado hacia sus miembros.

No es preciso dar crédito, en su literalidad, a la explicación avanzada: basta con recordar que los hechos, sin más, no la desmienten, y que el capítulo político de la negociación se ha visto marcado por el designio de mantener en ella a la parte serbia. Ahí está, para testimoniarlo, el propósito de borrar cualquier horizonte franco de autodeterminación a cambio de allanar el camino a la presencia, pasajera, de contingentes militares internacionales en Kosovo. No es difícil concluir quién estaba llamado a perder, de nuevo, en la jugada.

Sorprende, y éste es el tercer comentario impertinente, la escasa atención que se ha dispensado a un hecho singular. Lo que explica la prórroga que se perfiló en Rambouillet el 20 de febrero no fue el muy razonable criterio de ofrecer a los interlocutores un poco más de tiempo. La razón principal fue, muy al contrario, el pánico que los bombardeos promovían en la propia OTAN, por vez primera consciente de su dramática falta de preparación. Y no me refiero, claro es, a la preparación militar: nadie alberga dudas en lo que atañe al rigor de los dispositivos. Estoy pensando en un estado de opinión que, al dar por descontado que las partes alcanzarían un acuerdo, no había tomado en serio otro horizonte. El problema para la OTAN era qué hacer el día después de los bombardeos, o lo era al menos en el caso de que éstos adquiriesen cierta intensidad y no quedasen reducidos a una liviana y simbólica respuesta.

Ese día después se antojaba problemático en dos terrenos: el de los presumibles efectos políticos en Belgrado y el de la posible conversión de la población albano-kosovar en objeto de represalias. A menudo, se ha señalado que una acción militar contra Serbia podría fortalecer a Milosevic o, aún peor, a los radicales parafascistas de Seselj. Según esta lectura, quienes dirigen Serbia prefieren asumir el riesgo de un bombardeo que alimentaría imprevistas solidaridades antes que engullir concesiones -entre ellas el despliegue de contingentes internacionales- que acarrearían agudas quiebras internas; la única manera de contrarrestar estas últimas era alcanzar lo que, con sardónica sabiduría, el primer ministro serbio llamó un muy buen acuerdo. El otro de los horizontes cargado de malos augurios lo aportaría el riesgo de que las autoridades serbias decidiesen asumir un desquite contra la población albano-kosovar. Y al respecto es obligado recordar que la OTAN no ha considerado en momento alguno en sus planes la eventualidad de un combate cuerpo a cuerpo. Su menú de prestaciones se limita a asépticos bombardeos, por un lado, y al despliegue de contingentes previo acuerdo entre las partes, por el otro.

La suma de las dos incertidumbres que acabamos de reseñar emplaza ante una paradoja que a buen seguro produjo escalofríos entre los responsables de la OTAN: los bombardeos bien podrían acelerar la generalización del conflicto en Kosovo, su extensión a Macedonia y la activa implicación de varios estados de la zona, que es precisamente lo que las potencias occidentales intentaban evitar a través de las negociaciones de Rambouillet. A estas alturas sólo los más ingenuos siguen creyendo que la diplomacia occidental se mueve para restaurar los derechos conculcados en los dos últimos lustros a la población albano-kosovar.

No me resisto a la tentación, en último lugar, de subrayar hasta qué punto los juegos son complejos que uno debe darle algún crédito a una subversiva aseveración: la de que Milosevic no hace oídos sordos a la conveniencia de buscar una justificación para desprenderse de Kosovo. El trasfondo del razonamiento se comprenderá a la luz de dos datos. El primero, discutible, sugiere que Milosevic no es ni ha sido nunca un nacionalista. Se trata de un político que, impregnado de un prosaico pragmatismo, ha hecho uso, cuando le convenía, del nacionalismo, pero en modo alguno se ha dejado cautivar por el esencialismo historicista al que han sucumbido tantos de sus conciudadanos. El segundo de los datos, indisputable, subraya que Kosovo -un país en el que los albaneses exhiben un crecimiento demográfico mucho más alto que el de los serbios- es una bomba de efectos retardados en un estado cuya élite dirigente ha pujado sin disimulo por la homogeneidad étnica. No deseo ignorar que los dos datos aportados, por mucho que den cuenta del porqué de la aseveración que nos ocupa, en modo alguno garantizan que se ajusta a la realidad. El mero hecho, sin embargo, de que debamos tomarla en consideración recuerda, en cualquier caso, lo poco que sabemos sobre un conflicto cuya naturaleza, sujeta de interminables argumentos de ida y vuelta, se nos escapa.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid
y colaborador de Bakeaz (ctaibo@bakeaz.org)

© Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 12 de marzo de 1999.